Hace unos meses, en concreto seis, llegó a mi vida mi perro. Y desde entonces las palabras más pronunciadas han sido: “Haiku, no” y “¿Dónde está la otra zapatilla?”. Los que hemos tenido mascotas, sabemos lo mucho que se les llega a querer. Casi se podría decir que es como un hijo o al menos así defino yo a Haiku, como mi perrihijo.

Eso sí, su llegada fue todo un acontecimiento y alegría, pero también tuvimos que estudiar y visualizar documentales, además de los sabios consejos del veterinario: “No lo humanicéis, ni dejéis subir al sofá”. Pocos meses después y sin hacer caso al veterinario puedo confirmar que el sofá es zona cero.

Una cosa que hay en casa y ha entusiasmado a Haiku ha sido la música. Somos músicos del conservatorio y músicos de esos que estudian mucho en casa y al que les gusta muchos tipos de música. Ya sabéis, como diría Mariano Rajoy : “En España hay mucha música y muchos músicos que escuchan música”. Aunque la música clásica, contemporánea o jazz están sufriendo una crisis en esta catarsis cultureta, nosotros no nos rendimos y siempre que hay la posibilidad de ir a un concierto pues allí que vamos.

Resulta que el año pasado ya nos hicimos eco por la prensa de que Jesús Salvador (Chapi) había compuesto música para perros titulada “Fantasía Canina” y que un grupo de músicos iban a dar un concierto para perros con esa música que tenía unas frecuencias adaptadas para ellos pero que también nosotros podíamos disfrutar. En ese momento no teníamos a Haiku en nuestra vida y nos lo perdimos.

De manera fortuita hace poco nos enteramos que repetían el concierto de “Fantasía Canina” en los Jardines del Palau de la Música en Valencia, y allí que fuimos.

Los domingos son los domingos, pero con la ola de calor era más insoportable todo. Así que el concierto para perros era una ocasión ideal para que el domingo fuese mejor. Después de una comilona familiar y con algunos kilos de más, preparé la mochila de Haiku: el pasaporte europeo, sus cartillas y documentación, bebedero, premios, algún juguete, recambio de bolsitas para las caquitas, botella de agua y toallitas húmedas. Todo listo y preparado para salir con mi perrihijo.

Haiku

Llegamos a los Jardines del Palau de la Música. Los que niegan el cambio climático no tienen glándulas sudoríparas. Haiku está contento o eso dice su cola moviéndose de un lado a otro. Vemos el escenario bien montado, sillas para nosotros e incluso bebederos con agua para los perros, el recinto bien vallado, una mesa dónde venden entradas a 3€ por persona y 4€ con perro. Se nos acerca una señora que fortuitamente nos ve allí y nos regala una de las entradas porque la persona a la que ella estaba esperando no llega. Le damos las gracias. Es como si nos hubiese tocado la lotería.

Hacemos una pequeña cola para entrar, son las 19:15 pero el sol todavía pega con fuerza. Al llegar a la entrada, dos policías nacionales nos piden la documentación del perro y además le pasan el detector para ver su número de chip. Todo correcto, pasamos el control, Haiku tiene sus papeles en regla. Me siento en una película americana.

Decidimos sentarnos en la parte izquierda, el sol todavía está pegando fuerte pero un voluntario nos dice que pronto irá cayendo y que allí hará sombra. Haiku como buen explorador está disfrutando: saca la lengua, bebe, ladra al perro de al lado, se intenta subir en mi regazo, intenta comerse una cosa del suelo que no llego a identificar. Decido rociarlo con agua para que esté fresquito, de paso nos hidratamos también nosotros. La vida, qué maravillosa la vida, joder, me estoy muriendo de calor. Miro a mi alrededor. Hay poco público. Pienso en las discotecas y se me retuerce el estómago. ¿Dónde se han metido los putos hipsters con perro? Ya nadie va a conciertos de música clásica o contemporánea ni por supuesto a recitales de poesía. Aunque sea solo por postureo, ya ni eso.

Salen los músicos al escenario. Un piano de cola, una cantante con la cara pintada de perrito, el director, y todo el Ensemble d’Arts. Las primeras palabras del director musical son: “Anem a començar ja, esperábamos a más gente, pero bueno, la calor”. En cuanto a la música diré que muy amena y se disfruta, las interpretaciones de un nivel alto y escénicamente la cantante muy acorde a la situación en su papel perruno, y a nivel vocal más que correcta dada la complejidad musical de esta obra en cuanto a afinación se refiere.

El sol se va yendo, emerge la sombra y respiramos. Los perros están allí disfrutando, se les ve tranquilos, algunos con las orejas hacía atrás, como escuchando, creo que sí, escuchan. Un perro de vez en cuando ladra, un humano de vez en cuando habla, todo en su sitio. Una verdadera demostración de amor hacia los animales que a veces son más personas que nosotros. Les dedican una obra a varios perritos fallecidos que participaron en el concierto del año pasado.

En un momento el director explica que hay una colaboración especial, sube un perro al escenario con su dueño, suena la música, hay un momento que el perro emite un ladrido. El concierto, muy a la altura de lo esperado, va llegando a su fin. Miro a mi alrededor, contemplo felicidad pese al calor.

Disfruto el momento, veo disfrutar a Haiku. Vuelvo a preguntar ¿Vamos a otro concierto?

 

experiencia real contada por Iris Almenara