La estatua de la libertad

iris2Escribo una y otra vez. Tacho, borro, recorto. Exijo locura insana a domicilio, un llanto sin sal, y edificios de arena. Los tatuajes son heridas de guerra. Si miras en el fondo de mis ojos verás dos cuencos. En uno hay una niña asustada y en el otro una vieja sosteniendo una vela. La vela de la lluvia, luz, rayo, estómago, relámpago. Nada. Y por las noches le susurro: apaga la vela que es tarde. Así chorrean gotas de oscuridad en las ramas de olivo. Y cierro los ojos invocando a los últimos pájaros verdes que habitan en tus vértebras. Ellas me insultan, exigen, escupen, estruendo y otra vez nada. Así con el extracto de tus sílabas grito este manifiesto de vida, muerte, revolución y sacrificio. La condición humana cuelga de un reloj convertido en bicicleta. Todo da vueltas. Tiene un sabor agridulce en ayunas. Le extirparon la tecla a un piano. Exigimos que sea devuelta. Le extirparon un verso a un poeta. Que alguien lo queme y se beba sus cenizas. Le extirparon la rama a un árbol. Exigimos se tiñan de verde todos los edificios de la ciudad. Estoy sentada en las escaleras del metro esperando a que sean las 23:35. Enfrente de mí hay una mujer esperando subir al vagón. Leggins, chaqueta violeta y una bolsa de plástico. Tiene la cara cansada. Está de pie. Ella es la estatua de la libertad un jueves por la noche esperando subir al metro después de una larga jornada laboral. Ella es la madre de todos los huérfanos. La hija de todas las violaciones. La primera mancha de menstruación. El primer aborto clandestino. Nos bajamos en la misma parada. No me despido de ella. No le confieso que le he escrito unos versos. No hace falta que nos digamos nada, porque nos hemos mirado y así nos basta.

 

poema Iris Almenara

ilustración Nieves Ponce