Yo también fui a EGB

Contar el gotelé del techo. Sí, es algo a lo que me dedico en momentos de mi vida en los que no me siento a gusto conmigo mismo. A lo mejor era domingo. Estaría como Robert Smith en el videoclip de Lullaby. Ya sabéis: tumbado en la cama, mirando telarañas, teniendo pesadillas. Este era uno de esos tiempos en los que mi inseguridad era tan palmaria como salir a la calle en calzoncillos a finales de Octubre. Y sentir el frío metálico erizarte la piel suspensoria de las criadillas. Así, como comprenderéis, es imposible relacionarse con la gente o tener el aplomo para emprender cualquier propósito, empresa, acción o lo que sea.

Una vez en sexto de EGB, durante la clase de Lengua, de repente comenzó a sangrarme la nariz a chorro. Me bajaron a la conserjería donde el Churruca me hizo recostarme en un sillón con la nariz rellenada de algodón y me abandonó diciéndome: “cuando hayas contado todas las gotitas del techo puedes volver a clase” (gotelé). Al cabo de una hora bajó la señorita Asunción a por mí. Yo le dije que no podía volver, que aún no había terminado mi tarea y no debía perder la concentración. En otra ocasión la banda del Segoviano, después del comedor, me dio una bola de barro y lo que me dijeron fue: “cógela y quédate con el brazo estirado hacia el sol, no lo bajes hasta que la bola no se haya convertido en piedra”. Aún recuerdo cómo me corrían los lagrimones por las mejillas y creía ver en el astro rey el rostro de mi madre sonriendo. Estuve hasta el turno de la tarde así, como la estatua de Colón, por miedo a que me diesen una paliza.

Ay, el colegio, qué época. Allí me rompieron la nariz y los dientes, incluso me dejaron una vez inconsciente. Te robaban el almuerzo y si te negabas podías optar entre puñetazo en la barriga o retorcimiento de pezones. Podéis pensar que lo de los pezones suena mejor y más divertido pero os aseguro que no lo es. Estoy seguro que en la Edad Media torturaban con retorcimiento de pezones (¡di tres marcas de leche impío!). Se practicaba una tortura en aquellos tiempos, los de la Edad Media, que consistía en encerrarte en un toro hueco de bronce, encender fuego bajo la tripa de la estatua y tus gritos sonaban a mugidos debido a un sistema de tubos colocados en el hocico de la figura. Bien, pues en el colegio te nombraban caballero, que para quien no lo sepa consistía en agarrar entre varios a algún compañero y llevarlo corriendo hasta un poste y reventarle la entrepierna. Por alguna razón, las lamentaciones del desafortnado tratando de zafarse también me las imagino hoy como mugidos de vaca.

Había más juegos, jugábamos a Mosca. ¡Mosca! La gente te hacía un pasillo y tú tenías que pasar sin correr y adivinar al llegar al final quién te había pegado. Si decidían ensañarse contigo te reventaban a collejas y luego al que le tocaba pagar le daban flojito. Así era más divertido. De hecho teníamos de compañero a un chico muy rubio y mayor que nosotros que no era muy inteligente (por decirlo de alguna manera), al que con el tiempo terminarían por segregar destinado a la clase de Educación Especial. Este chico solía ser el blanco de la mayoría de nuestras burlas. Era una víctima fácil. Si nos ensañábamos se suponía que no era algo muy malo pues su diferencia ya le condenaba a no poder sobrevivir ni ser del todo aceptado, nosotros sólo ejecutábamos lo que la naturaleza misma ya había designado. “Comemierda” lo llamaban. Creo que era porque un día alguien le llevó al baño (¿os acordáis de aquella escena en la que a Renton le entra un apretón y se ve obligado a entrar en el urinario más asqueroso de toda Escocia?) y le obligó a lamer la pared. Algo que de por sí ya es asqueroso pero lo es más porque las paredes estaban a menudo manchadas de escrementos. No quiero pensar cómo las embadurnaban porque escobilla no había, y tampoco papel. Así eran las cosas. No exagero. Cuando veo una serie o una película en la que alguien entra en la cárcel y le hacen perrerías y le echan puré maloliente en la bandeja y no se lo quiere comer, hasta que al final pasa tanta hambre que pasa a ser uno más en la fila, me hace recordar aquella época. El pis de gato y la caca de vaca y las mesas reservadas por clanes. Allí acabas endureciéndote y atacando a alguien más débil que tú porque a ti te lo han hecho antes, y por supervivencia, me imagino que en la cárcel es parecido. Los barrotes en las ventanas, la hora del recreo, la fila cuando suena la alarma…

Me encontraba como os comentaba contando el gotelé del techo, con la canción Lullaby repiqueteando entre las paredes de mi cocorota. Y… no sé. Me puse a recordar. Cuando algún compañero me bajó los pantalones mientras hacía dominadas colgado de la portería para impresionar a las chicas, dejando al aire mi fimosis y convirtiendo mi oportunidad de lucimiento en vergüenza. Cuando descubrí que las notitas de amor que metía en el pupitre de Chus durante el recreo no eran respondidas por ella sino por otros compañeros de clase. Chus, mi primer amor. Era una chica muy miope con un desarrollo muy avanzado en otros aspectos comparada con el resto. Fue mi primera decepción “chateando” con una chica. También fue la primera a la que pude tocarle las tetas turgencias. Jugando claro. En el patio jugábamos. Hoy en día no sé que harán pero nosotros jugábamos. Al Pollito Inglés, al Escondite, a Balón Prisionero, al Conejo de la Suerte, al Calentón, a las Tinieblas, a las Chapas, a la Peonza, a este juego en el que juntas las dos manos y no puedes separarlas hasta que lo hace el otro para intentar darte, al Tren de la Bruja, a Burro Va, a este en el que vas poniendo un pie pegado delante del otro en línea frente a otro que también camina hacia ti y al encontraros un pie tiene que “montar y caber”. ¿Era así?. Bueno pues en un uno de estos juego en un corre que te atrapo le pegué un magreo pectoral que me dejó extasiado dos segundos después al entender lo que había pasado. Fue lo más lejos que llegué con una chica en aquella época pues cuando jugaban a encerrarse en el armario (era la manera que teníamos entonces de empezar a experimentar con el sexo)  yo me escaqueaba por miedo.

¿Por qué una mañana me dio por pensar en esto? Es sencillo. Porque como a muchos os pasará a veces no quiero ser adulto. No quiero tener dolor en el pecho y ardor de estómago por las responsabilidades y obligaciones, no quiero ser autónomo y darle la mitad de mi sueldo a políticos psicópatas, ni tener que poner nada a mi nombre, mucho menos pagar un piso en el que se inunda la cocina cada día pero el vecino no quiere hacerse cargo, tener la nevera llena de cerveza Stark y café Hacendado y al llegar el fin de semana gastarme la nómina en garrafón para desestresarme; marcas blancas de una vida lavada, blanqueada como dientes en Vitaldent, fachadas blancas y techos blancos, y mentes blancas contenidas en pálidas caras consumistas. Pero claro, luego lo pensé bien, y aquella época tampoco es que fuera más fácil. Y al darme cuenta de esto conseguí levantarme, salir a la calle a dar una vuelta sin rumbo; eran las dos de la mañana y el estentóreo bullicio callejero de coches y adolescentes borrachos era para mí como el murmullo de una grada animando cuando estás bajo el agua, con los pulmones ardiendo, a punto de salir a la superficie.

Ya nunca más he vuelto a contar manchas en el techo, que yo recuerde.