Hemos follado, ¿y ahora qué?

“Estás tan acostumbrado a que todo te salga como tú quieres,
que cuando algo se tuerce te conviertes en un auténtico imbécil.” (Stockholm, 2014)

Stockholm

Eran las cuatro de la madrugada y mi reflejo indicaba que, una vez más, la había vuelto a cagar. Subida encima de la cómoda, Aida gemía mientras yo cruzaba miradas en el espejo con alguien que se parecía a mí, pero que no alcanzaba a reconocer en ese momento. No pude evitarlo, así que miré hacia otro lado.

A la mañana siguiente nos despertamos por culpa del sol, ninguno se había acordado de bajar la persiana. Tontamente extrañado volví a comprobar la habitación y, efectivamente, no estaba en mi casa. Me giré hacia Aida, que sonreía mientras me daba los buenos días y me preguntaba si quería desayunar. ¿Desayunar? Lo que necesitaba era averiguar cómo iba a salir de ahí…

Pero volvamos al principio de la noche. Hacía tiempo que no nos veíamos, un año por lo menos, hasta esa cena. Por suerte diremos que ni estábamos solos, ni era un rollo romántico. La había montado una amiga en común porque su novio acababa de regresar de un Erasmus en Italia.

Yo no soportaba este tipo de cenas, siempre rodeado de gente que me importaba una puta mierda, hablando de lo bonita que era la vida. Así que escapé cuando pude con mi amigo Emilio, un cañero; dimos una vuelta y debatimos un poco sobre todo. Al volver, me crucé con ella. ¿Acababa de llegar? ¿Por qué no la había visto antes? Con un patético intento de saludo elegante y cordial por mi parte, decidimos que lo mejor era seguir con la fiesta.

Para cuando me había dado cuenta estaba en el centro de todos haciendo el gilipollas con Emilio, intentando no hacer mucho el ridículo y mirando sin parar a María. Esa chica me tenía hipnotizado. ¿La típica amiga de tu “amiga” que siempre os ha gustado? Pues esa… No sé cómo sucedió, estaba embobado con ella y de repente aparecí en el baño. Pero no dentro, sino en el pasillo, con Aida.

Frente a frente, nos mirábamos como si jamás hubiéramos estado así. Nuestras caras reflejaban una mezcla de pena y alegría, de pasión y desencanto. Ella me cogía la mano y yo, la aceptaba. Algo me decía que no lo hiciera, que seguramente me arrepentiría. No entiendo por qué estaba ahí, otra vez. Tal vez fuera el vino, la ginebra, el Jäger, esa cosa… o todo a la vez, qué sé yo. La cabeza me iba a explotar. ¿A quién quiero engañar? No era cosa del alcohol, sino algo por dentro que estaba deseando hacerlo en ese momento, mucho y muy fuerte. No me importaba el bien o el mal y contra algo así no se puede luchar.

Al rato me encontraba de nuevo ante ese espejo. Ya había estado ahí antes, esas fotos me sonaban mucho. En aquel instante no podía pensar, no mientras mi boca removiera conciencias, no mientras su mano manipulara sentimientos. Pasamos la noche explorando la habitación, investigando nuevos espacios, tentando a nuestra propia suerte antes de empezar un sueño que navegaba por sus últimos coletazos.

Hizo falta un cegador rayo de sol para que, tras esa disparatada noche, por fin abriera los ojos. Volvía a encontrarme frente a ella y no podía dejar de mirarla. Aida dormía tranquilamente, tal vez soñando con que esta vez me quedara, con que fuera valiente y no huyera de nuevo. Yo me revolvía en la cama, quería levantarme y huir dejando una nota, pero entendí que eso no era justo. No sabía que hacer, estaba incómodo y todavía no le había explicado que no creía en nosotros, que a veces se me olvida vivir la vida con pies de plomo.

Entonces Aida despertó y, pese a que tenía los ojos abiertos, todavía no era consciente del momento. Yo esquivaba su sonrisa con un horrible bostezo acompañado de un movimiento croquetil hacia el otro lado, hacia el espejo. Ya no aguantaba más ese retrato de mí mismo. “¿Te pasa algo?”, me preguntó. Tenía que haberme retirado cuando estaba a tiempo, ahora ya la había vuelto a cagar. Por eso evitaba el desayuno, pero no los abrazos que tanto se merecía. Por eso no respondía a sus caricias, sus besos, su cariño… Era imposible meter más excusas en la misma frase, simplemente quería salir de allí. ¿Había sido un error? Tal vez confundimos sentimientos, tal vez me pasé de la raya. Supongo que un tortazo antes de salir por la puerta habría sido un castigo excesivamente corto.

Mi problema es que estaba enamorado de otra persona, aunque ni yo mismo lo sabía..