Una vez escuché la frase: “cada uno es feliz con la mentira que elige”. Y me pasó lo mismo que con la frase de la serie Wilfred “todo tiene que ver con todo”. Me dio una revolución francesa en la cabeza y empecé a darle vueltas.

Un buen día llamó a mi puerta la prueba palpable de esta cita: unos Testigos de Jehová ¿A quién no le ha llamado una pareja de pinceles trajeados con una Atalaya en mano? Yo por aquella época estaba leyéndome la Biblia y también fumaba mucha marihuana, por lo que, como buena samaritana y buena fumada, les atendí amablemente y les hice un par de preguntas sobre el texto sagrado que no acababa de entender; que ojo, desde el respeto y la mera curiosidad, no desde el puntilleo. Yo fui cristiana y enamorada empedernida de Jesucristo durante algunos años, no iba a ser tan hipócrita.

El caso es que estos dos chicos no dieron crédito a que primero, alguien les abriera la puerta y segundo, se interesara por el tema. Raudos, elucubraron un plan de captación de lo más curioso en el que yo me dejé llevar por aquello de “a ver cómo funciona esto”. Sin comerlo ni beberlo acabé en una reunión anual de toda la Comunidad Valenciana sobre algo así como: “El día que Jehová baje a la tierra y lo que pasará”. Y, por supuesto, lié a un amigo para que me acompañara (por si iban a hacer un sacrificio conmigo a lo Indiana Jones).

En primer lugar, era verano, demasiado verano, por lo que yo iba vestida como tal; sin embargo ellos iban vestidos de boda, y por tanto, el adjetivo que más me calificaba según su visión de la vida tuvo que ser algo así como “ramera de rotonda”, o de Sodoma y Gomorra más bien. Tanto fue así, que en la propia puerta uno de organización nos paró, algo agobiado, y nos dijo: “¿sabéis a qué venís?”. A lo que yo respondí ni corta ni perezosa que tenía a dos colegas dentro. Entramos y automáticamente el chico que vino a mi puerta se fue con mi amigo como a cuatro metros y su mujer se quedó conmigo diciéndome que le hacía gracia la cantidad de veces que utilizaba el nombre de Dios en vano (yah tuh sabe: “por Dios”, “Ay la Virgen” etc). Entramos a la reunión y aquello me recordaba al capítulo de Los Simpson del Líder. Una sala enorme llena de gente vestida de boda y cada uno con su Biblia. Hablaron de que cuando bajara Jehová a la Tierra, todos los imperfectos –animales violentos, discapacidad, enfermedades, violencia etc.- iban a desaparecer. WTF. No espera, y que podríamos tocar tigres y convivir con ellos –todavía me acuerdo de la cara de una mujer, ya adulta, hecha y derecha diciéndome con cara de emoción: “¿te imaginas poder tocar un tigre?”-. Esto por no hablar de su aceptación literal de la creación de los idiomas en el pasaje de la Torre de Babel. No daba crédito a cómo una comunidad tan grande, con tanta gente y tan diversa, podía creer a rajatabla lo que ponía en el texto y que toda esa cantidad ingente de personas sólo eran de la Comunidad Valenciana.

Pasada la fiesta de Jehová, continué dándole vueltas a la frasecita y a las férreas convicciones de mis nuevos colegas (que con el tiempo lo han acabado siendo). La verdad es que no tardé en relacionarlo todo y en darme cuenta de que, bueno, ellos habían escogido esa mentira como estilo de vida, al igual que mucha otra gente elige plagar su vida de filtros de Instagram y mentir su vida a través de redes sociales. Me di cuenta de que, en mayor o menor medida, todos nos automentimos para sobrevivir. Ateos ¿nunca os ha dolido algo tanto que habéis pedido a no sé quién en no sé dónde que por favor pare? Al fin y al cabo, todos necesitamos creer en algo, aunque sepamos en el fondo que no hay nada, para sobrellevar la vida y cambiar la frase “Dios no nos da nada que no podamos soportar” por aquello del Karma o el universo, la homeopatía, el veganismo (que, aun con buenas intenciones, se carga el planeta igual), el budismo, cualquier secta, o incluso el yoga o el mindfulness.

Yo la verdad es que cuando era cristiana, mi cabeza iba mejor y no tenía tantas preguntas ni estaba tan desencantada con que el ser humano existe, porque somos una mera casualidad, y que el hecho de que existamos es por la situación de la Tierra en un momento concreto y nada más. Por lo que, siguiendo el ideal de respeto del gran jefe Jesucristo, respetemos. Y que “cada uno sea feliz con la mentira que elija”.

Gabriela Pavinski