Sexo sin paliativos

Tenía la regla. Lo supe no porque me lo dijera sino porque vi el preservativo ensangrentado. Podría haberme avisado. Había una mancha del tamaño de Gorbachov en el puto colchón. Yo seguí dándole al asunto pero ya sin ganas, claro. No tenía ganas desde que le quité el sujetador en la cocina. Desde que empezó a meterme la lengua como un tubérculo arrancado de la tierra en el portal al lado del restaurante. En realidad, no tuve ningunas ganas desde que me habló. “¿Tienes fuego?” “No, lo siento”, le contesté.“Da igual. ¿Te quieres sentar conmigo? Tranquilo, no muerdo”. Así que le digo: “Bueno”.

No me resultó fácil. Ni agradable. Me puse nervioso. Pero lo hice. ¿Qué le iba a decir? ¿Que no? Estaba en casa leyendo El Jueves un domingo de esos en los que las paredes de la habitación se mueven hacia dentro y tengo que salir a la calle a darme una vuelta. Estaba esperando que me trajesen un bocadillo de pan de centeno porque decidí en mi paseo nocturno cenar en esta bocatería. Claro, venía pensando en la soledad, en enfrentarme con decisión a los problemas, en aceptar retos, ser más comunicativo, más productivo, más libre, ser más, más todo, serlo todo; y en ese estado de euforia íntima me encontraba, sugestionándome con la idea de no acomodarse uno; salir de casa, ir solo, para que te pasen cosas. Y esto es lo que pasa.

SexoPaliativos

Cuando me giré y la vi sentí curiosidad, no lo niego. Estaba sola, morena, con esa gorra militar, yo con mi sombrero. Parecía algo retraída. Parecía. Le preguntó al otro camarero si había visto a un tal Miguel.  “No, no ha pasado por aquí desde hace semanas”, creí escuchar. Triste, loca, vagabunda. Como yo. Así que sí, bueno, por un momento sentí curiosidad. También cuando me dijo que me sentara con ella; no la conocía, ¿de qué íbamos a hablar? Pero me daba más vergüenza decirle “no, déjame en paz” que aceptar su petición.

Me senté en su mesa y me habló no sé de qué cosas, que le había llamado la atención, que tenía un día así raro y no quería estar sola, que qué guapo era, que qué tipo tenía…Tonterías. Mientras me hablaba traté de decidir si me gustaba o no. Quizá es más bien que trataba de convencerme de que no estaba mal. Haber salido de casa y que a los veinte minutos te esté hablando una chica es algo. Llevaba un piercing debajo del labio inferior y otro en el ombligo. Este se lo vi cuando se levantó para ir al servicio en el momento que me ofreció ir a mi casa. “Voy un momento al baño, no te muevas de aquí” Y aproveché para echarle el primer vistazo a un cuerpo –pensé- nada desdeñable. Aunque eso no evitó que tuviera el impulso de salir corriendo, al fin y al cabo todavía no sabía dónde vivía yo; podría haberme largado y ya está, llegar a casa, calentarme un vaso de leche, xvideos y a dormir. Justo cuando salió del baño me trajeron mi bocadillo de pan de centeno, que ella pagó y pidió que lo envolvieran en papel de aluminio para metérselo en el bolso. Me cogió de la mano y me escupió susurrando vapor caliente en mi oído: “Vámonos de aquí”. De camino sacó una lata de cerveza y nos la fuimos bebiendo. Antes de subir me devoró por segunda vez. Me cogía del pelo y me lo estiraba y hacía círculos con la lengua y me daban arcadas cada vez que trataba de alcanzarme la campanilla. Me besaba como si su trabajo fuera en una oficina de correos pegando sellos gigantes. Su piel era morena como el cartón y cuando nos desnudamos le descubrí un tatuaje en el empeine que consistía en una raya. Así, sin más. Parecía que hubiera intentado autotatuarse algo y se hubiera arrepentido en medio del trabajo porque la raya se ve interrumpida y luego vuelve con un punto y continúa con otra raya que termina de forma irregular y nerviosa .“¿Y ese tatu?”. Ella se encogió de hombros: “no es nada”.  Me ofrecí a masajearle el pie mientras le inspeccionaba ese tatuaje carcelario, ese empeine cruzado por una raya de tinta, esa cosa que tenía ahí. “No es más que una raya” me dice al tiempo que me coge del cuello para empujarme hacia ella y me mete un dedo en la boca. Yo no hacía más que pensar en ir al baño y quizá quedarme dentro y no salir. Quedarme allí a refugio hasta que decidiera irse. Me calcé la goma recordando aquella escena de American Pie en la que Michelle Flaherty le hace ponerse dos condones a Jason Biggs para solventar su problema de eyaculación precoz. No era mi caso. Yo solo quería que todo terminase e irme con mi mamá. Pero me resultaba imposible acabar. “¿No te corres cariño?” No sé cómo pretendía sacarme la leche con esas ubres decrépitas. Me dijo que tenía 34 pero no sé yo. “Es que me cuesta concentrarme, lo siento”,  le dije. Entonces me excusé y fui al baño, y pude darme un paréntesis. Revisé la manera de decirle que quería que se marchase. No hay una manera elegante de decir eso. Tras una confortable deposición me revisé los padrastros y me toqué un poco a ver si conseguía revivirme. Pero ¿¡cómo!?  Lo que quería era volver al dormitorio y que no estuviera.

