Sonorama 2016 (I): ‘La reflexió’

El Sonorama Ribera es para mí, como para tantos otros, algo más que un festival. Ya son seis años yendo a Aranda de Duero a disfrutar del festival, del pueblo, de su gente. Y son 5 años organizando las vacaciones del verano a partir de este. Para mí, como para tantos otros, el Sonorama Ribera eran esos días inamovibles desde los que organizabas el resto del verano. Más que inamovibles, intocables. Mucha gente me preguntaba que qué tenía ese festival de Burgos desconocido que iba siempre. Es algo indescriptible. “No te lo puedo explicar, tienes que ir“, así me convencieron a mí y seguro que a muchos, y esa era siempre mi respuesta. Y seguro de la que muchos. Así hemos llegado al 2016, con una edición del festival que ha batido récord de asistencia, y que sin duda marca un antes y un después.

Sonorama 2016, ¿la mejor edición de los últimos años?

Hace unas semanas escribí un texto en el que me planteaba las mismas preguntas que me hago ahora. En aquel texto, incluso me preguntaba si la 19ª edición del Sonorama Ribera sería la mejor edición de los últimos años. No tanto por el cartel, ni por las novedades, si no por lo que ésta significaba. A posteriori, y con tiempo de reflexionar a conciencia y ver las diferentes opiniones mostradas en los últimos días, considero que no se puede hacer una valoración tan simplista como la que me pronunciaba en su momento. Como veremos más adelante, no cabe duda que en esta edición se han hecho cosas bien, cosas mal y cosas de forma distinta Pero por encima de todo, esta edición ha sido el año en el que el festival se ha hecho mayor, para bien y para mal.

De hecho, mi opinión personal va más allá. Para mí, y creo que para muchos que llevan unas cuantas ediciones a la espalda, esta edición del Sonorama Ribera no es la que la ha convertido en un festival grande, si no simplemente, es la edición en la que se ha convertido en un festival de música. Y es que para muchos ir al Sonorama no era ir a un festival, si no mucho más. Las fiestas del pueblo, el viaje con los amigos, las vacaciones para encontrarte con viejos conocidos… Diferentes formas de explicar el sentimiento por el que ir a Aranda de Duero, y en las que el festival parecía ser sólo la excusa para hacerlo. Es evidente que el ambiente familiar ya no es el mismo, y para muchos incluso ha desaparecido. Es cierto. El Sonorama Ribera se ha convertido en lo que siempre ha sido, un festival de música (ahora multitudinario), y eso ha traído cambios. Le pese a quien le pese.

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Cosas que sí y cosas que no

En esta edición de cambio, hay que aplaudir la valentía con la que la organización se ha enfrentado a un año en el que por primera vez se rozaba el sold out. Cambios evidentes en el recinto ha habido de todo tipo. Desde los anunciados a bombo y platillo, como los nuevos baños que, quitando la distribución de entrada y salida que creaba abotellamientos en las horas puntas, han sido un acierto en toda regla. Otros en cambio, como el nuevo sistema de pago electrónico, provocaron serios problemas, sobre todo en la jornada del jueves. Sin embargo, de sonrojo y chiste son las críticas ante el famoso euro que se han quedado con este sistema de pago. Como el de los vasos reutilizables, una medida de concienciación que debería ser obligatorio en todos los festivales. En fin.

Sin embargo, de las misma forma que hay que aplaudir a la organización por cómo ha enfrentado este año de cambios y de grandes multitudes, también hay que señalar aquellos aspectos que, tras 19 ediciones, no deberían de ser un problema. Como los continuos retrasos que vivieron los conciertos los tres días, y en prácticamente la mayoría de los escenarios. Y no sólo en los del recinto. Se asume que, aunque haya otros festivales que se cumplan a rajatabla, pueda haber un baile en las horas de actuación respecto a los horarios fijados. Sin embargo lo de este año en el Sonorama Ribera ha sido en ocasiones demasiado sonrojante. Al igual que ciertos problemas de sonido que existieron en los diferentes escenarios, tanto en nombres internacionales como Kula Shaker como en gente de menor caché como Perro. Son fallos que a estas alturas no pueden pasarse por alto.

