viene de: Anarquía (crónica del Sansan 2016) 2ª parte

Al final sí que tuve que ir en silla de ruedas. El dolor en el costado llegó a ser importante; no insoportable, sino me hubiera tirado por el balcón. Pero la parálisis ya me llegaba como desde el dedo gordo del pie hasta casi el hombro. No me la compré, la alquilé. Como un leasing. Me lo gestionaron en una asociación de mi barrio. Un día le pregunté a un tipo que iba con guantes de estos con los dedos recortados que llevan los levantadores de peso para agarrar las barras, si los llevaba para la fricción en las manos al empujar las ruedas. Me contó que era corredor. ¡Hacen carreras de sillas de ruedas! Las hacen, las sillas, con las ruedas así como sacadas hacia fuera y llevan también otra rueda más pequeña delante. Este chico entrenaba en la piscina a la que iba yo a nadar por las mañanas, donde va bastante gente con minusvalía, un tipo sin un brazo y sin una pierna me pasaba como si yo me estuviera ahogando, que de hecho lo que yo hacía no se podía llamar nadar, y me llevó a donde podía hacerme con una. No de competición, una normal. Allí fue donde conocí a Felicidad. Qué bonito nombre tienes le dije (supongo que nunca nadie le había entrado así jamás). Pero resultó. Se rió. Me invitó a un café. Le conté cómo toda mi movida empezó en el Sansan. Los médicos no acertaban y yo tenía mis días, como todo el mundo, pero de lo de la pierna cada vez peor. En seguida pensé que conocer a Feli había sido una suerte. Dejé de ir a la asociación pero nos seguimos viendo. Yo estaba mal en el trabajo, mi casero me subió el alquiler y me tuve que ir a vivir a su casa. Felicidad vivía en una pequeña calle de color gris y olor pis llena de vagabundos. Era un primer piso sin ascensor, no sé si he mencionado que ella también iba en silla de ruedas. Le dio de repente, follando en una orgía. Al principio me dijo que fue con su exnovio, pero al poco tiempo me concretó un poco más que quien se la estaba metiendo a veinte uñas en frente de su entonces pareja era otro tío. A él, a su novio, una afanosa felatriz disfrazada de egipcia le hacía beber los cielos mientras se deleitaba con su cara traspuesta (eso les ponía, se supone), y ante un escenario así entiendo que pensase que aquel puñetero desconocido hubiera cambiado de agujero o que, en cualquier caso, la cara de su novia (quizá por practicarle sexo a otras y a falta de hacerlo con ella explica que fuera poco intuitivo en este aspecto) no era de placer sino de dolor, de auténtico dolor, pues con las embestidas se le rompió una vértebra de la zona lumbar. Y no es que aquel tío fuera una mala bestia, que seguramente lo era, sino que por lo visto estaba desarrollando un pequeño tumor, justo en aquella zona, por encima del sacro.

 

El caso es que después de la operación empezó a tener dificultades motoras que en poco tiempo se fueron agravando al punto de que su novio la llevaba del sofá al váter en volandas como si la llevara al altar; eso le decía ella: “llévame al altar cariño”. Para subir las escaleras, por ejemplo, la subía de esta manera tan romántica. Pero él un día se fue a hacer la compra y tal cual llegó a casa y vio que había ido ella sola al baño, dejó las bolsas y se marchó. Y a su barco lo llamó soy un cobarde de mierda. Ella mandó instalar una silla mecánica de estas que te suben por la barandilla. A mí me pareció de lo más divertido, al principio. Todo con ella era divertido. El sexo era la hostia. Nunca he tenido mejor. Le encantaba mamar, en los dos sentidos. Llegábamos a casa encendidos y la silla esa tarda como dos interminables minutos en trazar una semicircunferencia ascendente de tan solo 3 o 4 metros. Imagínate que para ponerte el condón tardaras tanto. Entonces me sentía como Joe Swanson cada vez que tiene una escena de acción en Padre de Familia. Con todo lo de plegar las sillas, volver a subirte, abre la puerta; antimorbo; pero cuando llegábamos a la habitación…

 

