El fin de las citas

Marabunta


Suena el despertador justo al lado de mi oreja. Hace meses que duermo con el iPhone en la cama. Hay sitio para todos. Son las 8 de la mañana y he dormido 3 horas. Anoche quedé con un tinderligue, uno de tantos. Qué resaca. Aunque irme recién follada a trabajar es algo que consuela un poco. Consigo sentarme en la cama y abrir los ojos. Menudo panorama. Litronas por el suelo, restos de tabaco, y algún que otro condón. Me duelen los labios. Seguramente llevara barba.

FinCitas

Vuelvo a mirar el móvil. Tengo cuatro wasabis sin leer: Uno es de mi madre, diciendo que le lleve no sé qué a casa, los otros tres, de varios tíos diferentes. “Que si no me haga la dura”, “que me espera palote en casa”, y el último diciéndome “hola” a las 6 de la mañana. De camino al baño, me miro al espejo que tengo justo enfrente de la cama. Llevo el cuello amoratado. Retrocedo a mi época de instituto. Pero vuelvo a la realidad…y me pregunto: ¿Cómo coño he llegado hasta aquí?

Todo ocurrió hace un año, una mañana. La mañana que decidí visitar a L. en un coworking donde trabajaba. En un momento de la conversación la noté totalmente absorta, con la mirada clavada en la pantalla del ordenador:

– ¿Qué coño estás mirando?
-Buah tía, tienes que ver esto. He descubierto una página donde hay unos chorvazos que lo flipas. Otro nivel, teta.
-Venga ya….

El caso es que echando un vistazo por encima, el panorama no me parecía nada desolador, sino más bien todo lo contrario. Nunca he sido muy de cybercitas, solo recuerdo aquellos chats de Terra donde mis amigas y yo nos dedicábamos a poner calientes a los pajilleros.

-Bueno L. me voy a casa, ya me cuentas si adoptas a algún tío o que, ¿eh?

Y no lo pude evitar, porque todo lo puto malo me gusta. Soy así. Y apenas sin darme cuenta, cuando ni siquiera había pasado ni dos días del gran descubrimiento, estaba hablando como con cinco tíos diferentes. Una ida de olla. Como si no hubiese un mañana. Y es que no lo había, porque cada día eran como tres y así. Todo iba muy rápido. Bueno, quizá fuera yo. O quizá fueran esas ganas reprimidas que tenía hacía mucho tiempo de donar mi cuerpo a la ciencia de las citas, después de dos relaciones fallidas. Cansada de comer todos los días el mismo menú, descubrí el mayor buffet libre de la historia. Transcurrida una semana, decidí quedar con uno de los tíos con los que hablaba. Me había mandando un par de fotos donde se le veía aspecto de empotrador. Justo lo que buscaba. De estos que si te pillan, te follan, sí o sí. Y un viernes del mes de febrero ocurrió aquello que abrió la puerta a un sinfín de citas.

 

síguela en su blog