Sin ti

poema de Miguel Ángel Fernández Núñez


Sin ti3

Como intentar llenar los pulmones de aire fresco tras una ventana cerrada,

a eso se parece estar sin ti,
a ver la vida a través de un cristal,
como quien busca el mar nadando en una pecera,
como quien ve una proyección en bucle de cine mudo
de la que ya no puedes esperar sorprenderte.
A 18 fotogramas sin tu boca por segundo.

Como intentar sentir la fricción del viento en la tez
tras cuatro tabiques desconchados,
a eso se parece la piel sin tu tacto,
a paredes despedazadas
dejando caer poligonales pedazos de yeso y pintura,
a la carne dejando entrever la superficie cementada
que se esconde tras tus huellas.

Me quedé dormido a la hora exacta en la que te esperaban todos mis insomnios,
flotando en aquella esquina donde te inventabas besos con forma de cadena de juguete.

No he sabido volverme a despertar de este aletargado paso de los días
No he sabido volver a encontrarme
desde que caí de boca sobre los 1994 Km que me detenían,
sobre las 18h y 9 min de cuerda que le faltaban por dar a todos los relojes
desde mi ventana a tu balcón .

En este glaciar de papeles manchados con tu nombre,
aún se empañan los cristales cuando recuerdo tus últimas frases,
porque tus palabras siguen conservando todo el calor.

Y es que no soporto la idea de verte las cenizas
mientras te avivas,
mientras me quemo.
Llamas
desde dentro de las cavidades de mi pecho
como si tu aliento hubiera quedado olvidado en mi caja torácica,
creando melodías desafinadas
que tus recuerdos aun saben bailar.

A veces me asomo por la ventana
como si pudieras volver a ser tú quien cruza la calle.

Y el despertador suena a “sin ti” por las mañanas,
aunque es el frío lado izquierdo de la cama
el que me hace despertar.
Y la ducha
suena a millón de gotas suicidándose
sin tu desnudo.
Y vestirse al alba
sin tu ropa abrazando las baldosas,
es como vendarme la piel supurando por cada poro,
porque la carne no es más que un disfraz descosido sin tus labios de alfiler.

Vivo un final sin final,
un punto suspensivo con tilde,
un tropezar constantemente con la única piedra del camino
que quiso ser de aire y, al volar,
dejo una zanja donde seguir cayéndome
y una cavidad en forma de trinchera en mi pecho,
a la que le sigo llamando hogar
aunque tú ya no estés aquí para defenderla.

A eso se parece tu ausencia,
a un semáforo en rojo en una calle vacía,
a mis uñas haciendo garabatos con tu nombre en otra piel,
a labio cortándose al sonreír,
a garganta sedienta en mitad de la madrugada,
a ahogarse con aire.

A veces, me asomo por la ventana
y me veo a mí
en un reflejo
en el que ya no me conozco.