Es que yo soy así

Espejo Jack LemonYo soy así es una canción de Los Chichos. Pero es que yo soy así. Eso le decía a mi compañera de piso cuando llegaba a casa y no mantenía una charla de cortesía con ella en el salón. Sólo musitaba un –hey apenas audible y me encaminaba a mi habitación. A lo mejor no estaba de humor, a lo mejor no me apetecía hablar y entonces ella venía tras de mí y me obligaba a ser más educado. Era como una amonestación. Tarjeta amarilla. “¿Cómo estás? ¿Cómo ha ido el día? Yo me he abierto una botella de vino porque hoy han despedido a mi encargada y es más que probable que ocupe su puesto”. Esta conversación la teníamos en el pasillo y mi cara de desinterés la hacía enfurecer. Pero lo que más le molestaba no era que no fregara después de comer o que no bajara la tapa del váter o que me olvidara de alimentar a mis cobayas y tuviera que hacerlo ella (tss, ya ves tú). Lo que le sacaba realmente de sus casillas era que le dijera: “Ángela, es que yo soy así”.

Y, efectivamente, creo que da rabia excusar nuestros supuestos defectos con nuestra forma de ser. Como si no pudiéramos cambiar nuestros malos hábitos. Eso decía a menudo una antigua novia: “La gente no cambia”. Pero no estoy de acuerdo. No quiero estarlo.#Podemos cambiar.

Nos hacemos mayores y las cosas se serenan; mejoramos, aceptamos, perdonamos. Hacemos balance y las cosas que hemos hecho, buenas o malas, las comprendemos. Tu vida y tus emociones son como ese cuadro impresionista que de cerca es todo vibración y manchas de colores; te tienes que alejar para poder verlo todo unido y con sentido.

En el templo de Apolo, en Delfos, (dato cultural) había una inscripción que decía: conócete a ti mismo. Así predecían el futuro los griegos. Llegaban hasta allí: -Oh, sagrado oráculo, eterno y venerado, dime: ¿ganaremos la guerra contra Aspatia?  – (voz con reverb): conóocetee. -Gracias, oh sempiterna y trascendental sabiduría. – (voz con delay): De nadaa, para eso estamos. Este aforismo griego ha perdurado hasta hoy como sabia frase o precepto que aconseja perseguir el ideal de comprenderse a uno mismo. Es algo así como que cualquier cosa que quieras de la vida ha de empezar por ti. Si soy capaz de verme tal y como soy, cómo me miento y me engaño, podré entender a los demás, tomar conciencia del porqué de mis actos y anticiparme a los sucesos. O algo de eso.

Y de este modo, me propongo emprender el acto heroico de penetrar en mí mismo y atravesar la Puerta del Espejo Mágico que me conducirá al Oráculo del Sur. Voy a ello.

Qué cosas no me gustan de mí mismo:

– Me estreso Fernando Esteso. No lo puedo decir muy alto porque aparento una persona tranquila. Pero soy consciente desde hace no mucho que el estrés me jode la vida. De siempre. ¿Qué hago al respecto? Más té, menos café, ejercicio y no hacer ni puto caso a pensamientos y personas tóxicos. Hago lo que puedo.

– No tengo problema en decirle a la gente lo que pienso bueno de ellos, pero cuando tengo alguna dificultad con alguien o no me gusta algo, no lo enfrento. No soy hipócrita, simplemente levito -sí, me quedo suspendido en el aire, no sabéis hasta dónde te puede llevar la meditación y la negación-.

– Procrastino. Me encanta esta palabra. Me gusta como suena. Para quien no sepa qué significa la palabreja: dícese de aplazar las cosas, postergar, posponer. Por ejemplo, me gustaría aprender a tricotar. En el barrio de Ruzafa hay un par de sitios donde hacen talleres y en youtube hay tutoriales para todo. Pero nunca me decido: procrastino el tricotado.

– Amo mis recuerdos. Soy un sentimental -que no un semental-. Esto es, se me quedan los sentimientos clavados en la piel y el hipotálamo. Es genial para escribir, pero no lo es tanto cuando los recuerdos te calan hasta los huesos en los días malos.

– Me emborracho. Como si no hubiera un mañana, como si fueran a prohibirlo, como si tuviera un hijo en la cárcel, como si fuera Fernando Esteso. Y siempre al día siguiente la maldita resaka aka malestar estomacal, dolor de cabeza, garganta rota, el mundo es una mierda, etc. Lo compenso llevando una vida muy saludable -saludo a todo el mundo; incluso a los vecinos, a las ex y a quien no me quiere saludar-.

– La inteligencia emocional. No es lo mío. Soy borderline en ese aspecto.

– No lloro. No sé. No me sale. Y, claro, no consigo tener ese desahogo. No es que nunca lo haya hecho pero me cuesta horrores, como vomitar.

– Me gusta estar en la cama. Demasiado. Me gusta soñar, ir a desayunar y volver a meterme en las sábanas. El peor momento del día es tener que levantarme. Me gusta la siesta -si está ella y si no está, también-.

– Me gusta Miley Cyrus. Hasta llevo su último disco en el ipod. No es una guilty pleasure. Placer culpable es que te dé gustete rascarte entre los dedos de los pies o directamente morderte las uñas de los pies o Juan Pardo. Esto es que no me gusta que me guste, pero me gusta. Me pone berraco. Tuve mi etapa de ponerme el videoclip de Wrecking Ball, pero no en el que sale la bola demoledora sino el director’s cut que sale sólo ella todo el rato en PPP (primerísimo primer plano). Es tan bella… y tan choni. ¡Socorro!!

– Las mujeres de nariz grande me gustan, ¿es esto una filia?, ¿una obsesión?. Tampoco tanto. También me gustan las bizcas. Un poco de estrabismo es sexy. Y los One Direction le comen los güevos a New Kids on the Block.

Esto último te lo cuento porque yo divago doctor. No, en serio, lo he escrito para llegar a diez. Ya lo tengo bien con haber descrito nueve defectos. No sé si con esta exhibición introspectiva me libero o sólo gano poder publicar el viernes.

Sean felices. Miley te quiero.