Magical Girl y La Niña de Fuego

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“¿Si pudieras elegir un poder mágico, cual elegirías?” Muy difícil contestar, la verdad, aunque supongo que podría decantarme por poder acercarnos peligrosamente a la racionalidad y alejarnos de nuestros instintos más animales, de esos que nos obsesionan y que no podemos controlar.

Una ciudad, Madrid; desesperada, profunda, cercana, dura, triste, torera, cruel, parada, cañí, enferma… Así, muy nuestra, es donde se enmarca la Magical Girl de Carlos Vermut, un auténtico puzle que intenta desordenar tres historias que no han nacido para cruzarse, que van a bucear en lo más profundo del ser humano para intentar agarrarse a la vida.

Es una enfermedad, como la de esta ciudad -y España en particular-, la que hace arrancar la película. Lucía, una niña de 12 años con leucemia, escribe varios deseos en su diario. Uno es llegar a los 13 años, demoledor. Otro, un vestido de Yukiko, su personaje favorito de una serie manga.

Para Luis, su padre, un profesor de literatura en paro que empeña libros de Cela, conseguir el vestido supondrá esa obsesión totalmente irracional, animal. Antes, y también con 12 años, conocemos a Bárbara, aunque nos olvidaremos de ella por unos años. Pero las piezas se mueven y descubrimos a Damián, profesor de matemáticas jubilado. Volveremos a él, por ella, aunque no deberíamos. El puzle estaba casi terminado.

Al igual que la película, es imposible escribir de forma lineal, ni racional. Magical girl es demoledora, silenciosa, intensa, perturbadora. Tiene una mirada obsesiva que te aferra y te revuelve en la butaca, que te obliga a buscar y alejarte de manos más nerviosas que las tuyas.

He disfrutado mucho, muchísimo, con todos los personajes y sus historias, con su humor negro. Me encantaría destacar y comentar los “momentazos” que tiene, pero antes quiero que la vea todo el mundo, sin chantajes. Pero, por hablar de algunos, me quedaría con el momento de Damián vistiéndose, preparándose para su “calculado” colofón; con el monólogo sobre la tauromaquia de Oliver Zoco, un personaje tan efímero como magnético; con Alicia, el vestido puesto, y la música japonesa; y con la Constitución, el mejor lugar para esconder un pecado, nadie lo va a tocar. Metafóricamente político, perfecto.

Y es que la política no puede escapar de Magical Girl, porque estamos viendo un reflejo de la vida y de la miseria que nos rodea, de una felicidad inoperante. En todo ese mundo coexiste gente que, mientras intenta sobrevivir, tiene que lidiar con los dramas más trágicos que regala el capitalismo. Eso sí, con Manolo Caracol y su niña,  todo suena mejor. Porque es ella, la mujer, quien está en el centro de la historia. Porque sin que ella viva, nosotros no podríamos seguir. Él nos lo canta: “La niña de fuego, te llama la gente, y te están dejando, que mueras de sed. Mujer que llora y padece, te ofrezco la salvación”.

Otro deseo que podrían concedernos es el de no volver al pasado, a lo pendiente, a lo que nos tiene atribulado. Nuestro Pitágoras lo hará, girando por las diferentes historias de esta película, demostrando que matemáticas y literatura no pueden estar juntas. Porque una no entiende de sentimientos ni pasiones, aunque vive de ellos.

Como el mejor relato shakesperiano, y el mejor cine de Haneke, conocedor de Buñuel, y también de Saura, así es Magical Girl, una de las películas que más me han afectado antes, durante y después de salir de la sala. Un día después de verla, sigo reflexionando sobre ella. Ah, y un aviso, cuando salgáis del cine, nos os volváis a casa solos, en un metro casi vacío y por la noche. Yo, sigo vapuleado.