Mommy: el amor no salva a nadie

Es tremendamente difícil de explicar cómo es el amor de una madre por su hijo; y el de un hijo por su madre. Cada relación, cada familia, es un mundo totalmente distinto. El amor es incontestable, muy poderoso, pero no siempre es suficiente para conseguir llevar la vida que a todos nos hubiera gustado.

En Mommy conocemos la historia de Steve y de su madre Diane. Él es un adolescente que acaban de echar de un internado, tiene problemas de hiperactividad y déficit de atención que engendran una violencia de lo más perversa; ella, una cuarentona sin estudios y viuda, pero con un espíritu de lucha y unas ganas de vivir que ya querríamos tener más de uno. Ambos, forman un equipo sólido einseparable. Por suerte para ellos conocen a Kyla, una vecina que es profesora de secundaria, aunque ahora está de año sabático y sufre un problema nervioso que le provoca un tartamudeo constante.

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Con una película que se presenta en un formato de imagen 1:1, Xavier Dolan nos transporta a un mundo muy personal (con tintes autobiográficos, tal vez) que cuenta como es la lucha de la esperanza contra el escepticismo de la sociedad, el intentar aferrarse al amor cuando este ya no es suficiente.

Ese formato de imagen que comentábamos tiene un uso narrativo fascinante, ya que te adentra en la obsesión de Steve. El agobio es total y te mantiene encerrado en esa relación de locura con la que conviven madre e hijo, que sólo con otro giro narrativo y visual podremos disfrutar al completo, en un modo de libertad y felicidad efímera.

No solo la imagen es interesante, también el ritmo, porque sufre los mismos altibajos que Steve. La película es muy intensa, no paras de sentir en ningún momento, te hace subir y bajar como los cambios de humor de nuestro protagonista. Siguiendo la estela de su primera película, Yo maté a mi madre, y bajo la más que posible influencia del movimiento cinematográfico Queer, Dolan vuelve a tratar una historia real que habla sobre lo diferente, pero que a la vez es tan cercana que solo puede abrumarte.

En Mommy, todo te atrapa. Empezando por la música, con una banda sonora que rompe moldes y que sí, amigos hipsters, ninguno podría soportar de lo mainstream que es. Eso sí, que no os puedan los prejuicios, porque puede ser discutible, pero es cojonuda. Igual que el vestuario, sobretodo el de Diane, sencillamente fantástico. El conjunto perfecto igual lo encontramos en una escena de Karaoke en la que Steve decide cantarle a Diane el Vivo Per Lei de Andrea Bocelli, impresionante. Todas las escenas musicales son especiales; como el propio Dolan dice, es con ellas cuando respira la película.

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Por desgracia, la solución no siempre se encuentra en la palabra, ni en los propósitos. A veces, incluso algo tan intangible como el amor madre-hijo, no basta para curar al enfermo. Así pues, todo nos dirige finalmente hacia el destripante preludio que, pese a coger elementos del cine más clásico para avisarnos y guiarnos, nos estaba llevando por camino muy personal y con un colofón propio de la imposibilidad posmodernista más absoluta.

Por momentos, da la sensación de que Mommy bebe de Truffaut y su Les 400 coups, con un personaje que de joven tuvo que parecerse por narices a Antoine Doinel, con esas carreras callejeras incluidas. Alguna vez fue él, en blanco y negro. Sin embargo, es curioso que este film compartiera el Premio del Jurado de Cannes 2014 con Adios al lenguaje de Jean-Luc Godard. En unas declaraciones de este último sobre Mommy pudimos comprobar como Xavier, pese a parecer influenciado por François, se acerca más a la arrogancia del otro maestro francés.

Tal vez pueda serlo, la verdad. No debe ser fácil trabajar con este tipo, pero es que a Xavier Dolan hay que tenerle envidia, y eso es así. Este canadiense de 25 años acaba de dirigir su quinta película, gana en Cannes y está preparando otra más con -pausa dramática-Jessica Chastain.. qué hijo de puta. En fin, esperaremos a que se estrene. Le vamos a seguir la pista, señor Dolan.