Marcha atrás y primera

Me dijo “yo voy delante y tú me sigues”. Y me subí al coche, sonriendo cada vez que me daba cuenta de que era su matrícula la que llevaba delante, de que me estaba dejando llevar por ella. Otra vez. Haciendo el cafre por la carretera, adelantándonos, burlándonos de la otra a través de las ventanillas, subiendo el volumen de la radio en los semáforos, viendo amanecer con cara de sueño a través de la luna delantera. Entonces, nos paramos en una rotonda, con los coches paralelos. Ella un metro por delante, yo un metro por detrás. Sonreí y metí primera, para ponerme a su altura. En ese momento, mientras mi coche avanzaba, el suyo se movió hacia atrás. Cuando frenamos, el eje de las ventanillas se alineó y nos miramos. Ella sonrió: “mira que somos pavas, hemos hecho las dos lo mismo”. A mí, con el corazón en un puño, se me acumularon tres pensamientos en la cabeza: – Joder, estás preciosa. – No te has dado cuenta, pero acabamos de buscarnos a la vez. – Mi felicidad te echa muchísimo de menos. Casi más que yo.

Y ya está. El semáforo se puso en verde, aceleró y seguí conduciendo a rastras de la estela de su tubo de escape. Bajé la música y la seguí hasta su puerta sin decir una palabra. Todo lo que pensaba era que, a lo mejor, hay que retroceder un poco entre tanto ímpetu por avanzar. Dar dos pasos atrás para poder encontrarte otra vez con la mejor versión de ti misma. Y la mejor versión de mí, es ella. Así que ya sabéis, no hay más. Cuando notéis que os habéis dejado algo imprescindible por el camino, que no cunda el pánico: marcha atrás… y luego primera.