No, por si no lo sabías. Está todo el mundo como loco con esta película con 14 nominaciones a los Oscars y que arrasó en los Globos de Oro. Y ahora va a resultar que los musicales molan. ¿Eh? A que sí. Venga, ¿a quién le gustan los musicales? No recuerdo a nadie que me dijera “a mí, a mí me gustan”. Quiero decir, están La Bruja Novata, My Fair Lady, Cantando bajo la lluvia, Gigi, Cabaret, All that Jazz, Grease, Rocky Horror Picture Show, Dancer in the DarkAcross the Universe. No espera, también Fiebre del Sábado Noche, Dirty DancingTommy, no sé, las películas de Disney desde Alicia en el País de las Maravillas hasta Frozen, la nada desdeñable peli para adolescentes Pitch Perfect. Hay unas cuantas. Pero vamos, que… ¿a quién le gustan los musicales? Encima el estilo musical en La la Land: la ciudad de las estrellas es el jazz. Tócatelos. Y aquí viene la siguiente: ¿a quién le gusta el jazz? ¿A quién Summertime, o Sing, sing, sing, o, yo que sé, What a wonderfull world? ¿No?

Pues lo está petando esta película. Ahora explicádmelo. Decidme una vez más que no os gustan los musicales; y, por supuesto, que no os gusta el jazz. Pero os encanta Emma Stone. Será eso.

Ahora que está tan de moda debatir sobre lo que es cultura popular, la calidad en el arte que se consume masivamente, está el Facebuk a tope, ardiendo, con la discusión sobre el fenómeno intensito: las prácticas de consumo en el mundo capitalista neoliberal matan la exigencia de calidad, degradan el ocio cultural, etc. Pues aquí la reflexió: si realmente fuera tan complicado llegar a la masa, si tan en crisis está lo de la ciudad letrada, ¿cómo se explica este fenómeno? Porque es americana, los americanos saben venderse muy bien… blablá. Oigo a todo el mundo decir que le ha gustado la película así que una de dos: o está todo el mundo aplaudiendo los ropajes del rey desnudo o lo que pasa es que la gente NO ES TONTA. Ojo ahí. En cuántas tertulias no habré escuchado lo contrario. Estamos hablando de una película que directamente está emulando a los clásicos del cine. Secuencia por secuencia.

Consumimos en mayor o menor medida, primero lo que se nos vende, y, segundo, lo que se nos ofrece. No es lo mismo. Eso es lo que creo. Lo primero requiere menos esfuerzo, es lo mainstream,  lo popular, lo reconocible; y lo segundo requiere un esfuerzo por nuestra parte, se trata de buscar aquello que nos pueda estimular más allá de Telecinco y 50 Sombras de Grey.

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Pero hablemos de la película: es un musical, sí, y de los cansinos además, que no paran de cantar y bailar los judíos (quiero decir jodíos pero el autocorrector sabe más que yo así que lo dejo). Ya el prefacio de la película es magistral. Ellos dos están espléndidos, geniales, maravillosos. En una escena en la que él la lleva a un bar de jazz le explica la magia, la excelencia de una jam. Él (Ryan Gosling) quiere rescatar el jazz en la ciudad, montar su propio local donde puedan ir grandes músicos a tocar; ese es su sueño, y tiene siempre el conflicto como músico cuando la supervivencia le exige renunciar de algún modo a la calidad o la integridad. Del mismo modo, su partenaire interpreta a una muchacha que persigue el consabido sueño americano de triunfar como actriz peleando en los fríos y competitivos castings de los que nunca le llaman, por lo que al final decide producir su propia obra de teatro. O sea que vemos aquí, bajo la historia de amor, el tema de la película. A saber: lo jodido que es dedicarse al arte y tratar de hacer caso a Mr Wonderful. En cualquier caso, los dos personajes tienen claro desde un principio que no quieren rendirse a la mediocridad y pelean con los vaivenes existenciales que ello les va a suponer.

Así, en este sentido, esta película se presenta también como un alegato: al cine clásico, a las parejas icónicas del cine clásico, al jazz clásico, a las coreografías de baile, al romanticismo clásico en la vida moderna; y en su primera parte, al diseño de arte de las peores películas de Almodóvar o los videoclips de Parchís. Cuando la veáis ya sabréis de qué hablo. No, pero lo que quería yo decir es que es un alegato en sí misma, el ejemplo de que una obra de arte, una película de Oscar no necesariamente precisa de orcos para triunfar y llegar a la masa. Ella misma, esta película, se sirve como ejemplo. Y que la gente no es tonta. Aunque eso sí: a Coelho le parece aburrida. Fíjate tú.