No escape from balkan (anticrónica del Iboga Summer Festival 2016) 2ª parte

lee aquí la primera parte

 

Así que estamos en el segundo día. Yo apenas he dormido. Me despejo tomando birra. Me como en el bar de enfrente, uno que está justo en la carretera a la entrada del festi, un bocadillo de tortilla. Café no puedo tomar que me sienta mal. A las 19:00 empiezan el trío Blow. Un batería y dos saxos. Muy molones. Disfrazados con máscaras a lo fantasma de la ópera. Uno de los saxos hacía de bajo y el otro cuando no estaba acompañando la melodía en el riff con el otro se marcaba unos solos del copón bendito. Una chica delgada y, sí, muy guapa, lo daba todo descalza, cerca de la torre de sonido. Otra chica más mayor, como la edad de mi madre, lo daba más aún en primera fila. Ellas dos solas. Cada una ocupando su lugar en el mundo, con los chacras perfectamente alineados, sintiendo como fluye la energía a través de su cuerpo. La de primera fila, con su bikini rosa debajo de un pareo también rosa, levantaba la cabeza al cielo, los ojos cerrados y entraba en trance sideral. A las 20:30 Tia Brazda. Con su estética a lo pin up. Música swing, jazz comercial y así. Lo que daría yo por ver a Amy. Toda la banda era del “terreno”. Excepto el batería creo, que es su novio, creo. O es el teclista. Uno es su pareja que vienen desde Canadá, el resto contratados aquí para el bolo. Estuve hablando con el trompeta un rato antes de que salieran y me lo contó. Muy majo el tío. Ella también lo parece. Después Äl Jawala. Estos sí tenía ganas de verlos. Y no me decepcionaron. Variedad de estilos. Cañeros. Cuando terminaron me metí en el backstage (paquestéis) y yendo como iba ya un poco bonico, me puse a hablar con el saxo alto, Estefi creo que se llamaba. Me invitó a una cerveza y me regalaron un cd –ahí había tema-. Estuvimos charlando relajadamente. Yo no decía mucho, hablaba sólo ella. Cuando no entendía su inglés me reía jajajá. Ella también se reía y su risa era gruesa, como: no, yo me río en serio, tú eres una niña. Qué injusta la vida, 12 músicos metidos en un contenedor y Goran uno para él solo ¡JAJAJÁ!. Esto lo entendí pensándolo más tarde. Efectivamente, ¿por qué es tan importante Goran Bregovic? Llevaba a tres señoras vestidas con trajes regionales. Debe ser como el faralae de allí de los Balcanes. Antes de él tocó Tape Five. El único grupo puramente de swing que recuerdo. No me gustó. Lo vi muy cabaretero. O quizá es que me gusta el swing sólo para un rato. Y Goran, su concierto, lo cierto es que llenó. No hubo en todo el festival tanta gente tan entregada. La peña se volvió loca. Y a mí me dio por levantar la muleta y saltar con una pierna. La música balcánica me estaba contagiando definitivamente su locura, me estaba devolviendo a la vida, después de sentirme viudo, acabado, finiquitado. Llevaba ya muchas horas sin pensar en ella, sin sentir dolor en la pierna o no recordarlo, o no prestarle atención, seguramente hasta estaba andando con la muleta por inercia, acompañando el movimiento pero sin casi apoyarme en ella. Vi a una mujer con un pañuelo rojo anudado en la cabeza que me llamaba. Me había visto entrar por el acceso al escenario y quería poder hablar con alguien en bosnio. Llevaba nosecuantos años viviendo en Barcelona. Y estaba llorando, de emoción supongo. Mientras le explicaba que yo era un mindundi volví a ver a la chica del pelo rosa. Le pillé una mirada furtiva. Seguramente no quería decir nada, pero quién sabe.

