Fuego

texto de Paula Martínez


Fuego

Todos buscan el éxtasis, un frenesí compulsivo que les lleve a liberarse del yugo de lo cotidiano. Todos beben, fuman, besan en esta marabunta de cuerpos desperdigados. Han roto un par de ventanas y se respira un ambiente cargado a pesar del aire frío que entra en el salón.

Toc, toc, toc, toc. Abro la puerta y me encuentro a un Gérard lloroso y alcoholizado. Mi vida es un fracaso, me dice en francés. Le dejo pasar y que se embriague del ambiente festivo, juvenil y maníaco que se respira en la sala.

Gérard tiene la camisa empapada. Una preciosa camisa de lino blanco sobre unos brazos demasiados delgados. Está escuchimizado y la tela mojada se pega sobre sus costillas. Nos sentamos en círculo y bebemos de una botella de Beaujolais. Bebe mientras llora. Intenta hablarme en un susurro inaudible, en medio de este ruido tan inmenso, de esta música tan alta, y no le oigo.

Gérard sigue llorando. Su ceño se frunce en una omega dolorosa y la habitación da vueltas. Todo da vueltas en este burdel tan absurdo y con esta pena tan grande.

¿Dónde se ha metido? Me pregunta Gérard entre gemido y gemido. Yo le contesto, que no sé de qué me habla. Le digo que quizás fue él quien lo dejó escapar. Él me contesta que no, que él siempre le quiso. Después, todos borrachos nos dejamos caer bajo la alfombra persa que cubre el suelo. Mis hombros se hunden en la lana del Jorasán, desnudos, huecos. Gérard, tumbado a mi lado, me dice que no sabe qué es lo que ha vivido. No puedo hablar porque en ese momento alguien grita fuego y todos intentan saltar por la ventana.

Pero nadie salta. Todos miran por la ventana, y se miran a sí mismos intentando entender qué es lo que pasa. Un hombre con el torso desnudo grita fuego. La masa humana se va. Van saliendo, unas tras otras, las decenas de mentes vacías y atolondradas, y lo hacen por la misma puerta por la que hace un instante entró Gérard, que ya se ha terminado la botella de Beaujolais. Le miro. Me devuelve una mirada desesperada y con los ojos empapados me ruega que no me enamore jamás.

(más textos de Paula Martínez Núñez en su blog)