Síndrome de Estocolmo

“Proyectos. Están ahí… en el aire”.
Pantomima Full

Síndrome de EStocolmoNací en 1984, por lo que generacionalmente estoy en una especie de limbo. El paso intermedio entre los de la generación X y los (despreciados mediáticamente) millenials. He sido de los que en la infancia veraneaban mes y medio en un pueblo conquense y quince días en las playas de Salou (cuadernillos Santillana mediante). De los que lo flipábamos con el Super Mario Kart y de los que despertamos sexualmente con Emma Suárez, el porno codificado del Plus y las pelis eróticas de las madrugadas de jueves en Canal Nou. Por el contrario, me ha dado tiempo también a ser nativo en las redes sociales, tener un carácter emprendedor (“si no hay trabajo, créalo”) y sintonizar la MTV y no encontrar nada musical. Me decanté por el periodismo y lo audiovisual y cuando dejé de formarme en 2007 faltaba menos de un año para darme de hostias con una crisis económica que ha cambiado cualquier tipo de perspectiva que tenía ante la vida. Han pasado diez años en los que, laboralmente, me ha pasado de todo y casi nada bueno. Dejando de lado mis días como dependiente de productos de imagen, sonido y fotografía en un par de grandes almacenes muy conocidos, el resto del tiempo he estado en emisoras, redacciones, productoras y PROYECTOS de carácter cultural, creativo y/o artístico. He cobrado nada, trescientos euros, nada, doscientos (“este mes no podemos darte los otros cien, pero lo compensaremos el mes que viene”), nada, nada, trescientos, doscientos, nada, paro, paro, nada, seiscientos, quinientos, seiscientos (“¿por qué me has facturado cien euros más?”) y un tope, en diez años de carrera profesional, de 1200 como falso autónomo (descuenta: IRPF, IVA, cuota y gestoría).

¿Y por qué aguantabas? ¿Por qué no te ibas?”. Dos de las preguntas que más me han hecho en la vida junto a “¿Me estás escuchando?” y “¿Nos tomamos la penúltima?”. Un compendio de miradas condescendientes y consejos a los que siempre acompañaban esas dos primeras cuestiones. Y la respuesta nunca la sabes explicar. Al principio es por ilusión, ganar experiencia y engordar tu currículum. Luego pasas a “mientras cobre el paro seguiré en el PROYECTO” o “es que no hay nada más”. Pero de repente llega el día:

– ¿Por qué aguantas? ¿Por qué no te lo dejas?
– Es que… ¿y si me voy y justo triunfa el PROYECTO?

Y ahí lo descubres. Estás secuestrado y tienes el síndrome de Estocolmo. Eres gilipollas profundo porque te han hecho creer que eres un socio más, que eso es una gran familia y, lo peor de todo, que tienes que sentir a la empresa. Que te duela. Que la vivas. Empiezas a justificar lo injustificable, a defenderla ante tu familia, pareja y amigos cuando te preguntan (one more time) por qué sigues ahí. Pero tú ya eres Brie Larsson en ‘Room’ y has hecho de ese PROYECTO tu habitación. Tu hogar. The place to be.

En una relación tóxica, el lado fuerte tira de manipulaciones emocionales y chantajes para seguir amarrando a su pareja. En 2017 hay jefes que adaptan estas mismas tácticas con sus trabajadores. Han sabido educarte a base de conductismo con pequeños premios para que vayas haciendo tus necesidades donde ellos han elegido. Y tú, en lugar de mirar el conjunto en perspectiva, te has quedado observando la mano que te entregaba esas migajas. Son jefes que saben plantar promesas dónde y cuándo mejor les conviene. De manera agresiva o siendo los maestros de la mentira sutil y el “buenrollismo”. Auténticos maestros de la extorsión y la postverdad. Son promesas en forma de expectativas y pequeñas mejoras. Pero son promesas que no valen nada y que caerán como lágrimas en la lluvia.

Son los captores del siglo XXI. Una ETA creada por el establishment que no necesita de violencia porque ya tiene nuestro miedo como la mejor de las armas. Seguiremos tragando, auto-engañándonos y cayendo. Porque el rehén siempre acaba enamorándose de su secuestrador.