Bueno, me quedé a vivir en su casa, con sus tres gatos, su ukelele, su bajo y su theremín. Ella empezó a mejorar de lo suyo y yo a empeorar. Tanto es así que yo a veces ni me levantaba de la cama y ella hacía el desayuno, la comida, paseándose por la casa sin ropa y sin la silla; se iba de juerga por las noches y volvía de día, y yo la oía subir las escaleras a pie, golpeando los escalones que resonaban diciendo: vengo de hacer el camino de la vergüenza. Tanto ella como yo podíamos pasar sin la silla y ella me recriminaba que en realidad lo mío era todo psicosomático. Fumábamos marihuana para el dolor y yo por las noches no podía pasar sin fumarme dos o tres; ella me decía que fumar la ponía a tono pero me acabó reprochando que fumase, me acabó reprochando que siguiera con la silla de ruedas, que éramos muy diferentes y la convivencia se hacía difícil. Yo no lo quería pensar pero me lo esperaba ya que tenía la manía de hablarme en la cama durante largos ratos hasta que yo me desvelaba y entonces ella se dormía, siempre quería que nos ducháramos juntos, que me sentara en el sofá para hablar cosas serias, me dejaba notas escondidas por la casa como en una yincana (hoy mientras dormías me he quedado mirándote un rato largo, pareces un bebé gigante, y me han entrado ganas de ser madre) me enviaba wassaps con poemas de Machado, de Neruda, de Luis Cernuda. Te quiero. Te lo he dicho con el sol, que dora desnudos cuerpos juveniles y sonríe en todas las cosas inocentes; pero así no me basta: más allá de la vida, quiero decírtelo con la muerte; más allá del amor, quiero decírtelo con el olvido. Y así fue como dejó de quererme, un buen día ya no hacía ni decía, ni se enfurecía. Nada. Y me dijo que necesitaba tiempo. Sin ser yo nada de eso. ¡Tiempo! Que todo lo destruye, que es capaz de cuartear las más bellas y dulces pieles, de matar el amor y mantener a Rajoy de presidente del gobierno. El olvido está en todas las  cosas, en todo. Menos ella.

Se llevó su ukelele, el bajo, los tres gatos y me dejó su casa y el theremín Yo le seguía dedicando mis primeros pensamientos y últimos del día; mientras fregaba veía el contorno de su melena a la luz del atardecer en el Parque de Cabecera, mientras nadaba llegaban a mí reminiscencias de sus gemidos regados en lágrimas provocados por sus orgasmos, cuando apagaba la luz y cerraba los ojos la escuchaba hablarme de cosas trascendentes con su dulce voz aflautada, única, en el tiempo y el espacio. Felicidad, casi nada de esto podré recordarlo mañana. ¿Por qué mejor no te duermes? Eres una pesada. Y entonces algo que para mí es más difícil que vomitar, lloraba.

 

A todo esto por mis cojones empecé a ir a rehabilitación, a hacer dieta, a no coger la silla y volver a la muleta, dejé de comprar yerba y volví a escribir poesía. Todo esto lo había abandonado hacía más de un año y ahora por fuerza de supervivencia lo retomaba. En relativamente poco tiempo comencé a encontrarme mejor. Además de nadar comencé a dar paseos con la muleta. Dejé de utilizar la silla mecánica también y así podía disponer de ella a placer la tía Julia que vivía en el segundo y con ella se ahorraba un piso.

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foto Adolf Boluda

Y con toda esta amargura de existir, peleando por saborear y disfrutar otra vez el menú del buffet libre que tenga que ofrecerte la vida, me llegan las acreditaciones para el festival Iboga Summer Festival.

 

Me sentía como un helado de esos chinos: frío por dentro, caliente por fuera. Por un lado necesitaba lo que un festival ofrece en cuanto a diversión y escape. Pero por otro precisamente uno tan extravagante y desconocido para mí no me apetecía. Al llegar allí las primeras impresiones confirmaban mis prejuicios al ver a mucha gente sin camiseta, punkys, rastas, una carpa de circo, un globo aerostático y hippismo generalizado. Este no es mi ambiente pensé. Iba preparado con mi tiendita de campaña. Aunque ya antes de entrar se me presentó la primera dificultad y es que no me pusieron la pulsera de prensa, si no es porque un fotógrafo me avisa (¿si no puedo entrar a emborracharme con los músicos pa qué vengo?). Planté la tienda nada más entrar. Los clavos no entraban por más que golpeara con la piedra, ¿tiene que ver algo que estuviera muy cerca de la acera?, y al final la dejé así abierta sin clavar. Le pregunté al vecino si tenía algún problema con que la dejara ahí, junto a la suya. Me respondió con un gesto de la cabeza que yo interpreté como de aprobación. Y bien, al entrar, un litro de cerveza, no tienen cazalla (por favor, no tener cazalla, por favor) y Empatee Du Weiss. Había poca gente y se estaba muy requetebién. El sol estaba aún alto y poderoso, bañaba al público en destellos dorados, como si bailaran en un campo de cebada, y ya desde ese momento pude constatar la mezcla de sonidos y músicas con este primer grupo que sonaba a ska, reggae, balkan, incluso ¿jazz? Sonaron espléndidos, magníficos. El siguiente, The Slackers, grupo de ska; si el anterior iban vestidos todos con camisa blanca, estos ya eran más pintorescos pero elegantes a la vez. Estaba este bajista que apoyaba la Fender como si fuera un contrabajo, con boina púrpura, bigote decimonónico, camisa a cuadros de colores y bléiser azul pastel. Tuvieron el honor de tocar en la hora mágica para un selecto grupo, escondiéndose ya el sol tras las montañas, dándonos permiso para empezar a ser otra persona o ser exactamente nosotros mismos. Se hizo la noche y lo siguiente fue un cantante de reggae legendario, Alpha Blondy, mensajes de paz con sonidos africanos. He leído que su nombre Blondy viene de su abuela que trataba de llamarle bandit, ¡ven aquí bandido!, aquí nuestras abuelas también dicen eso, pero la suya no sabía pronunciarlo bien y le salía blondy. Lo de Alpha ya se lo puso él.

