Esas fueron las palabras que Daniela Vega, “Una mujer fantástica“, gastó, las únicas, para dar las gracias al recibir el premio Goya por mejor película Iberoamericana. Y a mí que me hubiera gustado, me gustaría ver a alguien diciendo en la gala, algún día: a mí los Goya me comen toda la *olla.

¿No sería gracioso? Al recoger el premio en lugar de dar las gracias. Ya hizo esa observación Joaquín Reyes al recordar con qué palabra era fácil la rima.

No es que yo crea que la gala haya sido rancia o aburrida o una puta mierda. O que no me gusten los Goya. Simplemente me sorprende que TODOS los años, tooodos, la peña critica la gala desde el sofá con una saña que no es un odio divertido y creativo propio de nuestro tiempo, es más bien una cátedra académica de bar cada uno en su púlpito de tuitero español. Sé que no todo el mundo rechaza la ceremonia de la misma forma y que se dice que tratamos de imitar a los americanos en lugar de mirar nuestra propia idiosincrasia. Pero es que esto me recuerda que mucha, muchísima es la gente que directamente le parece que el cine español es pura basura. Claro, sobre gustos… ¿Cuánta gente habrá ido a ver este año las películas que han participado? ¿Y qué películas te han gustado este año? Star Wars. Es una rendición en la que subyace el postfranquismo. Es una tradición, como los toros, los monumentos y calles fascistas, los huesos de represaliados en cunetas y el doblaje, doblarlo todo, no vaya a ser que aprendamos algo de otro idioma y que es que qué raras suenan las películas tal cual son eh.

Esa típica sinrazón de ser radicalmente crítico con tu industria del cine, como algo que ni te pertenece ni merece la pena siquiera que exista, es, siempre lo he pensado, nada más que auto-odio y catetismo, gran parte del cual consume y alaba una gran cantidad de series de ficción española en la televisión. Incomprensible.

De la gente del cine se espera siempre que sean reivindicativos pero si lo hacen siempre apestan por ser una élite intelectualoide que aprovecha su situación para dárselas de solidaria, si no lo hacen dan asco por no ser comprometidos, si lo hacen solo por la paridad se olvidan de otras reivindicaciones y son lo puto peor, si Dani Rovira se pone unos zapatos de tacón para hacer un gag como metáfora de esa misma reivindicación, la que ha protagonizado este año la gala con el lema/hastag + mujeres, entonces le cae la del pulpo por machista; si ya no le apetece que le den hasta en el cielo de la boca, no va y se le echa de menos porque el humor absurdo y surrealista de Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla no gusta (cierto es que tampoco es que estuvieran sembrados, pero al menos fueron mucho menos cansinos que lo que han sido tradicionalmente otros presentadores). Está claro, clarísimo que da igual lo que hagan, uno disfruta viendo esto esté mejor o peor hecha, la gala, porque ama el cine y es desde ese amor que inevitablemente se ve más reconocido en una industria depauperada y ninguneada, con pocos recursos, como es la nuestra. Es así de sencillo. Te sientes más identificado con lo tuyo, lo de aquí, con tu cultura, porque el cine es cultura, es patrimonio y es historia, y te sientes menos identificado con el cine australiano, coreano o norteamericano.

Por hablar un poco de lo que fue la gala, especial mención al que para mí fue el discurso de la noche (sí, antes que el de Daniela Vega), el de Nathalie Poza: “El arte importa. Si hay alguien que quiera dedicarse a esto: salta. Abraza tus heridas y conviértelas en arte porque merece la pena. Yo no sé si cambiaremos el mundo pero a mí este oficio me ha salvado la vida”. El cine sirve para dar voz, proclamaba Nora Navas, vicepresidenta de la academia. En este sentido ha sido, además de quizá la gala más feminista hasta la fecha, un año con cine valiente y de mucha calidad, con una representación de género por fin mucho más diversa, representación también de varias lenguas del estado, audacia en lo estético de sus propuestas (un recuerdo para la iconoclasta “Pieles” de Eduardo Casanova); con sus momentos WTF cuando Isabel Coixet llama gorda a Julita Salmerón o cada vez que la voz que presentaba las películas en imagen decía “Estiu 1993″. Maribel Verdú que bebe de la misma fuente que el presentador de Saber y Ganar y Pablo Iglesias sentado al lado de la puerta de los baños.

Efectivamente, el arte importa. Yo no sé cuanto tardaremos en cambiar nuestro complejo de inferioridad y “meninfotismo” sin fundamento. Sé que por muy arraigado que esté, algún día habrá de cambiar, pero para mí esta es la gran batalla del cine patrio, por encima del apoyo institucional, el IVA y las subvenciones (que por supuesto no se merecen, panda de vagos y maleantes), esto es, el apoyo de tu propia gente, que algún día, más allá de merecerlo mucho o poco, pueda llegar a respetar y querer su propio cine.