Volver

Has vuelto, has vuelto a casa, al hogar. Has vuelto como las oscuras golondrinas; has vuelto como ellas, pero tú no quieres anidar. 

Volver con la frente en ascendente, nada de marchitarnos, no vale huirle a la sonrisa. Estás más guapo feliz, eso es para mí una verdad universal.

Te fuiste en busca de un nuevo trabajo, te fuiste siguiendo al que creías el amor de tu vida, te fuiste de Erasmus, te fuiste a un país del cual desconocías su idioma, te fuiste con dos maletas, te fuiste para encontrar tu lugar…

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Ulises volvió a Ítaca después de veinte años. Quizás ya no queden lealtades como la de Penélope, pero todavía quedan guerras arcaicas, ganchos como Calipso, talones de Aquiles y cantos de sirena.

Es curioso como tantos sufren por tener que marcharse y nosotros nos lamentamos al volver. Porque en casa se está bien de vacaciones, a ti lo que no te gusta es fregar. Todavía no tenemos hijos que nos anclen a la tierra, nuestras raíces son jóvenes y pueden acomodarse al sustento que les brindemos. ¡Vámonos de casa! 

Yo también volví, y ahora te veo volver a ti. Parece que la gente que se ha quedado aquí no ha evolucionado, quizás ellos piensen de ti lo contrario, puede que opinen que has cambiado demasiado. En el mejor de los casos conseguiréis equilibraros, en el peor, pasaréis página en vuestra relación. En ocasiones es doloroso, pero a estas alturas ya deberíamos saber que pocas cosas duran para siempre.

Recuerdo el dolor al hablar de mi regreso (en aquel caso un regreso al pasado). En aquel momento, estar de vuelta era dar un paso atrás. Después entendí que había aprendido a transportar mi casa de un lugar a otro, como si la sensación de permanencia la llevase con el cepillo de dientes. Nuestra casa estará donde queramos que esté, no importa el nombre de los buzones, al final el alma termina siendo nuestro bien más terrenal. 

Te gustaba más tu casa cuando la echabas de menos. Cuando querías tumbarte en el sofá para dormirte reposando la resaca, cuando no podías hacerlo, cuando estabas lejos. Cuando llamabas a tu madre y te decía que tenía que colgar, que el arroz estaba en el fuego y se le iba a desgachar.

Ahora que has vuelto, he de decirte que las cosas no son como antes. Ya no nos guardan la mesa del bar para ver el fútbol los domingos, la chica de la tintorería se fue a Londres, ya no está. Han cerrado el kiosko de la esquina, ese donde nos comprábamos los cigarros sueltos a cinco duros, es imposible comprarse un Mikolapiz, tendrás que conformarte con un yogur helado.

Eso sí, tu madre seguirá preguntándote con quien sales por la noche, nunca asumirá que es imposible memorizar tu agenda social. Sigo llegando tarde a los sitios, porque sé que no te importa esperar. Todavía colecciono postales y envío tarjetas de Navidad. Mis vecinos siguen siendo los mismos, cuando te vean seguro que empiezan a especular.

A pesar de tantos cambios hay cosas que como yo contigo, siguen igual. Haré el esfuerzo de ponerte al día, tendrás que mejorar esa memoria si no quieres perderte con todas las cosas que te tengo que contar. Empezaré por la holgura de los abrazos -los nombres y telenovelas vamos a dejarlos para el final-.

Ahora que has vuelto, aunque te marches muy lejos, sabemos que no te irás jamás.