La cara B del verano

Lejos de la imagen perfecta e idílica de los oníricos anuncios estivales de cervezas y paellas tróspidas (o arroz con cosas) de Love of Lesbian existe una parte deprimente en el verano. Un lado oscuro. La cara B.

El buen gusto se va de vacaciones y tus garitos favoritos cierran. Vivas en la ciudad que vivas, parece que el verano te empuja a los pantalones de lino y las terrazas pachangueras. La gran mayoría de colegas, parejas y conocidos desaparecen de la faz de la tierra durante dos meses. Apartamentos, fiestas de pueblo, festivales de música… Por cada persona que disfruta de esos lugares, hay cinco en una gran ciudad pudriéndose de calor y cagándose en la crisis. La llegada del verano significa que la liga se acaba, proliferan los canis sin camiseta, la Obregón hace su posado en la playa y los guiris nos invaden en calcetines y chanclas. La humedad te asfixia, las cucarachas se apoderan de la ciudad y la gente en el metro huele mucho y muy fuerte.

Es una sensación muy parecida a la que sentíamos aquellos domingos durante la infancia. La depresión dominguera consistía en recordarte desde el mismo momento en el que te levantabas, que mañana era lunes y la fiesta se acababa. Tú podías tirarte toda la tarde en la calle, pero tu cerebro no paraba de bombardearte con los putos deberes de matemáticas que aún no habías hecho. O ese examen que, por supuesto, no habías comenzado a estudiar. La depresión dominguera lo impregnaba todo. Un maldito halo deprimente. Y, a veces, eso puede ser el verano: una depresión dominguera continua.