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foto Adolf Boluda

Entre concierto y concierto animaba una batucada de manera que se puede decir que el festival no para ni un segundo. Yo en cada descanso me iba yendo al coche a pillar cerveza. De camino iba pensando que me gustaba la música que estaba escuchando. Al fin y al cabo se trata de música de calidad, multi-instrumental y concretamente el balkan es muy divertido, es música festiva imposible de no menear el culo. Yo de momento sólo asentía con la cabeza al ritmo de los instrumentos de viento. Así que todo bien. Ya decidí volver, me dijeron que por el camping no podía acceder, discuto, perdona pero tengo pase de prensa, y por fin me metí en el foso a hacer un poco el paripé con Spin Te Kú. Un acierto. El foso. Allí me encontraba a gusto. A gusto como lo está un chulo de playa contemplando bikinis. Pasaban por allí fotógrafas que por decirlo así de manera elegante estaban buenísimas las hijas de puta. Pero a mí me llamó la atención especialmente una. Cara angulosa, boca sensual como de saber varios idiomas, mirada de suficiencia, pelo rosa a lo Natalie Portman en Closer. Mmm. Echaba una foto al grupo y no podía después evitar echarle una mirada a ella. De este grupo, Spin Te Kú, os puedo contar que está bien, es divertido, punk-ska y un tío bajito con una capa roja dando vueltas sin parar por el escenario. Tanto se movía que yo, que no sé echar fotos, no acertaba una con él. Yo hacía clic y luego miraba a mi derecha por si ella, vamos a llamarla Natalie, se había movido o algo. Y en una de esas se cruzaron nuestras miradas. Yo sonreí. Ella no. Entonces me puse nervioso y empecé a disparar con la cámara sin parar, concentrado a ver si cazaba al caperucito.

Antes de salir de allí el de seguridad; un hombretón alto, rapado, con unos bíceps como melones maduros; lo encuentro alerta, como a punto de saltar la vaya que nos separa de los asistentes; el vulgo, los parias que pagan la entrada, esos; le tranquilizo explicándole que es normal, que eso se llama pogo y parece que la gente se vaya a dar de ostias pero no. Los siguientes iban a ser los bosnios Dubozia Kolektiv. Para verlos a estos ya me puse entre la gente. Me gustaron. Bastantes temazos bailables. Dicen en una canción que there’s no escape from balkan y ya empiezo a pensar que efectivamente no puedo evitar ese tic nervioso de mis hombros moviéndose espasmódicamente hacia arriba, como abandonándote a un estoicismo vital en el que tu cuerpo te dice: esto es lo que hay. Porque yo andaba con una muleta y no me permitía nada más. Quizá levantar la muleta en el aire y dar saltos con una pierna. Pero no. En otra cantan: our music is for free, you can download mp3, keep it playing on repeat… pues pal ipod que va. Cuando terminaron me metí en la zona de backstage pues a estar ahí, a ver qué tal. Por allí pasan músicos y gente de la organización, pero yo no conocía a nadie y tampoco me sentía cómodo. Pero me quedé a ver desde el lateral a Dub FX. Este me lo traía aprendido de casa. Es un beatboxer que hace canciones muy chulas. El mundo del beatbox es eso, todo un mundo, y este se ve que es de los así famosillos. No me gustó. No hizo ni pizca de beatbox. Llevaba sí una mesa de efectos y hacía como que apretaba de vez en cuando un botón, pero todo el drum n’ bass era sampleado y bien podían estar lanzándolo los de sonido. Sacó algunos músicos que no recuerdo qué tocaban. El teclado y el bajo, algo así. Eso sí, sonaba del copón. Como tiene que sonar el dub ¿no? Si te acercabas al altavoz cuando el típico sonido de bajo ¡rrummm! se te destapaban las entrañas.

