Que te operen la rodilla es una puta mierda

que te operen la rodilla es una mierda2Ahora que ya estoy casi recuperada creo que es cuando debo escribir sobre ello. Ahora que ya hace más de cien días que me operaron de la rodilla. Puedo hablar del antes, del durante y del después, ahora sí.

El primer título que le puse a esta especie de historia-diario fue éste, no voy a cambiarlo. Aunque ahora no piense lo mismo, en su momento, la frase que definía mi estado era: “Me he operado de la rodilla y es una puta mierda”.

Antes de seguir contando la jugada, quiero dejar claro que entiendo que hay mil males peores en el mundo que operarse de la tibia, no quiero convertirme en una mártir, sólo quiero que os riáis un rato con mi desgracia, no conmigo, si no de mí.

A toro pasado las cosas se ven de manera diferente. Yo siempre digo que cuando el tiempo pasa, pasa muy lento, pero cuando lo miras desde el siguiente escalón, te parece que ha sido más rápido. Como con los duelos, con las rupturas y todas esas cosas intensitas de las que hoy no voy a hablar.

Esto es una oda a mi rodilla, a mis taras, a mis antiguas lesiones y a las semanas de reposo. Tengo hiperlaxitud, condromalacia bilateral rotuliana y desalineación de la rótula (bueno, ahora se supone que ya no). A eso debemos sumarle que soy un culo inquieto, que peso probablemente más que tú y que mido 1,81. ¿Cómo no voy a tener taritas? Lo raro hubiera sido que nunca se me hubiera salido la rótula, por eso lo hizo seis veces la derecha y dos la izquierda, si mi memoria no falla.

Cuando te van a operar todo son dramas, sobre todo si tienes madre. El quirófano, la epidural y los vídeos de YouTube no son nada si lo comparas con el PANIC que puede entrarle a tu progenitora. “Yo es que sólo he estado ingresada cuando os di a luz a ti a tu hermana…”, eso es lo que dice madre, que además de ser más buena que el pan, es una miedosa nivel experto.

El 14 de enero a las 07:30 AM tenía que estar en el Hospital Universitario del Vinalopó para que me ingresaran. Entré a la sala, con mi madre por supuesto. Me quedé desnuda, me quité los piercings y me puse esa batita sexy que transparenta allí donde haya carne. Madre se despidió de mí con el drama que ello conlleva, pero ojo, que yo a mi madre la quiero así, sentida y preocupada por sus hijas.

Estuve esperando a que me entrasen sola en una cama; por suerte, la madre de mi amiga Ángela trabaja en el hospital y me estuvo haciendo de apoyo moral mientras me entraba el canguelo -lloraba y tenía sed, estar en ayunas es una jodienda-.

Por fin me pasaron a quirófano. Mucha gente para operar una rodilla -pensé-, y me empecé a agobiar. Me sedaron un poco y después me pusieron la anestesia. A todos aquellos que me asustabais con la epidural, he de deciros que casi ni me enteré, nada de pupa, ahora ya puedo ser mamá. Durante la operación me desperté un par de veces; la primera cuando me estaban buscando “noseque” vena o artería, la segunda cuando estaban dándole a la radial para fisurarme la tibia, la tercera cuando estaban poniéndome los tornillos y la última cuando estaban cosiéndome. Esta última le dije al cirujano si me dejaba ver la cicatriz, y claro, me dijo que no.

Sólo pasé una noche en el hospital, pero qué noche más mala. Eso sí, no entiendo a los que os quejáis de la comida de los hospitales. Cuando no hay lomo de todo como, qué falta os hace pasar hambre… y así puedo recitar medio refranero español dirigido a tiempos duros.

Después me llevaron para casa. Y bueno, aquí viene lo mejor y lo peor.

Lo peor, la recuperación. Mucha cama, mucho reposo, dolores, curas, pupa, pastis, dormir fatal, sentirme inútil, más dolor y muchas más pastis.

Lo mejor, vosotros. Mis padres, mi hermana y toda mi familia que se merecen todo lo buenos que yo pueda darles. Han sido mi Geoffrey durante esas semanas tan jodidas. Y mis colegas, sois la repera hijos de perris. Los croissants de chocolate, los helados, la Jot Down, saladitos adictivos, birras fresquitas… Compartir conmigo vuestros domingos de resaca para venir a darme el parte, eso es amor. Las llamadas, los mensajes, los paquetes sorpresa en correos, los “buenos días” y las promesas de bailes al amanecer.

Después llegaron las sesiones de rehabilitación. Las ganas locas de flexionar la rodilla, de poder andar sin muletas, el impulso a subir las escaleras de dos en dos, de moverte con normalidad…

Como os he dicho antes, poco a poco, todo mejora, y sin apenas darte cuenta, estás doblando la rodilla al máximo, andas como la mismísima Claudia Schiffer, subes las escaleras de espaldas y hasta puedes hacer el amor (o follar, como prefieras). Constancia, fuerza y muchísimas paciencia.

No seré deportista de élite -aunque claro, nunca lo fui-. No me convertiré en runner, ya os aviso. Mi cojera -que progresivamente se ha ido desapareciendo-, era muy graciosa, vamos a echarla de menos. Ahora mis amigos me llaman Miss Skynet, Cyborg Sifer, Robocop, Langui… ¡Qué majos sois!

Ahora en serio. Sin duda, operarse de la rodilla puede ser una mierda, pero tener a personas geniales que te ayudan a recuperarte es genial. En mi caso, la solución superó al problema.