No me llames papi

Reggaeton

No soy sabrosón. No lo sé hacer rico (excepto la lasaña), ni tengo flow. No sé qué es el flow, ni me interesa. Me molestan la alegría y la felicidad en cualquiera de sus formas y espero sentado en la mecedora del porche a que vuelva a estar socialmente aceptado lo de ser un triste, como en los 90. La generación del grunge. Gente triste, gris y que podía tener conversaciones de horas con sus camisas de franela, entre pico y pico de heroína. Esa era una generación sana.

Pongo la televisión y solo veo gente con gafas de sol de aviador y gorras de baseball en posturas imposibles, manteniendo el punto de equilibrio justo encima de esas cabezas rapadas, gorras brillantes, con tanta purpurina que podrían matar a un epiléptico con el simple reflejo del sol. El sueño húmedo de Ian Curtis. Acompañando a tan hermosa postal, cadenas de oro enormes y camisetas de tirantes, remarcando las horas de biblioteca gimnasio y unos tatuajes que podrían condenar a su creador por crímenes contra la humanidad.

Sin embargo, lo que peor llevo de esta nueva moda loquísima no es el estilismo, es la banda sonora. En mis tiempos, lo mejor que venía de América Latina era el Caribe Mix, con su “Mayoneeeesa”, su King África, su Paulina Rubio y sus cosas. Unas canciones que se limitaban a un único objetivo, que era el de ver cómo tus padres hacían el ridículo en el chiringuito de la playa. Una vida efímera, 2-3 meses a lo sumo, y luego, libres.

Ahora no. Ahora no nos conformamos con eso y tenemos que llenar las radios y los programas de entretenimiento de la TV con sinfonías al horror y odas al patetismo dignas de las peores pesadillas de John Lennon. No hay nada más maravilloso que ver a un gañán más castellano que el rabo de toro, entonar a gritos frases como:

  1. Hoy es noche de “secso” o “seso” (dependiendo de la localización geográfica)
  2. Esta noche es de travesuras, te vo’a devorar en la noche oscura
  3. A mi Miami me lo confirmó
  4. Yo la “conosí” en un taxi, en camino al club

La necesidad del español medio de mimetizarse con la cultura latina es maravillosa. Cada vez que en Deportes Cuatro entrevistan a ese aficionado del Real Madrid, de Tomelloso, con su camiseta rosa y su gorra para atrás, hablando de James Rodríguez, imitando el acento latino, llamándole “Papi”, algo muere dentro de mí. Algo se marchita como las ramas de un sauce en invierno. Como las amapolas de Juan Ramón Jiménez al leer ‘Intranerso’, como “el ave que escapó de su prisión y puede al fin volar”, hasta que se atasca en la alambrada de Melilla.

La invasión sabrosona va en contra de mis principios, de los inviernos largos, de los domingos de lluvia y los discos de Damien Rice en bucle. Algo cuyo baile se llama “perreo” no puede ser bueno. Los perros se huelen el culo, te lamen la cara, te montan la pierna. ¿Nos hemos vuelto locos?

Os voy a contar una experiencia. Siento perder el hilo del artículo, pero necesito desahogar.

Hace unos meses tuve que ir a una boda por trabajo. Allí, un grupo de gente decidió que era buena idea hacer un flashmob con la canción “Yo la Conocí en un Taxi”. Lloré como un niño, por dentro, pero lloré. Fueron momentos duros y complicados, pero gracias a la ayuda de la gente que tengo cerca lo pude superar.

Acabemos con esto. Ya está bien. Por favor.