 

En este punto de la noche yo ya debería ir muy ciego, sin embargo, y si la vista no me engaña, no llevo una buena castaña. Así que me voy a quemar tokens a la barra. Le guiño el ojo a la camarera. Voy con la cámara en la mano ¿sabes?. Con el 70-200 puesto, que eso impresiona. No por tratar de compensar nada. La camarera a la que me refiero (no dejo que nadie más me atienda) es una chiquilla monísima, dulce como el tiramisú, con septum y en el pelo negro recogido se le adivinan reflejos rojizos que le dan un toque alternativo, como soy punky pero no es para tanto. Total que no me invita. Le doy al vodka tónica que me cuesta 5 euros, no está mal, la cerveza vale 2, me parecen precios muy razonables.

 

Quedaban los dj’s, así que ya era hora de liarla. Empezó Benny Page que ya venía yo también escuchándolo en el Spoty. Salió con un negrazo de 2 metros que cantaba sobre las pistas que iba pinchando el tío Benny. En plan ragga-jungle. Era un coñazo. No respiraba y su voz era algo así como bababababáble. Digo bueno estará dos o tres canciones y se pirará. ¿Qué dices? Toda. La sesión. Qué manera de deslucirse. Y luego ya me resarcí con Gramophonedzie. Este sí nos hizo bailar hasta que se hizo de día. No recuerdo si metió mucho electro-swing pero es de estos dj’s que hace que no decaiga, que te va llevando, bajando y subiendo, haciendo la sesión larga y agradable. Pincha canciones con este sonido mítico de Mr. Oizo… Sabéis cuál os digo. Bueno, y no ligué. Nada. No sé. Pero me lo pasé genial. Y me fui contento a la playa.

 

Cometí la temeridad de acostarme en la arena pensando que el sol ya se encargaría de despertarme con un golpe de calor. Y, efectivamente, así fue. Eran las 9. Dormí 1 h y 45 minutos. Fue un cerrar y abrir de ojos. Me fui corriendo al primer bar que encontré. Me pedí un bocadillo, un zumo de naranja, una napolitana de chocolate, una porción de pizza y una botella de agua. Sin parar de explorarme la piel para tratar de evaluar los daños; te rascas, te aprietas como en un moratón, a ver cuánto te escuece. A mi lado se encontraba sentada una chica con rastas que llevaba a su niña pequeña en el carro. Os pareceré un salido pero ¡joder, es que era muy guapa!. Tenía una cara amable y serena, y me sonrió, yo creo que ahí había tema. Claro que seguramente habría un padre, un marido, una pareja, un alguien en algún sitio. Le dije algo sobre su hija y ella me habló de echarme vinagre en la piel (¿me lo quieres echar tú?). Pagué el frugal almuerzo de aquel bar-panadería y fui a por el coche. Como tengo apartamento a tan solo dos pueblos como comprenderéis prefiero ducharme en casa y dormir en mi cama. El problema vino cuando el coche no arrancaba. Por más que moviera la llave la batería parecía estar completamente descargada y el cuadro de mandos se volvía loco. Menos mal que venía preparado con mi colchoneta, que no supe hinchar porque además va con un motor que hay que cargar en el coche y como el coche ya tal, pues intenté dormir en el suelo de la tienda. Pero eso era Misión Imposible 6. Y no. No pude más que ponerme a charlar con mi vecino de los conciertos del día anterior, de las tías que había por allí, una pareja se ha puesto a follar entre las tiendas, la chica le practicaba una feliz felación y el tío se ha estado una hora para terminar, cuando lo ha hecho la gente ha aplaudido; pero sobretodo de hacerse petas como avionetas. Su récord son 10 boquillas, 4 papeles y 2 gramos de marihuana. Un figura. Como he dicho allí el ritmo no para; me fui a la carpa de circo donde más grupos seguían tocando, gente supongo que desea llegar algún día al escenario principal, más dj’s, lo que viene siendo una rave oficial. Cuando terminan ahí empiezan otra vez los conciertos en el recinto.