Ya está. Ahí las tienes.

Acabo de vomitarte todas mis taras; desde las más pequeñas hasta las más difíciles de digerir. Te he puesto perdido, ¿eh? Pobrecito. A ver quién es el/la valiente que te limpia ahora. Yo no, desde luego, qué puto asco.

(No, en serio. Lo siento. Esto no estaba planeado)

Antes de que digas nada, reconozco que me siento mucho más ligera. No es para menos: son kilos y kilos de mierda los que acaban de salir por mi boca. Ahora mismo estás cubierto con todos mis defectos. Esa soy yo, sin trampa ni cartón.

Pero espera, espera, espera. Antes de que des media vuelta y si-te-he-visto-no-me-acuerdo, deja que te explique mis motivos. Luego ya tendrás tiempo para tacharme de Loca Tarada. A estas alturas, créeme, ya me da igual.

Llevo meses intentando ser La Mejor Versión de Mí Misma, aún sin reconocerme en el espejo. Llevo meses intentando autoconvencerme -sin éxito, por supuesto- de que mi mochila no es tan pesada y de que mi historial no es para tanto. Esa era yo, jugando al noble arte de “Fluir”. Esa era yo, convirtiéndome en una Auténtica Impostora. Y todo porque tenía miedo de que me conocieras realmente, de que me vieras con el culo al aire (metafóricamente hablando, el literal me lo has visto mil veces).

Es curioso cómo casi todos nosotros tenemos un esquema mental de lo que debería ser LA persona. Quizá porque nos hemos hecho más exigentes con cada fracaso, o sencillamente porque somos una panda de gilipollas; pero lo cierto es que si algo no encaja en nuestra historia idealizada… lo mandamos a la porra. ¿Instinto de supervivencia? ¿Narcisismo encubierto? A saber.

¿Pero tú? Tú nunca has esperado nada de mí, nunca has pretendido que actuase según tus esquemas preconcebidos. ¿Acaso he interpretado cojonudamente el papel de Mujer Ejemplar… o es que no eres como los demás? Quién sabe. Lo único que sé con seguridad es que no estoy acostumbrada a lidiar con personas como tú.

Y eso me desconcierta.

A ver si lo he entendido. Dices mientras te limpias las gafas de vómito. ¿Acabo de comerme toda tu mierda… precisamente porque no soy un tarado? ¿Porque no intento que encajes en mi esquema de vida? ¿Porque no trato de hacerte a mi imagen y semejanza?

Dicho así parece una locura, lo sé; pero no intentes buscar una explicación a algo que probablemente no la tiene. Adoro autoboicotearme y tirar piedras sobre mi propio tejado. Esa es, precisamente, la tara que te cuelga ahora mismo de la nariz.

¿Por qué la has pagado conmigo? Insistes.
Porque tú sí has roto los míos y no me lo esperaba. Respondo.

Pausa dramática. Mirada penetrante. El momento decisivo. El principio del fin.

Los tuyos… Me mira, sin comprender. ¿Tus qué?
Mis esquemas, capullo.

Te quedas en silencio. Muy lejos de aquí. Una vez más, soy incapaz de descifrar tus pensamientos.

¿Ya está, verdad? Se ha terminado. Tenía que intentarlo, al menos. Antes de seguir con “esto”, debías conocer mis puntos débiles, ver de qué pie(s) cojeo, ver en lo que te estabas metiendo. En realidad lo he hecho por tu bien.

Finalmente, sonríes.

No te quieras tanto. Tus taras son una mierda.
¿Eh…?

Y de pronto, una gigantesca masa de vómito se cierne sobre mí.

 


relato de Irene Benlloch