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foto Adolf Boluda

Cuando terminó el concierto, la polvareda que se había levantado dejaba el recinto como el escenario de una peli de Mad Max. Yo no tenía muchas ganas de ver a X-Fanekaes, así que me fui al coche, que no andaba pero seguían allí mis latas de cerveza. Me apreté un par, sendas Mahous, pasando de Steinburgs, Starks y toda la estirpe Baratheon. A la vuelta los de seguridad me registran la mochila, los bolsillos del pantalón, uno se pone un guante, me dice bájate los pantalones y agáchate, tose, ahora date la vuelta, abre la boca, abre más. Les explico que soy de The After Mag. Me miran como quien mira una pared. Finalmente me dejan entrar. X-Fanekaes ya estaban tocando. Me sorprendieron. Punk-folk cañero con una línea constante de violín que suena perfectamente compactado y virtuoso. Llegan a tocar también con acordeón, banjo, gaita. En fin, de todo. Repartieron cazalla al público para que bebiera a gallo. Y los que vinieron después no se quedaron cortos. Bohemian Betyars. Un violín aún más constante y virtuoso, aún cabía más locura, y aún la gente lo daba todo. Aproveché para meterme en el foso y sacar alguna instantánea. Como siempre estaba allí mi querida Natalie. Armado de alcohol, que no de valor, le saqué una foto. Me estaba mirando. Me acerqué. Oye, que si quieres la borro, pero sales muy guapa. Sonrió. Y me preguntó algo. Escribo en The After Mag, cuento todo lo que me pasa en los festivales. Me he enamorado de ti. Di dos pasos atrás y le eché otra foto. A ella no parecía molestarle mi predecible babosismo sísmico pero volvió a su embelesamiento con el cantante violinista de pelo rubio oxigenado y bigote moreno húngaro. Me salí y me puse en primera fila, cerca de ella. Hicieron varios bises. Cuando por fin acabó el concierto se acercó a mí. ¿Qué te parecen?. Le contesto que muy buenos, aunque realmente no les cogí el punto. Creo que han ido a todas las ediciones del Iboga. Ya van cuatro. Y yo creo que es el único festival de estas características en España. Oye, voy a ir al coche a tomar una cerveza, ¿te quieres venir?, le digo. ¿Y a que no sabéis qué? Dijo que sí. El coche lo tenía aparcado cerca de un lago lleno de patos. Nos sentamos allí, en el césped, cerveza en mano, hablando de cosas. Era ucraniana. Efectivamente, hablaba ocho idiomas y era cofundadora de una start-up que se había puesto en marcha hacía menos de un año. También era diseñadora y le gustaba tirarse en paracaídas. Ya no pude más y la besé. Estaba oscuro y los patos se nos acercaban a ver qué pasaba, por si estábamos cenando un bocadillo y les caía algo. Nos pusimos completamente en pelotas. La sensación del viento acariciándote la piel, la fresca hierba acolchándote la espalda y en las estrellas su cara. Me lo hizo despacio, y yo realmente no quería que terminara nunca. Se llamaba Karina. Le dije que me gustaba su pecho. Son muy pequeñas. Me encantan tus tatuajes. El de la pierna me lo hice cuando viajé al Tíbet. Y tu pelo. Es una peluca. Nos pusimos de lado y manejé yo hasta que llegó el temblor, y nos quedamos así abrazados, como dos enamorados que se quieren, quizá unos segundos que duraron lo que un sueño intenso de borrachera. Nos despertó la música lejana del último grupo. En ese momento les odié. Little BigVenga, vistámonos, dijo ella, dando por zanjado nuestro fugaz encuentro. De camino le confesé: creo que el balkan y las mujeres me habéis salvado la vida. Solo por verla reír mereció la pena soltar esa soplapollez. Me preguntó por mi pierna. Es por hacerme el interesante. Pero creo que ya no la necesito –la muleta-. Al llegar los de seguridad me retuvieron un rato. Por lo visto ella llevaba prisa. Nos vemos dentro, me dijo ya desde lejos, cruzando por el camino que comunica el camping con el recinto. ¡¿Pero es que no me reconocéis ya de tanto salir y entrar?! Cuando me soltaron; después aún pasé por dos controles más en los que me miraron la mochila (si no entrabas directo por el hueco del backstage tenía que ser así), con la cerveza no puedes entrar, esa pulsera no vale hoy, sí que vale, es de prensa; me dediqué a disfrutar del grupo este ruso que practican un hardcore ravero que es lo más. Son un tipo de los que juegan a la ruleta rusa en las bodas que ves en los videos de Youtube y una enana, o persona de talla baja, acompañados de un discjokey, un payaso y otra chica vestida de Eva Nasarre. Sus canciones son lo más, sus videoclips obras de arte, y cuando la noche empezó a dar paso a la mañana azul eléctrica, aquello me pareció un espectáculo de lo más conmovedor. Terminaron en seguida pero desde luego merece la pena verlos.

