Voy a que me receten algo para la ansiedad

Es que mire doctora, si el ordenador me falla y lo apago y luego lo enciendo y ya no va, pues que quiere que le diga, me amarga el día, pero es que ya no puedo hacer nada, ni algo tan sencillo como fregar los platos. Y me dura, me dura un buen rato.

Voy a que me hagan un urocultivo

Es que mire doctora, yo no suelo decirle nada a nadie, no quiero discutir ni ofender ni malgastar energías insultando a toda esa gente, que… qué asco me dan. Me enfado, sí, me enfado mucho. Por las mañanas me despierto con los ojos llorosos y la mandíbula batiente de pura rabia.

Voy a que un señor me meta uno o dos dedos por el culo,
y los mueve una vez dentro. A mí me duele, me duele a rabiar, no quiero gritar así que aprieto la cara contra la pared. Después los saca, se quita los guantes haciendo chasquear la goma y me da un botecito para que vaya a mear -al baño, no delante de él-. He de mear en un bote, pero solo un chorrito, y luego me masturbo. Alguien quiere entrar y aporrea la puerta –lo siento, está ocupado-. Me zurro la sardina hasta que echo lo pertinente en otro botecito, y ya termino de mear el chorro que me he dejado sin mear en otro botecito. Lo meto todo en un sobre de papel y se los entrego, los botecitos, a una enfermera.

Es que mire doctora, yo creo que tengo un problema ahí abajo, alguna frustración sexual porque duro mucho, demasiado. Al final llego, pero estoy bombeando ahí dándole al asunto que aquello parece un asesinato. Tengo que embestir como una mula y al final hay sangre por todas partes, ya le digo, tengo que pensar en pollas, penes brillantes y duros, sin ser yo nada de eso, se lo juro, pollas erectas eyaculando, solo así consigo acabar.

Voy a que me operen de un riñón.
Me quitan unos quistes que tenía enquistados. Me despierto en medio de una niebla cerebral. Estoy sondado. Es decir, tengo un tubito metido por la uretra que me llega, parece ser, hasta el riñón. Viene un médico y le digo: no consigo mear. Me dice: entonces te tengo que cambiar la sonda. Le digo: no, no, ahora parece que ya… Me la saca de mis entrañas, noto cómo se desliza por la vía urinaria, como si una delgada serpiente blanca estuviera saliendo por la punta de mi polla. Noto cómo me hace mierda por dentro. Cuando trae el recambio doy gracias a que no lo resisto y me desmayo.

Es que mire doctora, necesito algo más fuerte, ¿no podría darme algo que me cure de verdad? No más antibiótico por favor, eso no me hace ningún bien, además, a mí me gusta tomarme un cafetito de vez en cuando, ya sabe, para despejarme; y unas cervezas cuando voy a recitar poesía, para atemperar los nervios y eso; y unas rayitas de cocaína en algún cumpleaños, no le voy a mentir, cuando me lo ofrecen, he de decir que sí porque si dijera que no me pueden tomar la palabra y ya no ofrecerme nunca más, ni siquiera es que vaya yo a pillar ni nada; un poco de mdma eso sí, si la ocasión se presenta, es decir, por experimentar, porque quiero vivir, sabe a qué me refiero. Quiero sentir las cosas de todas las maneras posibles, intensamente. Así que por favor, no me recete más drogas, mejor algo como la piedra filosofal, la ambrosía, la Biblia, no sé, recéteme algo como deje a su novia o dedíquese a partir de ahora a viajar por el mundo, cómprese usted un perro y quiéralo mucho. ¿No se trata al fin y al cabo de eso?

Voy a una china a que me pinche agujas
por la pelvis, los costados, las pantorrillas, en el cuero cabelludo. Primero me ha tomado el pulso en las dos muñecas a la vez, con las dos manos, así extendidos mis brazos y los de ella, como si estuviéramos rezando, o bendiciendo, yo he cerrado los ojos, entonces me ha dicho que le sacara la lengua. En seguida ha advertido que lo que me pasa es que tengo flojos los riñones y el hígado, demasiado flojos para ser tan joven. Así que me tumbo semidesnudo sobre la camilla, me pincha las agujas, apaga la luz, me pone una finísima manta térmica de emergencias y se marcha, dejándome ahí, con el ruido de coches pitando en los semáforos, como un herido, como el superviviente de un atentado. Me dice que me compre unas gotas llamadas rompepiedras que no venden en ninguna farmacia porque allí no saben que existen.

Es que mire doctora, estoy pensando en hacerme vegano. Eso de momento, pero lo que realmente me llama la atención es hacer ayuno. ¿Ha oído hablar? Hay retiros a los que vas por solo 500 euros, aquí en España, y bueno, consiste en no comer, así eliminas las toxinas. Puedes estar 10 días sin problemas. Y eso es sólo el primer nivel porque luego hay gente que llega a un nivel tan elevado de conciencia que vive de la luz. Sí, sí, se alimentan del aire, respiracionismo creo que se llama, nada más necesitan que respirar, pero siendo conscientes, no respirando ahí a lo bobo, y no comen nada en absoluto, porque tienen muy entrenado el prana, que no sé muy bien lo que es, pero esos, esos, no se ponen ya nunca más enfermos.