La masificación ha sido la queja que más se ha oído desde que prácticamente se inició el festival. Si bien en el recinto (que no da para más) la cosa aún se maquilló, sí que se vio cierta aglomeración tanto en la entrada como en la salida, sobre todo al finalizar los últimos conciertos, donde se creaba una embotellamiento al lado del escenario pequeño, ya de si lleno de gente que se quedaba a cerrar el festival. Por contra, lo de este año en el pueblo empieza a ser alarmante. En la Plaza del Trigo no cabemos todos, y las plazas del Rollo y de la Sal empiezan a ser agobiantes. El pueblo sí es grande y sí cabemos todos, y la muestra de ello es la que es, sin duda, la mejor novedad que se ha visto en el Sonorama Ribera en los últimos años: el Escenario Charco. El lugar idílico y las propuestas musicales de carácter latinoamericano, hacen de este nuevo escenario el mayor acierto en años, sentando las bases de un escenario que lo tiene todo para hacer sombra a la mítica Plaza del Trigo.

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Lo que aprendí en el Sonorama y Aranda

Para el público es muy fácil y cómodo centrar todas las críticas y malestares tanto al festival como a la organización. De hecho al comprar el abono estás en derecho de hacerlo. Es del todo lícito quejarse de aquello que no ha salido bien, y este año ha habido unos cuántos motivos para hacerlo. Y los hemos oído tanto en persona durante el festival como posteriormente en las redes sociales. Yo las sufrí, al igual que cualquiera que haya estado este año en el Sonorama Ribera. Y sí, es cierto, el Sonorama ya no es lo que era. También pensé que había demasiada gente, que los baños estaban siempre llenos, que no voy a volver a pisar la Plaza del Trigo, que iba a ser imposible recargar la pulsera, que qué coñazo el puto vaso… Que el Sonorama había muerto. Su esencia, su familiaridad, lo que lo hacía grande. Yo también lo he pensado, pero entonces pensé en todo lo que aprendí del Sonorama Ribera y de Aranda de Duero.

Y es que mientras son muchos los que se quejan ante la masificación y piden abiertamente que se limite el número de abonos, yo siempre he visto un pueblo que ha acogido con los brazos abiertos a todos los que acudíamos año tras año, sin importar cuántos éramos. Que mientras hay quien se queja por un par de euros por sus pulseras y vasos, yo he visto una organización del festival que siempre ha pretendido darlo todo por los festivaleros, con conciertos sorpresas, un mayor número de actividades fuera del festival, un camping gratuito lo más cómodo posible. Una organización que tras muchos años perdiendo dinero, ahora puede reinvertir en mejorar aún más el festival. He visto al director del festival recogiendo vasos del suelo en el Escenario Charco, esos mismos vasos que nosotros no fuimos capaces de tirar a un cubo de la basura porque estábamos viendo el recital de Javiera Mena. Mientras tanto, muchos se quejan de la pérdida de la esencia y de la masificación. Y sí, la culpa de la masificación es de la organización, por tener uno de los festivales más queridos de todo el territorio. Y del pueblo, por abrir las puertas a un festival como no se había visto nunca. Pero sobre todo la culpa es nuestra, de los que vamos, de los que llevamos a nuevos amigos, y de los que repetimos año tras año.

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El año del cambio

Este es el año del cambio, el año que el Sonorama Ribera que conocíamos ha muerto. No volverá tener esa esencia y esa familiaridad, no al menos como la conocíamos. Pero no podemos quejarnos por ello, cuando hemos sido nosotros los que hemos llevado gente nueva al festival, exactamente de la misma forma que hicieron con muchos de nosotros. Y probablemente la cosa vaya a más, asúmelo. En un país repleto de festivales por doquier, y donde se decía que la burbuja de los festivales va a estallar (una vez más), el año de las sonoras cancelaciones y las que estuvieron a punto de serlo, el Sonorama Ribera bate récord de asistencia. En el año del cambio, en el que se sientan las bases del futuro.

Estamos ante un nuevo Sonorama Ribera. En el (ahora sí) festival de música más querido de todo el territorio estatal. El de los conciertos sorpresas, las plazas durante el día, los katxis de croquetas y el del lechazo. El del Escenario Charco. Aquél que continua con su espíritu que para los que llevamos tantos años ya se nos queda deslucido, pero que enamora de primeras a aquellos que descubren por qué la cita en Aranda de Duero el puente de agosto es ineludible. Han habido cambios, y habrán muchos por llegar, serán más o menos sangrantes. Lo que no hay duda es que la esencia del Sonorama, aquella que tanto se echa en falta al ir a otros festivales, perdurará.

Larga vida al Sonorama Ribera.