Los exiliados románticos

El romanticismo es una versión más del egoísmo humano. 

Esta es la reflexión más sencilla que podríamos sacar de ‘Los Exiliados Románticos’. O tal vez no, igual solo es la conclusión sacada por la reacción momentánea y nacida en la oscuridad de una sala de cine, viviendo una aventura sin palomitas y con la cual no empatizaba… ‘como debería’.

¿Hay que huir para enamorarse? Bueno, yo lo hice aquella tarde, pero por la voz de Miren Iza repitiendo (una y otra vez, igual que en este texto) su oda a una de mis palabras preferidas del mundo: ‘efímero’.

LosExiliadosRomanticos

El amor efímero verdadero en la juventud se encuentra en un momento tan negro como nuestro futuro como sociedad. La vida se mide en tablas y el ‘arroz se le pasa’ a todo el mundo. Los hombres y mujeres en estado de soltería aumentan peligrosamente por la desgraciada gráfica mientras observan cómo se escapan los mejores trenes. ¿Los mejores? Es muy recurrente, sobre todo en las películas escritas por guionistas masculinos, ver cómo la mujer simboliza el objeto catalizador, el elemento ‘revividor’ del hombre, ese sueño casi irreal que persigue con fuerza para dar la vuelta a su patética vida amorosa.

“Me conformaré con ver la vida pasar.

Nada de esto será trascendental.”

El verano. Ay sí, el verano. No hay mejor estación para encontrar el amor que el verano, ese momento del año en el cual puedes vivir una aventura onírica que jamás podrás olvidar. Porque luego viene la distancia. O al menos eso sucede en la película (tan lenta y tediosa como sus 876473646 citas literarias que nadie entendía), donde “tres amigos emprenden un viaje sin motivo aparente para quemar las últimas naves de la juventud”. Francesco, Luis y Vito son los protagonistas de una cinta que habla de “la decadencia del género masculino”, vital y amoroso, una cinta que embarca a tres colegas en un viaje por Europa para ‘gastar sus últimas balas’ con tres mujeres.

“No me importa si eres listo o idiota, te voy a querer igual.”

Amores reencontrados (Francesco y Renata), efímeros (Luis e Isabelle) o fracasados (Vito y Vahina), de esto trata el viaje de ‘Los Exiliados Románticos’. Dios, la mejor es la del amor fracasado, me quedo con esa sin duda. Y no la elijo sólo por la interpretación de Vito Sanz, fantástico en los Jardines de Luxemburgo intentando convencer con un torpe francés a su ‘rollete de verano’ que lo mejor es vivir juntos aunque se hayan liado cuatro veces y follado dos (una mal, fijo). Me quedo con esta historia porque es la que realmente va notando, con el paso de los minutos, esa ausencia real de lo idílico y lo efímero, la que mejor acepta su situación en el planeta: si algo no funciona, ¿para qué forzarlo? ¿O lo forzamos? De todas formas, no es que las otras parejas no vivan el romanticismo a su manera. De hecho lo hacen: una pareja es víctima de los clichés de la sociedad aceptando su futuro y la otra sufre el síndrome de ‘Los Amantes del Puente’que tanto repite Tulsa en sus canciones.

“Sé que no debo sucumbir

a esta manía mía de repetir

a esta manía mía de repetir

lo que está probado que no me hace feliz.”

A pesar todo, Jonás Trueba y su película “dirigida sobre la marcha”, tan sólo mide el romanticismo de un lado. Para él, escogido libremente como creador, las tres mujeres se encuentran en un estado de madurez extrema y tienen el control de la situación en todo momento, son tres personas decididas respecto a los ‘hombres perdidos’ de la película. Por lo menos, el director admite su visión extremadamente masculina con una divertida escena final. Con las excepcionales vistas del lago y las montañas de Annecy, Isabelle y Renata debaten sobre el ‘Test de Bechdel’ que determina si una película es machista o no.

El filme, situado con lógica en la juventud, es adaptable a muchos momentos de la vida. Porque todo depende del momento, de la persona, de la situación. Porque ‘Los Exiliados Románticos’ vale para disertar sobre el romanticismo, pero realmente muestra una búsqueda del amor como forma de aferrarse a sí mismo, como una manera de creer en la otra persona y verla como un sueño que nunca fue. Como una última oportunidad, que nunca es cierta. Porque este romanticismo del Siglo XXI, tan solo es un apartado más del egoísmo humano.

“Podría pasarme la vida lamiéndome las heridas y aún no cicatrizarían.

Mejor me levanto y salgo de este estéril letargo.

Y vuelvo a empezar a empezar a creer que hay alguna opción de ganar.”