Voy a Cuenca a un retiro de sanación espiritual
donde nos ponemos en círculo y un instructor nos da de beber un brebaje amargo, cantamos canciones de los Boy Scouts y me dan un cubo que es como una escupidera gigante de bronce a la que acabaré abrazado gimoteando entre alucinaciones luminosas, convulsiones y vomiteras.

Es que mire doctora, yo lo que realmente quiero es ser artista, a mí me gusta dibujar, odio trabajar en Correos, es el trabajo más gris y aburrido del mundo. Soy adicto al Little Thai, ceno allí casi todas las noches, bueno, no allí, vivo al lado y me lo cojo para llevar, por 7 euros tienes un manjar delicioso, un amigo me dijo que el Pad Thai de allí es incluso más rico que uno que te puedan servir en Tailandia, y me lo subo a casa y me pongo algo de Netflix o la HBO. Ceno así todas las noches. Seguro que es eso. O por beber agua embotellada que he leído que te va envenenando poco a poco, sorbito a sorbo. O el flúor, que es malísimo para el cerebro. Son tantas cosas doctora. ¿No podría recetarme algo homeopático? Unas bolitas de esas que llevan cafeína diluida. Porque, no se enfade, pero le robo Lexatin a mi madre, me ayuda a dormir, me lo tomo antes de cenar y me deja muy a gusto. Es que sino a veces me dan taquicardias, se me pone rojo el cuello, la cabeza me zumba como si funcionara accionada por un hámster de esos que corren dentro de una ruedecita. ¿Sabe lo que le digo? Y me tomo la pastillita y me como mi Pad Thai y miro dos capítulos de Westworld o de Easy, ¿las ha visto? y eso me tranquiliza. Pero quiero cambiar. Quiero hacer las cosas de otra manera. Quiero ser mejor persona. Y he leído que esas bolitas llevan el principio activo de la cafeína, ¡qué locura ¿no?! Y cuanto más diluido está, de millonésima en millonésima parte, más potente es el efecto. Así que yo quiero eso. Diluirme. Porque el agua tiene memoria. Somos agua. ¿Me está escuchando? Porque fui a una china y apuntaba cosas en una moleskine a mano en lugar de aporrear teclas en un ordenador que aparentemente no funciona, y me miraba a los ojos. Lo que le decía es que las moléculas de agua se transforman y son feas si nuestros pensamientos son negativos y son preciosas si nuestros pensamientos son de amor. ¿Sabe? El agua es suave y es… fundamental para la vida. Yo bebo dos botellas de Bezoya al día, no se crea. Pero…quiero, eso, cambiar de hábitos, dejar de fumar, quizás solo marihuana, por las noches en lugar del Lexatin. Dejar de comer Risketos. Es que me pirran. Si a algo soy adicto es a esos malditos chismes naranja. Y emborracharme solo una vez a la semana. Si es ninguna mejor, ya lo sé.

Voy al hospital
porque tengo una fiebre muy alta que no baja. Me sacan sangre, me hacen radiografías. Estoy tumbado en una camilla de hospital encajada en medio de una gran sala con muchísimas más camas de hospital con enfermos tumbados. Pienso en mi madre. Pienso en una cobaya que tuve que se llamaba Ximo. Vivía la pobre atemorizada. Una vez la bajé al jardín para que no fuera todo lo que viera en su vida el pasillo de mi casa. Fue una mala idea. Se me escurrió de entre las manos y salió corriendo como nunca la había visto. Pero conseguí atraparla. Ya no volví a bajarla más. Con el tiempo ni siquiera la sacaba de la jaula. Creció tanto que casi cabía encajada y a penas se movía. Se le ladeó tristemente la cabecita y dejó de pedir comida con ese sonido: ¡Cui! ¡¡Cuiii!! Estuvo así mucho tiempo hasta que dejó de estar del todo. Pienso en esa adorable cobaya de pelo lacio dorado mientras estoy aquí tumbado en medio de la sala pública enferma sin orden a que alguien me diga que me ingresan. Pienso en aquella vez que bailé con Paula. Nos cogíamos de las manos, teníamos catorce años, yo esperé a que saliera del baño y entonces la besé. La besé en los labios. La tenía contra la pared, ella me metía la lengua dentro de la boca y yo apretaba con fruición mi pelvis algo mojada contra la suya. Lo estuve pensando un largo rato mientras ella inspeccionaba mis cavidades bucales, mientras yo agarraba su cadera notando el confortable tacto de la pana, reuniendo el valor para salir a tomar aire, hundir mi nariz en aquel sedoso, lacio pelo negro; acercar mi aliento a su oído. Lo que quería decirle es que fuera mi novia. Por lo que fuera las palabras que me salieron no fueron exactamente esas: TE QUIERO.