Una ciudad cualquiera. Una noche lluviosa cualquiera. El crepitar furibundo de la lluvia golpea incesantemente la ventana de la habitación. En ella, ajenos a la ciudad, a la noche, a la lluvia y a su destino, dos jóvenes amantes…

Una tenue luz envolvía la habitación, apenas habían conseguido unas pocas velas para la ocasión. Sin mediar palabra comenzaron a besarse mientras se quitaban la ropa salvajemente. Él acariciaba y besaba los senos de ella mientras ella agarraba con fuerza sus nalgas. Él pasó sus dedos sobre sus labios los cuales quedaron humedecidos por el movimiento de su lengua, luego bajó acariciando con ellos todo su cuerpo hasta llegar a su clítoris. Los gemidos se acrecentaban al igual que lo hacía el tamaño de su miembro, que comenzó a colarse entre los muslos de ella y finalmente en su sexo. Abordaron la cama dejándose llevar por el fuego descontrolado de sus miembros extasiados. Ella, situada encima, empezó a danzar con un ritmo frenético, él acompañaba sus movimientos con una mano en su pecho y la otra en su culo. Se miraron de forma dulce e intensa. Por un segundo, olvidaron toda realidad fuera de aquella habitación. Sólo había cabida para la pasión.

No llegaron a escuchar el tremendo estruendo que hizo la puerta al ser derribada por los Exterminadores. Un grupo de asalto, vestido absolutamente de negro, ataviado con armas suficientes para empezar una guerra, y con el único objetivo de erradicar completamente todo indicio de pensamiento libre, entró rodeando la cama y a los dos amantes. Eran sombras en la noche que más bien parecían la peor de las pesadillas. Las potentes luces de las linternas de sus armas cegaron a los dos amantes que apenas pudieron reaccionar cuando las férreas manos del círculo de oscuras miradas arrastraron sus cuerpos desnudos hasta el suelo. Cubrieron sus dos cabezas aterrorizadas con una bolsa de tela. Esa fue la última vez que pudieron verse. Nadie sabía dónde era llevada la gente que desaparecía. Pero siempre ocurría de noche. Las personas desaparecían sin dejar rastro y siempre de noche. De la noche a la mañana, cualquier rastro de existencia era totalmente eliminado del sistema, sencillamente dejabas de existir.

¿Por qué extrañarnos? Ya ha ocurrido antes. Personas que eran desterradas al olvido. Primero fueron los activistas políticos, luego los librepensadores, los filósofos y los artistas. Qué peligroso es pensar por uno mismo en estos tiempos. Toda la creatividad, la sensibilidad, el pensamiento. Todo aquello inherente a la condición humana, que hace despertar al espíritu de su sueño alienante, estaba desapareciendo. Ahora que los niños ya no nacen sino que se diseñan, ¿por qué no iba a desaparecer también el sexo?

Todo acto de deseo era un acto político. Todo acto político estaba absolutamente prohibido.

 

relato de Jandroche Ballester