Que la vida ya no es sueño. Que el mundo ya no es teatro.

Que el mundo ahora, es una feria.

 

La casa de los errores, qué Noria, qué Siria,

qué desidia de caravanas, qué limusinas de la bruja,

qué adivinar los dados de la suerte de Europa,

qué España loca, qué bomba de relojería Suiza.

Qué cuánto cuesta la entrada: toda una vida.

 

Qué escribir para cambiar algo
es disparar a tu plato

una mañana perdida.

 

Si quieres te echo las cartas de despedida.

Si quieres te escribo la mano mientras coges la mía.

 

La feria llegó al capital y empezó a cobrarse vidas
bajo pena capitán de marina,

guardacostas funeral en primera línea de valla;

conciencia electrificada de gargantas con sabor a sal.

Algodón tóxico de azufre;

granadas de caramelo a punto de explotar.

 

La abuela que nos da las estrenas

se sigue llamando Hiroshima

y de ella nacieron los padres y los desmadres,

y de ellas sus hijas y sus fijos en los altares

de los derechos infrahumanos:

deberes para pobres.

 

Muchas verdades sigue teniendo

el vocabulario del preso y el del twittero.

 

Del crédito plástico de burbujas inmovilizadas

a las bolsas que cotizan al alza

si el cadáver está a un interés de un 1%

y se llama como sea que se llamen

los niños muertos.

 

La feria ha llegado a la tierra.

Pasen de largo y no vean

si no es para comprar una parcela

de miseria ajena.

 

Que la vida ya no es sueño. Que el mundo ya no es teatro.

Que este mundo y esta vida

son las vueltas de lo que sangran de más otras heridas.

 

Víctor Benavides