Lunes, 28 de agosto.

El despertador sonó a las seis en punto de la mañana. Era mi primer día de trabajo después de las vacaciones de verano, y ni siquiera conseguí dormir más de dos horas seguidas la noche anterior.

Pero no creáis que me levanté tan pronto para abrir la oficina, o que no descansé lo más mínimo porque me vine arriba con la rentrée.

El lunes tuve una cita mañanera con Cersei, Jon y una tal Dany. Bueno, y con cuatro inconscientes más (casualmente, mis compañeros de curro). Incluso una quinta en discordia, amiga y ex compañera de trabajo a partes iguales, pidió un día de vacaciones en su actual trabajo para compartir el Capítulo Supremo con nosotros. En la mismísima oficina. A las seis y media de la mañana.

¿Es coña, verdad?.–Pregunta una amiga cuando se lo cuento– Buscabas un inicio guay para tu artículo y te lo acabas de inventar.

Pues mira, no.

Entonces estáis como una puta cabra.

Pues mira, puede.

O no, según se mire, porque la gran mayoría de los que estáis leyendo este texto -incluso tú, que vives al límite y todavía no te has puesto al día con Juego de Tronos– os sentiréis identificados con lo que cuento.

Lo de Juego de Tronos no es ni medio normal. Y no; no me voy a poner a analizar los (des)aciertos de la temporada o a soltar spoilers a diestro y siniestro -para ello ya tenéis tropecientos artículos en Internet-. Algo gordo ha debido ocurrir en HBO para parir un producto de semejante calibre. O estás enganchado hasta las trancas de Juego de Tronos, o estás tan hasta las narices del exceso de hype que pasas de empezarla. O la amas o la aborreces. De verdad, no hay término medio.

Y eso es un jodido triunfo.

Pero este no es el único triunfo de Juego de Tronos; lo verdaderamente acojonante es que ha conseguido unir a todo aquel que la ve. Los que nunca han seguido una serie de TV, se sorprenden a sí mismos analizando el arco de transformación del personaje de Sansa Stark; mientras que los culturetas que desprecian las “series hechas para las masas” -es decir, aquellas que no llevan el apellido Soprano– son los primeros que lanzan teorías conspirativas sobre Jon Snow a la hora del café.

Juego de Tronos recuerda, y mucho, a lo ocurrido con Perdidos allá por 2010. Que sí, que podrá gustarte más o menos su final -por favor, Benioff y Weiss, no os marquéis un Lindelof en el 6×08 de GoT- pero ambas series han provocado tal estado de histeria colectiva y locura generalizada, que resulta complicado no flipar con nuestra escala de prioridades.

Aunque la séptima no ha sido mi temporada favorita de Juego de Tronos, sí es una de las que más he disfrutado. Probablemente por haber hecho convoy con una panda de descerebrados monotemáticos como yo, o por esa tensión tan innecesaria -a la par que divertida- que me invadía al entrar un martes en la oficina sin haber visto el capítulo del lunes.

En cualquier caso, la penúltima temporada de GoT ha llegado a su fin -por si todavía no os habíais enterado- y es probable que tengamos que esperar un par de años para la traca final. Nada que no podamos soportar.

En fin, que vuelvo a mi cueva.

A llorar, y tal.

 

texto de Irene Benlloch