Cuando vuelvo está incorporada en la cama, fumando un cigarrillo de liar mientras debajo de la sábana hay un bulto moviéndose en pequeños círculos concéntricos. “Sí que has tardado”. Miré en una de las baldas del armario debajo de unos libros para revisar que seguían ahí los 200 euros que tengo reservados para el alquiler. Entonces deja el cigarrillo todavía humeante en la lata de cerveza que reposa en el suelo y se abalanza sobre mi flácida cosa. Se empeñó y se afanó en erguirme con la boca, gimiendo y poniendo caras de actriz porno que lo único que conseguían era distraerme. Y aunque consiguió ajustar la botavara a la vela cangreja, luego viene el problema dientes. Dientes, dientes, ¡au!, ¡para!, ¡joder!, ¡no sigas por dios!. Me entraron ganas de llorar mientras ella estaba ahí: aaahgr, grlfmaah, hmmms, slchrumm gaaf. En un momento le sopla, en otro se abofetea cuando la tiene dentro, y en otro la muerde “¡Aauch!”. Por lo menos conseguí que parara. “Perdona, ¿te he hecho daño?”. Pues claro que me has hecho daño pedazo de zorra, ¡le has pegado un bocado a mi polla! “No, no te preocupes. Oye, creo que es mejor que lo dejemos por hoy, si no te importa”. La miro esperando que entienda que quiero que se vaya a su casa, y ella me mira como una gatita expectante y celosa, y yo pongo cara de: por favor.

Durmió toda la noche con el brazo enroscado en mi cuerpo y yo comí techo como nunca en mi vida. Mi cuerpo yacía en la cama mientras mi alma estaba ovillada en una esquina del baño de donde no debería haber salido, por no decir que nuca debería haberme ido de casa de mis padres. De no ser por el miedo a despertarla hubiera liberado su peso sobre mí y me hubiera escabullido reptando hasta la puerta y me hubiera puesto a correr lejos de allí, de mi casa. Toda la noche en vela sin apenas pestañear hasta que entran de nuevo los primeros rayos de sol con suficiente fuerza en la habitación para despertar a mi captora. Y me dice en un hilo de voz pastosa: “heey, he soñado contigo. Te ibas, no estabas y ahora estás aquí”. Muy bien. Aprovecho que ella va al baño para tratar de limpiar la mancha de regla -de la que no dije nada por no molestarla- con algo de agua y jabón. No sé si sería mejor utilizar agua con gas, un quita manchas, jabón de marsellla, vinagre o yo qué sé. Cuando he conseguido virar el color a un rosa tenue lo dejo y me doy prisa en vestirme antes de que vuelva. Y así le digo: “bueno, se me hace tarde para ir a trabajar”. Ella ya se había duchado. Estaba desnuda apoyando los brazos a cada lado del marco de la puerta dejando un charquito en el parqué con la gotera que caía de su centro. Plinc, plinc, plinc ¡PLINC!. Poco a poco se iba formando un lodazal bajo sus pies. Me miraba con una sonrisa inquietante. Y en ese momento tuve que acercarme a ella para cruzar, tratando de no pagar peaje. Una maniobra difícil porque no se movió del sitio y me seguía con la mirada sin cambiar la sonrisa, y no apartó el brazo. Desde tan corta distancia me la estaba jugando, su aliento me amenazaba con atacar. “Si quieres vestirte y te llevo a algún sitio…”, le dije. No esperé a que me contestara. La esperé desde el descansillo con la puerta del ascensor abierta. Mucho más incómodo bajar con ella que con un vecino. Suerte que tengo el coche en la misma calle del edificio. Me dice que la acerque al metro y me va contando su trabajo de maestra de dibujo en una clase de refuerzo escolar. Les dan a los chiquillos ipads con aplicaciones y nosequé para que jueguen y aprendan.

Bueno, pues ya está”, paré el coche al lado de la parada y no pude evitar recibir uno de esos lóbregos y dilatados besos suyos, pero apreté los labios con fuerza para que fuera uno de película clásica y evitar así comer de nuevo lengua de sapo. Cuando me dejó recuperar el aliento le digo:  “vale, te doy mi número si quieres y ya… nos tomamos algo”. Muy complacida lo apuntó en su móvil. No me salió darle uno falso, estuve pensando en cambiar el último número pero le acabé dando el de verdad. Y así se despidió con un: “me encantas”. Afuera estaba lloviendo violentamente, cómo no, y cuando sale del coche desaparece, como si todo hubiera sido una maldición cuyo exorcismo fuera una tempestad. Tardé un rato en volver a arrancar el coche, porque estuve recuperando el aliento después de salir por fin a la superficie. Me sentía alicaído, triste, puede que traumatizado. La melancolía me inundó de nuevo como tantas otras veces.

No me vibró el móvil con una perdida suya. Ningún número desconocido ni mensaje ni nada. Ya ves. Quiero decir, ¿no? Ya ha pasado más de un día y medio y no sé nada de ella. ¿Usted la conoce o sabe quién le digo?