La cultura del odio

Cultura del odioDurante toda tu infancia te tocó escuchar cierto tipo de diatribas sobre la tolerancia, la solidaridad o, si estudiaste en un colegio de monjas como fue mi caso, el concepto que protagonizaba la semana temática de turno. “Comparte los juguetes con tu hermano”, “Colabora en clase”, “Trabaja en equipo”, “Pasa la pelota”. Frases que no están mal para formarte como persona y aprender ciertos valores con los que cimentar una personalidad futura que respete a los demás y tal. En el fondo es lo normal; eres pequeño y te gusta ver la vida con los ojos de la inocencia.

Pero claro, tras la infancia y los años de convulsión hormonal de la adolescencia llega la proto-madurez. Porque la veintena es esa década de tu vida que te lleva sin piedad a la desilusión infinita: todas tus relaciones han acabado mal (aunque el `mal´ ya va implícito), el PSOE resulta ser de derechas, Sandra Bullock gana un Oscar y Dorian sigue de gira. Te das cuenta de que todos los cuentos Disney que te contaron eran un gran “invent”, que el amor dura tres años y que la amistad realmente consiste en pensar en uno mismo y luego en uno mismo. Un fuego te recorre por dentro y es entonces cuando aprendes la puta mejor lección que te va a dar la vida: aprender a odiar. A odiar con amor. A odiar visceralmente. A odiar irracionalmente. A odiar sin violencia.

Le coges asco a cosas sin importancia: los runners, el champú sin PH de Ana Botella, Arbeloa, Izal, Rudy Fernández, la película de ‘Avatar‘, los redactores de After Mag, Mercedes Milá, ‘El discurso del rey‘, los últimos discos de Sidonie, Rosario Flores, la derecha JotDown, los festivales de la casta, la pizza con piña, Jon Snow, los community manager sin sentido del humor, los fans de Ana Pastor, que María Patiño se tome en serio a si misma, , los niños pequeños de las series españolas, el presidente del Getafe, el festival de Sundance, los que se flipan con el Primavera SoundPablo Motos

Una amargura a flor de piel que no te impide ser feliz. Porque tu cuerpo necesita el odio. El odio es necesario. ¿De qué serviría el deporte sin el odio? El Mundial solo tiene sentido gracias al odio. Porque en un Nigeria-Bélgica te da por apoyar fuerte a los africanos, como si te fuera la vida en ello. ¿Realmente tienes algo en contra de Bélgica? Obviamente no. Pero te basta que no te guste el pelo de Fellaini para que le cojas un asco infinito. El detonante da igual. Cualquier estímulo tiene que valer para que odies algo. Y si no te gusta el fútbol, el ejemplo es válido con las galas de ‘Operación Triunfo‘, con las elecciones en Grecia o con los tertulianos de La Sexta Noche.

Es posible que el amor mueva montañas, pero si por algo evoluciona el ser humano, si por algo avanza la sociedad… es por el odio. Porque lo bonito es odiar. Y sonreír.