Intensitos por fuera, vacíos por dentro

Ya no nos acordamos muy bien de cómo era eso de estar en equilibrio.
Una vez estuvimos a dos bailes, pero la ilusión es volátil, y no vamos a fustigarnos por confiar en ese arma de doble filo. O tal vez sí.
Igual deberíamos hacer balance, entre retweet y me gusta, de dónde coño estamos yendo, porque una cosa es perder, ser veteranos de la derrota, y otra muy distinta estar perdidos.

Habitamos en conjuntos de multitudes individualizadas
etiquetadas y encorsetadas en parámetros no adjetivables
no sentimentales
no argumentables.
Sorteamos la culpa como quien se sabe incapaz
y el monstruo continúa alimentándose de nuestros fantasmas
de nuestras vergüenzas
de nuestras cadenas.
Elegimos elegir grises, y supimos en cierta forma qué vendría después.

Aún recuerdo como si fuera ayer, la primera vez que tragué filosofía sin paliativos, cuando París era una fiesta.
Teníamos una cita con la vida aquel día, y tú llegaste media hora tarde.
Que qué se había creído, que a ver si no podías mirarla por encima del hombro tú también a ella.
O al menos, tratarla de tú a tú.
En mi barrio se hace así, dijiste.

Ahora, como el recuerdo de un recuerdo
se nos despierta un tic parecido a rascarse la lucidez
como un déjà vu venido a menos
intentando un cosquilleo que nos aparte del letargo de led.

Dejamos morir a la poesía y aprovecharon para robarnos las palabras.
Desvirtuaron el amor y su significado
y ahora se mide y se cuantifica.
Y lo que es peor: se posee.

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El historial de búsqueda nos define, por eso lo vaciamos a cada poco.
Enterramos las preguntas que debemos hacernos continuamente bajo toneladas de memes
y alguna que otra estrella del porno amateur.

Cualquier siglo drogado de dudas.
Cualquier tiempo diferente fue pasado.
Cualquier expresión se reduce a la mínima impotencia.
Cualquier revólver de tiro en la nuca.
Cualquier mierda puede echar a volar si le pones los hashtags adecuados.

Desayunas en una taza de catorce pavos de Mr. Wonderful que te dice que hoy te vas a comer el mundo.
Lo que no te pone es que el mundo está hecho una mierda, y es altamente indigesto.

Intensitos por fuera y vacíos por dentro.
Hablando sin decir nada
con la sonrisa impostada
abrazando y besando como autómatas del tiempo.
Hijos del High tech y del Low feel.
Léolo os está queriendo decir algo.

El pianista que tocará Réquiem por tus sueños ya está afilando sus dedos, en el calendario de las ánimas muertas en vida. Que no se diga que no tuvimos tiempo de reacción. Que la resaca no nos impida tomarnos la última, hoy, por ejemplo, que estamos preciosas con los primeros rayos del sol y tenemos el ego subido. Hoy, que se recordará como el día en que matamos a Paulo Coelho y a todos sus discípulos.

En el cenit de un espejismo eléctrico, libre de filtros
pululan en levedad breve la lucidez y la rabia.
Con menos premisas se han levantado barricadas.
Y aunque no estemos en el tiempo de las cerezas
tenemos menos que perder
y más que bailar.

Aunque no lo parezca.

Un poema de Alex Andreu