George Harrison: Living in the material world

Once upon a time… un tipo que a los 26 años se cansó de tocar el cielo y decidió volver a la Tierra. Luego se asqueó de la Tierra y prefirió vivir en un mundo místico. Buscó en la espiritualidad y la meditación lo que años antes le había proporcionado el LSD. Se enamoró de la velocidad, de los Monty Phyton, de la India y su cultura, de las flores. Del sol. Cuando se cumplen quince años de su muerte, recordamos la figura de George Harrison a través del documental ‘Living in the material world’.

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Ni siquiera tres horas son suficientes para aglutinar toda la vida de George Harrison. Scorsese comprime los 58 años de vida del beatle silencioso en un montaje que a veces se muestra algo reiterativo con el lado místico de George, en detrimento de otras facetas, como la de enamorado de la Fórmula 1. Por el contrario, no escatima en enseñar cómo se gestó su debut en solitario con el fabuloso All things must pass. La cinta muestra de manera casi cronológica todas las etapas de Harrison a través de miles y miles de fotografías (personales, promocionales o artísticas), vídeos (algunos caseros del propio George) y testimonios de las personas más importantes que pasaron por su vida.

Eric Idle o Terry Gilliam, de manera brillante, hablan de su vital aportación en ‘La vida de Brian’. Y tan capital. EMI dejó tirados a última hora a los Monty Phyton por “blasfemos” y Harrison tuvo que hipotecar su casa para financiar la producción. También vemos a Paul McCartney y Yoko Ono (portavoz póstuma de Lennon) narrar la parte de los Beatles, que no por menos contada y resabiada deja de ser (one more time) la más interesante y profunda. Una vida beatle que comienza con un joven George de 17 años tocando en Hamburgo ante putas y drogadictos, y, menos de diez años después, en consenso con sus compañeros, disolviendo a la banda que cambió el mundo.

Sin profundizar demasiado y casi pasando de puntillas, se habla del famoso triángulo de amor (no bizarro) que vivió con su primera mujer y uno de sus mejores amigos. Sí, tanto Pattie Boyd como Eric Clapton aparecen en el film hablando de lo que ocurrió. Tan sencillo como que Eric se enamoró de Pattie, Pattie se enamoró de Eric, y éste se lo confesó a George. Sin mucho drama.

Pero sin duda nos quedamos con tres personas. Los tres testimonios que más emocionan. Por un lado tenemos a Olivia Harrison, la viuda de George. Con una mirada triste, pero orgullosa, cuenta su lado más humano y familiar. Lo entero que estaba cuando luchaba contra el cáncer. O los cojones que tuvo para enfrentarse al chiflado que una madrugada del 30 de diciembre de 1999 invadió su mansión para asesinarlo. Sincera y resignada, no escatima en recordar que George le fue infiel. El vástago de ambos es otra de las joyas que Scorsese muestra en el documental. Dhany Harrison, tan parecido a su padre como dos gotas de agua, relata con una entereza que asusta cómo fue la relación con su progenitor. Asusta y emociona a partes iguales. Y lo vemos crecer entre fotografía y fotografía. Siempre con una guitarra entre las manos. Como su padre. Y por último, aparece Ringo Starr. El afable y humano Ringo. Llorando mientras recuerda cómo vio por última vez a su gran amigo.

El montaje de Martin Scorsese es tan brillante, que consigue hacer desaparecer a George en el tercer acto. No nos damos cuenta, pero su presencia deja de ser terrenal para volverse etérea. Hablan Olivia, Dhany, Ringo, Jackie Stewart, Eric Idle… Pero él ya no está. El director neoyorquino consigue que sintamos su muerte como si en tiempo real se tratase.

La cinta, que huye de toda polémica (infidelidades, profundizar en la historia con Pattie y Clapton, drogas…) acaba y aparecen los créditos. Y no podía ser de otra forma, vemos los títulos de todas las canciones firmadas por George Harrison. Porque de eso se trataba, de hablar de un tipo que hacía canciones y que con 26 años ya se había comido el mundo material.