Hola, una cosa: me he imaginado que me partía la boca a hostias con un hijo de la gran puta delante de la neverita de la carne en un súper mercado Día. Dios sabe que me encantan esos malditos supermercados Día, que son el mejor termómetro social que conozco, que puede que me exciten un poco, de una manera alegre y confusa, pero menuda locurita, se me debe estar yendo la olla. Ojalá que no te lo cuente nunca, amor mío, que no te haga partícipe de todo esto, de estas cosas que me pasan, pero, joder, con lo borracho que me pongo seguro que te lo cuento, es que, es más, joder, con lo fino que me pongo el cuerpete seguro que te mando como 30 watsaps para explicártelo bien y que no albergues ningún tipo de duda. Ojalá que no, ¿eh? Pero tampoco nos hagamos ahora los tontos. No finjamos haber caído desde un guindo. Yo estaba mirando las pechuguitas, ¿sabes cariño? cuando todo esto ocurrió. Esas pechuguitas del supermercado Día que yo a veces compraba y que comíamos algún domingo con una salsa de nata y champiñones y que eran como comer cemento con polvorones pero que eran hermosas porque el cemento era el cemento de nuestra casa, la que compartíamos, y los polvorones eran para celebrar esa navidad tan larga y tan rara que no habíamos montado y a la que llamábamos amor. Yo miraba las pechugas y lloraba sin demasiado control porque me invadía la nostalgia y porque las pechugas de pollo de los supermercados Día siempre han tenido ese color tan extraño que debería llamarse rosa tristeza y que recuerda a las canciones de Leonard Cohen o a las mudanzas y que dejan a las personas vacías y temblando. Así es como yo estaba pasando la mañana en el Día. Y entonces llegó él. Cogió una bandeja de carne picada de cerdo y vacuno y me miró a los ojos. Esta parte de la historia puede sonar extraña, pero así es como yo lo viví. Me miró a los ojos, que hay que ser hijo de puta para hacer algo así a un hombre que llora, y yo vi en él a todos los hombres que van a tocarte de algún modo durante el resto de tu vida. Vi en sus ojos a un ejército de hombres que piensan pasar por tu vida de mil maneras diferentes. Los vi avanzar con antorchas, cantando himnos que parecían himnos de equipos de fútbol, inevitables, una Santa Compaña de futuras muescas en tu alma y en tu cama. Y me imaginé que me partía la boca con él. Con todos ellos, en realidad. Pero me quedé llorando frente a las pechugas. Cuando llegué a casa las cociné con una salsa de nata y champiñones, pero eso no había quien se lo comiera.

 

poema de Mr Perfumme