Las segundas citas

A las 9 enfrente de la estación. Eso fue lo último que hablamos Inés y yo por teléfono. Le dije que esta vez podría pasar a recogerla con el coche, el otro día había sido imposible.

Era un domingo de verano y llevaba tres interminables horas fuera de la ducha. Ataviado únicamente con mis nuevos y nada elásticos calzoncillos de tela, de finas rayas verticales, y me tambaleaba nervioso mientras pensaba en la que se me venía encima.

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Ay maldita cobardía, esa horrible cualidad que justo vuelve cuando quedas con alguien. Bastante había tenido con armarme de valor para acudir y defenderme en la primera cita. Dios, ahora tenía que volver a coger fuerzas y sacar de mis adentros una valentía que no existe, que nació derrotada. La gente le da mucha importancia a esa primera vez, pero ¿qué pasa con las segundas citas? ¿Nadie piensa que son mucho más jodidas?

La verdad, llevaba varios días así de nervioso y necesitaba tranquilidad de forma urgente. En busca de ella, decidir verme el día de antes con tres de mis mejores amigos. Les dije que se vinieran a mi casa, aunque al final bajamos a un bar.

Ahí estábamos, el trío de mentes más maravillosas de la ciudad y yo tomando unas cervezas mientras trataban de aconsejarme. En el fondo les quiero, mucho, aunque todas sus ideas buscaban el “bebe, bebe… que bebas” durante la cena y terminaban con los dos follando en el asiento trasero del coche. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?

Estaba tan inquieto que, lógicamente, llegué pronto. Eran las nueve menos cuarto y esperaba en el coche desde las nueve. Parecía un stalker, pero tan sólo me vigilaba a mí mismo. Aunque es normal, no aguantaba en casa, me hubiera pegado un tiro si no salía. Mientras Inés bajaba, yo seguía dándole vueltas al sitio que había pensado para llevarle a cenar. Todo lo que me habían sugerido iba desde lo frito a lo rebozado, pero eso nunca fue una gran opción para las primeras citas. Ni eso, ni nada que vaya en pan de pita. Joder, que baje ya.

¡Al fin! Inés salía del portal con un vestido negro que se alargaba hasta la altura de sus rodillas. Por la forma de su pelo parecía recién salida de la ducha y, para mi sorpresa, se había pintado los labios. Me miró, lo justo para dedicarme una tibia sonrisa, simple, perfecta, antes de darse la vuelta y comprobar que había cerrado la puerta. ¡Dios!, iba con la espalda descubierta. Ahí me terminé por derrumbar.

Previamente recordé que se acercaba el primer momento crítico de la noche, ¿cómo debía saludarla? Aquel domingo nos besamos al despedirnos, pero no habíamos hablado nada más. ¿Ahora qué? ¿Uno, o dos besos? ¿Un abrazo? O mejor sonreír, mirar al frente y arrancar al coche. Bueno, pues estas y otras 823 posibilidades más pasaron por mi cabeza en el lapso de diez segundos. Finalmente, ella entró en el coche y, sin dudarlo, se acercó para darme un beso. Pese al vestido, Inés llevaba bien puestos los pantalones.

Debería darle las gracias eternamente, había superado el primer trago, aunque se avecinaban nuevos dilemas. No sabía si pedirme una cerveza y quería esperar a que Inés dijera algo antes. ¿Vino?, soltó ella de repente. No, si ya lo decían Els Amics de les Arts en su Bed & Breakfast, cuando el Jordi y la Marta cenaban juntos por primera vez, es mejor decantarse por el vino, que es lo que beben las parejas.

Con la comida venía el mismo problema. Coño, qué difícil iba a ser elegir. Se antojaba crucial evitar los spaghettis, la pizza y cualquier cosa con tomate o salsas pringosas. Ya está, debía pedirme algo de ensalada o carne. ¿Por qué me habría puesto una camiseta blanca justo ese día? Se podría decir que era la persona más cerda comiendo, del mundo. De normal no me suele preocupar, al final tengo suerte y mancho al de al lado, pero aquel día no sabía que prefería. ¿Qué os pongo?, dijo el camarero. Lo más elegante, simple, divertido y seco que tenga, pensé. De nuevo Inés se volvió a adelantar, decía que tenía hambre y que le apetecía guarrear, nada de pedir algo sano. Eso significa que hay confianza, ¿no?, que la cosa marchaba bien. Para mí esta pizza por favor, dijo ella. Venga va, nos la jugaremos…

Recuerdo que, mientras cenábamos, conseguí vencer poco a poco mis inseguridades. Todo parecía ir perfecto, incluso sentía esa sensación de vanidad cuando ella me miraba, daba la sensación de que pensaba “qué mono es”. Joder, me encantaba con ese vestido. Solté la copa en cuanto pensé eso, pero también porque estaba intentando recordar lo que habíamos hablado en la primera cita. Mierda, con los nervios tenía algunas cosas muy difuminadas. ¿Me acordaría de sus gustos? Tenía que conservar la buena impresión, yo había sido muy sincero, así que no debería pasar nada y se podrá retomar cualquier conversación. Eso sí, ¿qué carrera estudió ella? Una ingeniería, vale… pero ¿cuál? Hostia, y dijo algo de que iba al fisio… ¿Qué tal estás de la rodilla?, pregunté. Muy bien la verdad, aunque era el tobillo, dijo ella entre risas. Avergonzado, sonreí esperando a que cambiara de tema.

Lo bueno del sitio es que no estábamos teniendo una cena al uso, no era un cara a cara amenizado por unas luces muy tenues, ni tan siquiera un mantel de cuadros rojos y blancos cubría la mesa. Todo iba bien sentados casi a ras de suelo, uno al lado del otro, en una disposición más parecida a la de ese laboratorio de restaurantes parisinos. Parece un detalle sin importancia, pero no. Sé que me habría dado cuenta algún día, pero Inés, demostrando su absoluto control del todo, intentaba un temible acercamiento para que yo me soltara y me arrimara. Qué os voy a decir, las indirectas nunca fueron lo mío. Que si veíamos tal cosa en el móvil, que si mira a aquella triste y muda pareja de esa mesa, al gordo del fondo que tragaba albóndigas…

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Al principio de la noche parecía impensable, pero en ese momento ya se podía decir, la cosa marchaba. Solo me quedaba acompañarla hasta casa y habría sobrevivido a una segunda cita, pero Inés tenía otros planes. No podía terminar ahí la noche, le apetecía bailar y yo, no iba a ser quien se negara. Como en las mejores películas de cine clásico, ambos nos fundimos circularmente a negro mientras nos alejábamos por la Calle Quart. Dicen que no fue una segunda cita para la historia, ni tampoco excesivamente peculiar, pero sí parece cierto que hubo baile hasta morir y que la música de Radio City provocó un final totalmente impredecible… Segunda cita superada.