En Sant Jordi, yo mataré dragones por ti

SantJordi

Cuenta la leyenda que Jorge de Capadocia fue el soldado romano que terminó con el dragón que aterrorizaba la ciudad de Silca, en tierras de la antigua Libia. Por lo visto, resulta que la fiera decidió asentarse en la fuente del pueblo y colocar ahí su nido. Los habitantes de Silca, para poder recoger el agua, tenían que ofrecerle cada día un sacrificio humano, siempre por sorteo. El problema llegó cuando le tocó a la princesa, ya que el monarca quiso regalarle todas sus pertenencias al dragón para que la salvara, algo que indignó a los ciudadanos. Al final rectificó y se llevaron a su hija.

Casualidades de la vida, pasaba por la ciudad nuestro San Jorge, que al ver llorar a la bella princesa decidió ofrecerle su protección. Valiente como buen soldado que era, montó en su fiel corcel hasta que consiguió dar caza al dragón. Se enfrentaron y, tras varios intentos por controlarlo, al final logró atravesarlo con su espada. Una vez muerto y con toda la sangre derramada por el suelo, San Jorge se puso de rodillas y le ofreció a Dios su victoria.

Un caso extraño para estar relacionado con el catolicismo, ¿no?. Ya dice la Wikipedia que, pese a no estar “muy clara” la existencia real de este personaje histórico y su leyenda (lo de dragones por Libia, como no sea una metáfora…), sí que parece cierto que fue la primera vez que en Occidente se habló de este tipo de cuentos, que luego derivarían en los relatos de príncipes, hadas y los héroes clásicos. ¿Existiría La Bella Durmiente de Charles Perrault sin el mito de San Jorge? ¿Qué hubiera puesto J.R.R. Tolkien en el castillo de El Hobbit para custodiar el tesoro? Y por desvariar un poco, ¿os imagináis esta historia en el mundo de Game of Thrones con nuestro héroe matando a los dragones de la Khaleesi? Seguro que se hubiera acojonado con el “¡¡¿¿Where are my dragons??!!”

Porque así son las fábulas, algunas más llenas de fantasía que otras, pero todas con un simbolismo que se traduce en valores humanos. La de nuestro héroe terminó con la condena a muerte por ser católico, aunque posteriormente sería canonizado. La cabeza de San Jorge rodó por los suelos (supuestamente) un 23 de abril del año 303, el mismo día que morirían siglos más tarde William ShakespeareMiguel de Cervantes. Como todas las historias que han ido pasando generación tras generación, resulta que ninguno de ellos dejó caer su pluma ese día según el calendario gregoriano, pero es el que se eligió para celebrar el Día Mundial del Libro.

Para mí siempre ha sido un día muy especial, no tanto por las rosas que he regalado, ni tampoco por los libros que he recibido. Tengo la manía de celebrar cada 23 de abril mi cumpleaños y justo coincide con mi onomástica, ya que mi madre se decantó por Jorge en vez de Fernando.

Esta vez celebro los 26 y sigo muy lejos de ser un héroe clásico o literario, todavía no he salvado doncellas en apuros y sigo soñando con la idea de que si alguien tiene que acabar con mi vida de una hostia, que se espere a los 27. De hecho, sigo sin saber cortar con tijeras, en mi vida he cogido bien un bolígrafo, no sé hacer el nudo de corbata o de pescador para atar algo, nunca he aprendido a utilizar un compás como toca y sigo siendo lamentable a la hora de dibujar o diseñar. ¿En serio tendré que enseñarle estas cosas algún día a alguien? Menudo desastre, huid.

Eso sí, las cosas claras, me veo como un héroe del siglo XXI. Vale que no soy un valiente ni llevo capa, que no me muevo en caballo, que no sé empuñar una espada y que no abandero el neocatolicismo… pero sé que, llegado el momento y más en Sant Jordi, yo mataré dragones por ti.