 

Llegados a este punto tocaba ver cómo me las iba a apañar para dormir. De camino a la tienda me encontré con mi vecino, con una cresta de medio metro, se había puesto guapo para los conciertos, creo que no me reconoció. Yo me fui al bar, me hice unas cazallas con dos fenómenos que estaban que no se encontraban; uno de ellos, el que aún era capaz de hablar algo, me contaba que trabajaba instalando placas solares, pero estaba en Suiza porque aquí no hay trabajo; y me fui a la playa. Estuve un rato paseando por la arena hasta que pasada una pequeña escollera encontré a varios grupos de gente que dormían. Me acerqué a uno en el que las chicas estaban en conejo, no sé por qué, ellos en bañador y hasta alguno con camiseta, y ellas con el terciopelo al aire. Ya que parecían estar algo cobijados del temible lorenzo por unas palmeras y según el trazado del sol no muy tarde un edificio aplacaría su terrible castigo, pensé que sería una buena idea tumbarme junto a ellos con cuidado de no despertar a ninguno.

 

Esta vez conseguí dormir más. Como tres horas. Cuando desperté estaba solo. Mis nuevos amigos debían ser los que estaban bañándose en el agua. Me desperecé. Eché un vistazo a sus cosas. Quizá podría cogerles tabaco. No, que no fumo. Volví al bar, me senté en la barra, pedí un destornillador (vodka con naranja). Me lo bebí, pedí otro, y como no tenía nada que hacer decidí volver a la playa. Justo al ir a pagar y hacer el ademán de coger mi mochila fuck! shit! damn it! No fucking way! Not today! Me había dejado la mochila. Salí corriendo de allí y con la tendera corriendo detrás de mí jurando cosas que no quiero recordar, me di cuenta de una cosa más: sí, estaba corriendo, tampoco llevaba la muleta. Corrí más, como probándome a mí mismo. Al llegar, el grupito no estaba, la mochila estaba, la muleta desaparecida. Bueno. Eran casi las 17:00. Me fui para el recinto. Al llegar a la entrada por la que entro siempre, por la que accedes al camping, lo hago despacio, mirando a los ojos a cada uno de los gorilas de seguridad. Me miran como pensando qué le pasa a este, pero parece que ninguno me para. Cuando ya les he sobrepasado, oigo que uno dice ¡eh, un momento!. Agacho la cabeza cerrando los ojos y bufando. Otro le dice: no, déjale, es de prensa. Vuelvo a levantar la cabeza, pero esta vez elevo el mentón un poco más de lo normal, echo los hombros hacia atrás y pienso: Síí, a veces la vida te sorprende. Me voy a mi tienda, veo que la han movido de sitio, está abierta incluso. Le pregunto al punky vecino amigo mío qué ha pasado. Obtengo un encogimiento de hombros como respuesta. Imagino que le habrán dado un buen uso. Como mi punkycompi no me da conversación me voy a la carpa un rato. Allí cómo no, están de fiesta. Está tocando un grupo. No recuerdo el nombre. Más acordeón y saxo y polvareda levantada por los pies que no paran de bailar. Cuando acaban estos, tocan en el escenario principal los ganadores del concurso de bandas, los Gypsy Ska Orquesta, venezolanos. Lo siento, no les presté atención. Después vendría el grupo Opmoc. Grupazo. Suenan a varios estilos al mismo tiempo. Reggae, jazz, ¿salsa? Dando con la mezcla en un resultado elegante, un grupo que deja buen sabor de boca. Me encanta cómo están programados los grupos, me encanta el festival. Odio la expresión me encanta, la veo de pija groupie cursi, hasta ese nivel estoy encantado con el Iboga. Con tanto saxo tenor y saxo alto y tuba, y acordeón y fliscornio y didgeridoo. En ese estado de bienestar, tras el “descanso” con la batucada llega la ¡cumbia! con Chico Trujillo. Y entonces pasamos a la euforia. Pasa por mi lado una conga y me cojo a la cadera de una chica y vamos con ese tren sin parada por entre la gente. Cuando se deshace, el grupo baila sin riendas, yendo de aquí para allá y vuelta. Se cogen y giran, se abrazan, son felices.

