Suave caricia de una brisa ligeramente de levante, la cálida arena almohadillando mi próstata, confortable mecedora de sal rugiendo acompasada en el horizonte, el infinito en la nada. En la nada. Mis pensamientos infinitos, vuelan rasos hacia la linea horizontal que degrada los azules, donde aguardan todos mis deseos. Mis deseos. Pero ¿cuales? ¿Qué es lo que realmente quiero? Lo que realmente, de verdad, quiero. I wanna há… Sí. ¿No echarla de menos? ¿Quiero acariciar a la chica morena de dientes blancos que reparte flyers a los bañistas? Sin duda. ¿Quiero que el sol me derrita este medio lado de la cara? Escucho mi respiración como un torrente o como un arroyo que fluye hasta el mar, al inhalar despejo las nubes, se llenan mis compartimentos vacíos. No debería compartir mis pensamientos. Son absurdos. Denigrantes. Aguanto mi pecho hinchado por el oxígeno, y la cabeza también hinchada. Puedo exhalar de forma pausada y controlada todo el ser, todo a la vez, progresivamente, la fútil trascendencia de mis emociones, emanadas al mar; vomito el ansia, eyaculo mi vida. Al inspirar se desinfla el globo rojo, al espirar se hincha. Dios mío la chica de los flyers. Y ahora creo que me estoy excitando. Piensa en monjas. Monjas. Las monjas… Las monjas deciden enclaustrarse una vez y para siempre, escupir bondad sobre una campana de oro, para que el mundo entero vibre en la sola nota perfecta de la creación, para que el mundo entero vuelva a colocarse en su lugar, que el mundo vuelva a estar entero. El mundo es eterno. Y yo no. Calmar el llanto del mundo desde detrás de una fortaleza de piedra impregnada de incienso. Mi barriga está inflamada, llena de aire, me concentro en el diafragma, sube y baja, sube y baja, expande estrecha, una pequeña llama titila levemente y alumbra la cera de la vela que corona en medio de una profunda oscuridad, por más que el rugir de las olas, que son todas iguales, entran y salen de mi barriga. ¿Qué estoy haciendo? El rumor vago del mundanal ruido se percibe en la superficie sin perturbarme lo más mínimo, hinchado como un pez globo estoy. No pienses. No pienses. En nada. La nada. Porque si todo es fluir, si todo es un orden caótico que se materializa espontáneamente y que alcanza un sentido u otro a partir de la improvisación, y la experiencia particular no es más que la decodificación tras el tamiz de la sensibilidad; con nuestros prejuicios, miedos y resistencias, todo aprendizaje, y entrenamiento y ensayo, resulta mediante la acción en algo completamente inesperado, o quizá en algo completamente esperado y de ahí la frustración, tocamos las notas que nos han enseñado y queremos que sea sublime, como una jam de jazz, pero no, el resultado es decepción, estómago hinchado, próstata inflamada, picor de cuero cabelludo, irritación cutánea, ojos llorosos, ojeras, cansancio, alopecia, y entonces te vas a la playa y te sientas como un gilipollas, porque así es como me siento, porque eso es lo que en realidad soy. Respira. Inspira, exhala. In, Out. Trabaja y descansa. Vive y muere. Respira. Respira. RESPIRA ¡COÑO! Olvida tus recuerdos y empieza de cero. Olvídate de ella. Olvida. Olvida su mal aliento por la mañana, olvida sus arrebatos, su mirada perlada, su coño peludo y sus pezones rosados. Ni un pensamiento más dedicado a ella. Enciérrala en una pantalla de cine y márchate de la sala. Y ¡respira! Como si tuviera que aprender a hacerlo, cuando lo que tengo es hambre, y podría volverme a casa, ir hasta la cocina, comerme una empanada, y hacer cualquier cosa, sentarme en el sofá, encender la tele, jugar a la play, pero no tengo consola. En fin. O eso o me quedo aquí sin abrir los ojos, para siempre, hasta morirme de hambre. Hasta alcanzar el Nirvana. Esperar a que todo acabe. Hasta conseguir ser nada.