– ¡Marco!

-¡Polo!

Rayos de cobre y cebada relumbran en la canícula fulgurantes escotes de barro; perros abrasados respiran como una locomotora con la lengua fuera y gatos extienden todo su felino cuerpo en el suelo. Las chicharras se amontonan en su particular fiesta zíngara alrededor de la hoguera. El ventilador oscila zumbando con sus aspas a toda potencia y las señoras sacan las sillas y los parchises y las cartas a la calle, en cuanto el día comienza a ceder y es hora de aletear los abanicos. En la tele un dibujo animado engulle un bloque de hielo. En una sala de espera el tic tac de un reloj parado. En el último piso de algún edificio de la ciudad una fichas inmóviles sobre una tabla de ajedrez tambaleante. El rugido de un reloj de arena, camisas blancas sin esperanza, espectáculo bochornoso. Alguien sentado en una mecedora de caña exuda agua de mar por los provectos surcos de su piel añeja, suspirando el anhelo por la suave ternura de una caricia. Un volcán a punto de estallar, selfies de salchichas francesas, cegadores reflejos de agua cristalina, un helado de fresa goteando sobre los dedos de un pie desnudo.

El verano me recuerda mi niñez. Había una máquina a la que echabas una moneda y se ponía a hacerte palomitas mientras sonaba la canción: pa-lo-mi-tas de maíz, pa-lo-mi-tas de maíz… Por las noches nos íbamos a comprar un batido; yo me lo compraba de vainilla, de leche y azúcar y helado. Había otras máquinas de echar monedas en las que elegías un videoclip. Poníamos “Informer” o “All that she Wants”, a veces una de AerosmithLiving on the Edge”, y nos tomábamos nuestra porción de pizza y nuestro batido de medio litro. Una vez me cambié la pulsera del Casio por una correa surfera con velcro y jugábamos a ver quién aguantaba más debajo del agua.

Nivea

En la playa, a eso de las 12.00, pasaban volando unas avionetas que lanzaban pelotas hinchables de Nivea y la gente echaba carreras nadando a por ellas. A 200 metros de la orilla. La vecina se llamaba Alicia y jugaba conmigo en el mar a lanzarme por los aires; me cogía de las manos y subía mis pies en sus hombros para contar: una, dos y tres. Y el mundo al revés. Quise quitarle un trozo de alga que se le quedó pegado en un costado y no me atreví. ¿Por qué no me atreví?

Tang, chanclas de dedo, cine a la fresca, voreta mar, pipas, paseos, globos de agua, si no me das un beso no pasas. Tu piel morena sobre la arena. Bañarse desnudo en una piscina privada a la luz de la luna. El primer beso sentados en un banco de Agosto. Caminar descalzo por la hierba, reposar mi cabeza en tu pecho, levantarse pegajoso de la siesta. Los gritos de los niños jugando, botellón de ron tras botellón, rupturas amorosas en el parque. Mi corazón palpitante y tus ojos vidriosos. Estrellas perladas titilando, gente meando.

Azahar en las aceras, baladre en el mercadillo; burundanga, dancehall, música cachonda. Galán de noche. La Plaza del Trigo a las dos de la tarde. El fervor de la humanidad bañada en humedad y almizcle. Huele como a humedad y almizcle. ¿No lo hueles? ¿Ese olor a cielo? ¿A bocina de feria y Kojak de fresa? Es la hora de tumbarse a contemplar las nubes algodonadas pasar; es la hora del cambio, de hacer el pino en la arena y poner los miedos al sol; de abrazar a tu madre antes de decirle adiós, de comer cerezas y tocar el tambor. Es la hora de mudar la piel y jugar al escondite, y bailar cumbia con gaseosa y cosa buena. Ya es hora de arrimarte a alguien y decirle: tengo calor y no pienso parar hasta conseguirte.