Al terminar el concierto me acerco a la batucada, a meterme dentro del ruido de tambores que te golpea en el centro y te arrastra con la marabunta. Estaba bailando con mis dos piernas en una ceremonia chamánica de América, golpeándome el pecho en una danza de guerra maorí, levantando mis pies en honor a los Orishas. En un momento de descanso, se me acerca alguien por detrás que me da dos golpecitos en el hombro, me giro y es una chica ¿rubia?. Me entrega un sobrecito negro sellado. Antes de que yo le diga nada me dice adiós y desaparece en la penumbra. Me lo guardo y me voy a ver al siguiente grupo. Kultur Shock. Empiezan con sonidos folclóricos que te transportan, cómo no, a la Europa del Este. Poco a poco se va endureciendo, meten guitarra, le meten caña y aquello se convierte en un concierto de puro metal. De todos los descubrimientos, me quedo con este. Recuerdo el sobre que una chica misteriosa me ha entregado hace un rato y decido abrirlo. Una curiosa acción de marketing pienso, porque no me ha dicho nada y en lugar de un flyer parece que dentro hay una hoja pergaminosa de tamaño A4. Lleva algo escrito a mano: Solo quería decirte que me pareces la persona más positiva del festival (y menos borracha, drogada lo cual valoro porque yo misma no bebo/fumo). Gracias por existir. * La caligrafía lleva toques artísticos como los que se utilizan cuando te haces un tatuaje de henna. Lo malo es que me resultaría imposible reconocer a esta chica pues estaba oscuro y a penas me fijé en ella. Pero este detalle excepcional e inocente me llena de ternura. Así que saco la botellita de tequila El Jimador que he conseguido colar (jodeos seguratas) y le pego un buen tute. A mi lado un chico está hablando con una chica que se despide de él diciéndole va nos vemos luego. Oye, sabes que no va a volver, ¿no? Asiente con la cabeza resignado y me parece muy bonico. Le ofrezco un poco de Jimador. Me lo acepta y el tío le da un trago que casi se la acaba. De hecho no dejó nada, pero yo le di un último falso trago cuando me la pasó, por vergüenza. Los que venían después era un mítico grupo de ska: los Bad Manners. El tío, el cantante, está gordo y mayor pero es un chiquillo encima del escenario. Saca la lengua a lo bajista de Kiss. Menudos cunnilingus. Estos también eran esperados, se notó en la audiencia y el concierto fue muy divertido. Tras ellos unos que fueron a Eurovisión, Koza Mostra. Nosotros llevamos a Edurne y Grecia lleva una banda de ska balcánico. Van vestidos con falda escocesa. En un momento del concierto sube toda una banda de batucada a tocar con ellos. Entonces subí al escenario por detrás desde donde pude ver a Karina, o quise creer que era ella porque ya no llevaba la peluca rosa; y al público enloquecido, las vistas eran impresionantes. ¿Qué sentirá un músico desde ahí arriba? Un buen chute de endorfinas, eso seguro.

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foto Adolf Boluda

Iban a cerrar La Trocamba Matanusca pero por un problema con el transporte que afectaba a los Chotokoeu los adelantaron. Me quedé ahí arriba para embeberme de esa sensación y hacer algunas fotos a los de Ontinyent. Balkan, gypsy y klezmer instrumental con sabor a este lado del mediterráneo. La energía no decayó ni un poco. Al terminar el concierto aún bajaron abajo a seguir tocando y lo de siempre, la gente loca. Como dice aquel poeta: puede que la vida no sea la fiesta que habíamos imaginado, pero ya que estamos aquí, bailemos. Vi un rato a Chotokoeu desde este lugar privilegiado, detrás del escenario en un lado. Conciertazo también. Energía pura. Sobretodo la cantante y violinista. Antes de que terminaran me bajé al paquestéis (backstage). Allí ya compadreé con La Trocamba. Que si una cervecita, que si café licor (cómo no). En un momento una morena heavy preciosa me está hablando de una tesis sobre… nosequé de la música “festiva” que se le oculta su vertiente reivindicativa y se margina o bien se fagocita por el mainstream para dejar de ser minoritaria y entonces pierde su sentido original… Iba ya con la niebla y no recuerdo pero fue una conversación interesante.

