Solíamos medir la intensidad de nuestros veranos en Canciones y Momentos Memorables, como nos gustaba llamarlos a nosotras. Claro que para lo que nosotras era un momento trascendental y una canción decisiva, para el resto de los mortales no era más que una anécdota sin importancia y un hit estival.

-Pobres infelices. –Solíamos concluir– No saben nada de la vida.

¿O acaso éramos las tres, tan excesivamente conscientes de nosotras mismas, las que vivíamos en un bucle de narcisismo encubierto? ¿No seríamos nosotras, aisladas en nuestro mundo de miradas cómplices y bromas internas, las que mirábamos por encima del hombro a todo aquel que no formase parte de nuestro círculo?

Nunca lo sabríamos. O, al menos, no de momento. No en el verano del incendio.

Este no era nuestro primer verano juntas. Eran muchos festivales, muchas escapadas y muchas noches muertas en el barrio las que llevábamos a nuestras espaldas. Lo cierto es que no podíamos ser más distintas, pertenecíamos a mundos completamente diferentes, pero tal y como suele pasar en estas historias… encajábamos a la perfección.

-¿Qué pongo?.–Preguntabas siempre que subías en el coche–.
Moderat.–Respondía yo, como si fuera lo más obvio del mundo–.

Y ponías A New Error. En bucle. Una y otra vez. Un título bastante representativo, de hecho, puesto que te habías pasado todo el invierno enlazando error tras error. Eso se nos daba especialmente bien.

Porque el verano del incendio también fue el verano de la huída. Con la llegada de agosto, las tres abandonamos nuestras monótonas rutinas y pusimos rumbo a Ninguna Parte. Éramos tres ollas a presión a punto de estallar encerradas en un Fiat Panda sin aire acondicionado y freno de mano defectuoso. Un road trip sin precedentes, de norte a sur del país, con los móviles en modo avión y cero ganas de mirar atrás. Nuestra mierda volvería a salpicar en septiembre, vaya si lo haría, pero no nos importaba lo más mínimo. Ya no.

Tres nunca fueron multitud. Si Thelma y Louise hubieran encontrado a una tercera descarriada por el camino, esa sería nuestra historia. Ni Brad Pitt, ni Harvey Keitel, ni persecuciones turbias por el camino. Solo tú, tú, yo y la carretera.

 

texto de Irene Benlloch