GhostFest: el festival que nunca exisitió

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Bajamos del autobús, nos quitamos las vendas de los ojos y, nerviosos pero intrigados, nos ponemos en fila esperando una explicación.

Un pequeño comité de gente con chalecos luminosos y gafas de pasta de colores nos entregan coronas de flores a modo de bienvenida y un pequeño “libro de ruta” con toda la información.

-En un rato el jefe os contará el resto – dice sonriendo una de las chicas.

Miro a mi alrededor. Me suenan esas caras. Somos pocos, pero estamos cortados por un mismo patrón. Nosotros; camisa hawaiana, pantalón corto y barba. Todo del H&M. Ellas; vestido corto de sus abuelas (probablemente), Converse tobilleras y gafas de sol. Atuendo poco discreto para un secuestro.

Se acerca un hombre de canas, gafas Wayfarer y primer botón de la camisa abrochado hasta explotarle en la nuez.

Os preguntaréis qué hacéis aquí – grita – Sois los elegidos para testear, chequear, probar, un nuevo festival musical, una experiencia nunca antes vivida. Se os abrirá un blog a cada uno (paquete básico: Comic Sans, colores chillones y unos anuncios gigantes de la gira de Extremoduro), y una cuenta de Instagram para que colguéis fotos de los conciertos, aunque sea tan de lejos que no se distinga el grupo. Lo importante es que la gente sepa que estáis aquí gozándolo fuerte.

Nos ponen unas pulseras rojas (¿tengo cáncer y no lo sé?) y nos hacen pasar por un pequeño pasillo vallado, donde un simpatiquísimo guardia de seguridad con cara de haber matado a sólo 200 personas en la Guerra de los Balcanes nos cachea. Todo normal, si no fuese porque nos acaban de secuestrar y no me dieron tiempo a coger mi lanzallamas, que es lo que suelo traer a festivales.

En un segundo control, junto con un mapa del recinto, nos ofrecen un chupito de Jägermeister:

– No gracias, no bebo – digo con educación.
– Pero si es Jäger. Gratis – Responde la muchacha con gesto amenazante.
– Está bien.

Trago saliva, me tapo la nariz y disuelvo el Jäger en mi interior como el que se toma el jarabe para las lombrices del perro.

En el recinto todo es extrañamente siniestro: Una barra tras la que se esconden botellas del alcohol más asesino que se puede encontrar en el mercado, unos puestos de “Hazte tu propio sándwich de mortadela” con unas tipografías vintage y unos dibujos muy locos de Ricardo Cavolo dando vida a una mortadela con un ojo enorme, unos 100 baños entre los que merodea un limpiador que solo mira al suelo y repite “Yo era el logopeda de Jota, y un escenario gigante, con 2 pantallas gigantes a los lados en los que se emite en bucle la canción de Mercadona.

Ya asentados y con expectación, llegamos al escenario. En la información que nos dieron no figura el cartel, pero si los horarios. Y es la hora del primer concierto. Veamos.

Algo falla. En el escenario solo hay un pie con su correspondiente micro, pero no hay instrumentos. Todo vacío. Raro.

Espera. Se empieza a escuchar algo. ¿Son Lori Meyers? Efectivamente. Suena su nuevo disco, pero ellos no aparecen. Y ese es el problema, suena el disco. No es un directo. Nos están engañando. Nos miramos unos a otros, murmuramos, pasan las canciones, bebemos y bailamos, ya todo nos da igual. Acaba el disco, pero llegan los bises (es decir, un cd hecho con canciones de otros discos de Lori Meyers).

Suena Religión y se nos corta la respiración. Desde detrás del escenario sale Annie B Sweet, con gesto desencajado, saludando tímidamente.

A medida que avanza la canción, ella va haciendo los coros. Todo es jodidamente desconcertante. Nadie entiende nada. Acaba Religión, suena Aha Han Vuelto y Annie sigue a lo suyo. Coros, pandereta y tímidos bailes. Termina.

– ¡Muchas gracias! ¡Un aplauso para Lori Meyers! – dice mientras se va.

Silencio. Silencio muy tenso. Nos llega la mandíbula al suelo. A algunos por el estupor, a otros (los que aplauden como locos por el conciertazo), por el MDMA.

Aprovecho para ir al baño y, de paso, reflexionar sobre lo que está ocurriendo. Entro a uno de los módulos prefabricados, me desabrocho el botón del pantalón y, ante mi asombro, veo que allí dentro ESTÁ TOCANDO IZAL. Es una situación incómoda. A ellos les pagan por hacer ese showcase y yo tengo que mear.

– Disculpa, Mikel, ¿podrías apartar el ukelele? Podemos tener un accidente.
– QUÉ BIEN, QUÉ BIEN, QUÉ BIEEEEEEEEEEN
– Hombre, no creo que sea para tanto, pero….jejeje
– TODOS A LA MIERDA, TODOS MENOS TÚUUUUUU
– Mira tío, yo así no puedo.

Vuelvo con el grupo, y en el escenario, ésta vez, vemos a un Nacho Vegas sólo con su guitarra, con la tez más pálida de lo habitual, mirando hacia los lados nervioso.

– Esta canción se llama “Bailando por Ahí”.

Lo estamos escuchando pero no lo estamos creyendo. Nacho vomita canción tras canción, cover tras cover. Juan Magan, Pablo Alborán,Melendi, Bisbal…pero todos en un tono folk, agridulce y nachoveguesco.

Escuchamos un “click” y vemos el cañón de una recortada asomando por uno de los laterales del escenario.

– CANTA.

Nacho mira al suelo, y entre su flequillo apura a susurrar un par de temas más. Tira la guitarra y se va corriendo. Nosotros empezamos a tener miedo.

Nos juntamos en corro y empezamos a trazar teorías. Creemos que esto es producto de alguna gran emisora de radiofórmula, que quieren convertir los festivales en su próximo coto de caza, y tenemos miedo.

Unos pipas sacan una mesa de DJ. Se posa tras ella una figura con sudadera de capucha, con cierto sobrepeso y un micrófono de diadema.

E….

Es….

ES….

Si. Era Kiko Rivera. Paquirrín. DJ Set.

Suenan las primeras notas de Quítate el top y comienza el apocalipsis. Las chicas lloran aterrorizadas pero sienten una imperiosa necesidad de enseñar los pechos y de pintarse la raya del ojo como si fuesen un mapache, nosotros solo queremos destrozar todo y huir. Los miembros de seguridad se abalanzan sobre nosotros, nos deshacemos de ellos, escapamos, nos disparan con un cañón de camisetas y nos ponen como trampa sobreros de colores. Conseguimos llegar al autobús. Hacemos recuento. Somos 17. Han caído 3. Los vemos en primera fila con camiseta sin mangas y pantalones de chándal Adedos con la cremallera cerrada embutiendo el tobillo. Los hemos perdidos.

GhostFest

Puente al autobús y escapada.

Hacemos un pacto. Nunca hablaremos de esto. Nos reuniremos en la Plaza del Trigo de Aranda cada año para brindar por los caídos. Se ha terminado el horror.

Vuelta a casa.