Me gusta tu novia

MeGustaTuNovia

Ojalá se lo hubiera dicho aquella noche. Así, a pelo, soy el amante de tu novia. Bueno no, algo menos brusco. Eh tú, que me gusta tu novia.

Nos sentamos en una cafetería cercana a la discoteca, él y yo, los dos frente a frente. Desde una mesa pegada a la cristalera veía cómo, mientras llovía, el mundo despertaba y yo me ahogaba en mi propia pesadilla, pensando en la manera en que se había liado la noche. De pronto, él.

– ¿Y cómo es que habéis acabado los dos solos dentro de Play?

– No, sí también estaba Alba con unos amigos.

– Sí, pero que casualidad, ¿no?

– Ya, no sé…

Uff… no imagináis lo incómodo que fue. Sabía que no estaba bien lo que hacíamos, que jamás debí permitirlo. No sé, como dice el personaje de Dalia, la rubia loca en What If, “yo no elijo cuándo me voy a enamorar de alguien”. Eso me había pasado con Raquel. Más o menos, tampoco estaba tan loco por ella ni nada por el estilo, a ver qué os pensáis. Eso sí, de un día para otro, ya no podía dejar de pensar en ella y me daba totalmente igual que tuviera novio.

Esa noche nos habíamos escrito antes de salir. A pesar de la intensa lluvia, los dos intentamos mover a nuestros amigos al mismo sitio. Ninguno sabía nada, todos lo sabían todo. Una vez dentro, volvimos a ser nosotros. Pasamos la noche yendo de barra a barra, bailando entre las luces y sombras de la gente, soñando con atravesar una puerta que nos sacara de allí, cual ministerio del tiempo.

Yo no quería ocultarlo más. Llevábamos quedando más de tres meses y ya habíamos llegado a “ese” límite. No valía con quedar, no valía con follar, estábamos teniendo una relación a tres bandas. Obviamente, su novio no sabía nada y, pese a que yo era feliz estando con ella, no podía más con esta situación. No era justo (o sí), pero esa noche se lo volví a pedir, en la barra.

– Es hora de que apuestes por mí.

– Yo no soy tan valiente.

Y de repente apareció él, plantándole tal beso en la boca a Raquel que todavía retumba en mis ojos. Si el cabrón quería marcar territorio, lo consiguió y de sobra. Pero bueno, al menos tuvimos “suerte”, porque justo acababa de volver Alba y evitamos una palizapillada histórica. Yo seguía mirando la escena, tan masoca como siempre, hasta que un colega apareció en la barra para salvarme el culo. Desaparecimos un rato y, cuando volví, ya “me” había robado el sitio y estaba brindando con “mi” copa. ¿A quién quiero engañar? Ese momento nunca me había pertenecido…

La gente se fue rajando y tan solo nos quedamos los cuatro, dos disfrutando y los otros mirándonos las caras, haciendo como que bailábamos. Salimos con hambre de la discoteca y hablamos de ir a desayunar, aunque a Alba no le apetecía y Raquel decidió acompañarla a coger un taxi. Nos dijo que fuéramos yendo -quería hablar con ella, me contaría después-. Él sabía que éramos amigos y yo estaba convencido de que no sospechaba nada, así que, ¿por qué no seguir torturándome yendo a desayunar los tres juntos?

Seguramente ella le contaba a Alba lo que yo le había pedido antes, o lo que le había dicho aquel día en la playa, “Llama a tu novio, es hora de que habléis, dale tus razones, dile que no es su culpa, pero que acabas de conocer a alguien”

Raquel entró por la puerta y nos miró a los dos. Parecía algo confusa, aunque no dudó con el sitio para sentarse. La escena de la discoteca se repetía y yo no podía parar de pensar en lo que había sucedido unos minutos antes. Fui a pasarme el café al vaso de hielo, cuando él me suelta:

– Cuidadito…

No pude contestar, solo mirarle.

Con los tres sentados y servidos, él se levantó para ir al baño, sabiéndose dueño y señor de la situación. En ese momento, Raquel y yo nos miramos, aunque no de la misma forma. Le pregunté:

– ¿Qué pasa?

– Creo esto no ha sido una buena idea…

– Ya… pero yo prefiero quedarme aquí contigo.

– ¿Y qué hago, le digo a él que se vaya a casa?

(Silencio)

– Prefieres que me vaya yo… ¿y hablamos luego?

– Sí, no sé, te digo… ¿vale?

Cuando me terminé el café les dije que me iba, que estaba cansado. Ella me miró, casi como al principio de la noche, pero no se vino conmigo, no se levantó de su lado. Cabizbajo, miraba la cristalera desde el otro lado del paso de cebra y veía cómo, mientras yo me chopaba, ellos dos seguían desayunando. Un día más había ganado él, yo era el que sobraba y otra vez triunfaban “los malos”.

Pese a todo, salí de allí pensándolo: ella tenía que ser de las buenas.