 

Había terminado ya el festi y estábamos con la euforia y sin ningunas ganas de irnos a casa. Conocí a un fotógrafo profesional que me decía que el año que viene será el oficial del festival. No paraba de enseñarme fotos pero yo lo que quería era que nos fuéramos a la carpa a bailar drum n’ bass y terminarnos los tokens. Por allí en una de las tiendas había un rasta tocando la guitarra sobre una melodía pregrabada y un grupito de gente bailaba ahí con él. Se pusieron también un par de chicas a hacer percusión: una con un jembé, la otra con dos vasos del festival. La tienda vendía lo típico: pantalones cagados, telas coloridas, elefantes con la trompa hacia arriba que mi madre dice que tienes que ponerlos mirando hacia la puerta para que den suerte. Gente haciendo malabares. Y un montón de gente que no se quiere ir a casa. Es domingo y la fiesta continúa hasta las 19:00 de la tarde, imagínate. Me voy con mi nuevo amigo el fotógrafo al bar este que en los tres días del festival hace la caja de todo agosto. Me pido un carajillo, qué coño, no sé ni dónde tengo la muleta. La tendera me saca la cuenta de la mañana que no había pagado y mi muleta, por lo visto era más por eso que salió detrás mía. Nos hacemos amigos en Facebook, el fotógrafo y yo. Tiene su perfil lleno de frases wonderfulianas en plan superar rupturas. Así que le pregunto. Se está separando, pero desde que va con grupos de gira no para de follar. Me cuenta sus anécdotas sexuales con tanta euforia que en seguida entiendo su decepción. Sé cómo se siente. Le cuento mi visión de las cosas: estamos la mayoría del tiempo intentando ser alguien que no somos, en lugar de buscar, de investigar, de descubrir; somos alguien que no somos desde que sonreímos por la calle cuando lo que sentimos son ganas de cagarnos en el felpudo del vecino; no tenemos ni idea, pero ni idea, de cómo serán las cosas, no te digo ya siquiera tener una noción acertada sobre quienes somos pues si te casas, si curras de esto o de lo otro, si alguien en algún momento hiere tus sentimientos profundamente, todo, te va configurando el Windows; pero se puede aprender de esta gente, podemos ser nómadas y arrastrar nuestros pies polvorientos a donde sea; no digo que tengamos que hacerlo, pero podemos entenderlo, aprehenderlo, llenarnos con ese espíritu y saber que siempre, somos y seremos libres. Ahora mismo podríamos salir y hacer autoestop, e ir no sé a dónde, a Praga. ¿Tu cuánto dinero tienes? Podemos hacerlo, no es más descabellado que lo que sea que estemos haciendo ahora, emborrachándonos. No lo vamos a hacer, y si lo hiciéramos ¿hasta dónde llegaríamos? Si una chica te toca con la mirada puedes acercarte a ella, de hecho deberías, y lo más seguro es que te rechace, pero entendamos esto, la razón no vale nada, hoy en el ABC salen un montón de vejestorios desagradables en la portada diciéndote lo que es España, ¡y una mierda! todo esto es un circo, no hay más verdad ni más patria que la diversidad, aquí todo el mundo se quiere, te puedes cagar en su madre y no te va a pasar nada, han donado 6000 euros en abonos para que vengan refugiados a pegársela, se abastecen de energía renovable, y escucha: a saber lo que habrán visto y vivido algunos músicos que han tocado, ¿sabes? Te hablo de la Guerra de los Balcanes. Mira no hay solo una forma correcta de hacer las cosas, así que olvida ahora todo lo que has querido y todo lo que crees saber, solo, te lo digo, solo existe lo que sentimos. Y ahora vámonos a bailar.

 

*todo lo contado aquí es mentira salvo alguna cosa, como esta anécdota, y la nota está transcrita tal cual.