Un día lluvioso. Lluvia fina no obstante. Hace calor, así que no importa que llueva, el día es gris, me gustan los días grises, la lluvia, el olor a tierra después. Pero entrar al banco a la una del mediodía de un viernes lluvioso es algo feo. Entro al banco.

Dentro un chico con el pelo muy negro peinado con peine de púas y agua de colonia teclea su móvil como si estuviera pasándose la penúltima pantalla del Mario Land en la Game Boy. Va vestido como los chiquillos que nunca llegan a vestirse por sí mismos, se ponen la ropita que les compra su mamá de rebajas, bien afeitadito, con sus ruedines en la bici, y su paguita para comprarse bollería en el horno. Enjuto, está hecho un fideo, y echa la cabeza para atrás para estirar las vertebras contraídas de tanto encorvarlas hacia la pantalla del móvil donde debe estar escribiendo wassaps sin sentido a un grupo vacío donde ya solo queda él: parsifollas filipipas mecanopollostias.

A su lado hay dos sillas ocupadas por dos mujercitas, pequeñas, muy pequeñas, una con cara de cierto asco conformista, de resignación gris, del color de las aceras de fuera, los brazos cruzados esperando su turno, el pelo corto ralo sin sentido, pensando a saber qué cosas; a su lado tiene a su madre, lo sé porque son iguales, de tamaño de aspecto y de todo, tal y como está sentada su madre no le llegan ni siquiera los pies al suelo; sé que es su madre porque tiene el pelo blanco y lleva un vestido de cortina azul.

Un poco más allá, pasando la mesita alta del centro, otras dos sillas, en la primera una mujer de unos 40 morena con cierto aire hindú habla por teléfono y le dice a alguien, varón seguramente “¡vale, ya, ahora no es el momento, ya ¿eh? Por favor, ya está!” Al colgar su cara y todo su cuerpo transmiten sufrimiento, solo echarla un vistazo es suficiente para empezar a sentirse mal uno mismo. Las deudas, el divorcio, el marido machista, la sociedad machista, su padre, las cuentas, LA MANADA, el banco, LA MANADA, la tarjeta, la ropa tendida, el patriarcado, el puto asco de vida, quizá ese viaje que no va a poder hacer, esa casa que no termina de pagar, esta lacerante espera de sucursal bancaria… Va vestida de verde aceituna, de verde no esperanza, verde aceituna partida amarga. Verde aceituna amarga sola sin vino blanco ni nadie a su lado en el sofá, solo una oliva sola en la mesa del color del olvido.

A su izquierda, un hombre que, cuando es su turno, la empleada del banco, carnosa y apetecible como una ensaimada mallorquina, y amigable, de labios rojos carnosos encantadores como susús de crema le dice “¿hoy qué tal, quieres ser otro o te conformas con ser tú?” El tipo apenas le contesta algo, agacha la cabeza, azorado, pero ella no se arredra, su entusiasmo es implacable y real, alejado de consignas de mercadotecnia barata, un ser humano vivo al servicio del capital, está más viva que ninguno de nosotros y estoy seguro de que se lo follaría, le actualizaría la cartilla mientras se lo hace allí mismo, delante de todos. Y el chiquillo enjuto lo grabaría con su móvil. La empleada del banco lo cogería a este hombre sin voluntad, del cuello de la camisa almidonado y lo llevaría como un muñeco hacia su entrepierna, escondido debajo del escritorio le sujetaría la cabeza como si quisiera ahogarlo en una piscina “Que pase el siguiente” El intentaría agarrarse desesperadamente a sus cachas de chubby pero ella apretaría sus glúteos y cerraría la carne interior de sus muslos presionándole las orejas, cerrando su horizonte en un prado oculto al tiempo, acoplándose al escritorio continuaría atendiendo clientes con cara de Cristina Tárrega, mientras la mierda de impresora continuaría expulsando virutas de bosque con su ruidito eléctrico seguiría excretando certificados de defunción y la cola de gente esperaría su turno mientras ella se corre gimiendo como un animal herido “¿Te ha gustado cariño? ¿Ha sido tu primera vez? Te has portado muy bien. Lámeme los dedos de los pies, la próxima vez te dejaré que metas la cabeza en otro sitio” Lo haría, estoy seguro de que lo haría, lo huelo desde aquí.

Mientras tanto entra una chica mona bien vestida con una falda larga y un bolso caro y una tablet enorme a la que no para de consultar y toquetear, creo que puede estar mirando el tiempo, quizá chateando, el caso es mirar la pantalla y no mirarme a mí, ni mirar a nadie, porque ella es importante, es superior, así lo atestigua su Instagram perfectamente cuidado. Aún así me quedo en guardia para poder pillarla un par de veces echándome un ojo.

Cuando llega mi turno, la empleada del banco me despacha en un minuto. Sus perfectos labios rojo jungla se mueven y acierto a escuchar: Pásate el miércoles a ver si ya la tengo.

Mientras me voy, caminando por la acera salvando cagadas de perro y palomas altaneras, pienso en que no quiero ser pobre. Vivo de alquiler y estoy seguro que al barrio le quedan pocos años para que el fenómeno de gentrificación termine de asentarse. Entonces la casera me subirá el alquiler. Quizá podría pedir un préstamo y montar una tienda de zumos saludables para mascotas, o un bar de croquetas sin aceite, algo original, endeudarme ahora para estar preparado mañana. Cuando llegó la crisis y mis amigos tuvieron que alquilar el piso para poder pagar la hipoteca me sentí triunfante. Ahora sé que no ganamos nadie. Tengo domiciliada mi cuenta de Spotify, de Netflix, de Freeletics, Internet Móvil, Samsung Health, esta aplicación tiene un dispositivo, un sensor al lado de la pequeña lente de la cámara donde apoyo la yema del dedo índice y me dice siempre que estoy estresado.

Me cruzo con el viejo zarrapastroso de piel de cartón que siempre me pide dinero. Le da igual que esté lloviendo. A mí también. Su ropa siempre es la misma. Sus ojos siempre son los mismos. Su mirada choca con la mía un momento. Le hago un gesto de negación con la cabeza. La gente me resulta tan interesante, tan sencillos y transparentes cuando no dicen nada. Todo el mundo es un milagro siempre. Siempre y cuando no pretendan hablar conmigo.