Lo miró. Su compañero estaba triste, eso le molestaba. Había ido cambiando de compañero muy habitualmente, demasiado habitualmente le decían, pero no aguantaba a ninguno demasiado tiempo, todos eran demasiado jóvenes. Al principio disfrutaba enseñándoles, dándoles caña, pero ninguno era un hombre de verdad como él, y siempre acababa frustrado y buscaba un compañero nuevo. Este era el primero que le gustaba de verdad.

Tío, no nos quieren, nos huyen, en cuanto nos ven cruzan de calle, en cuanto llegamos la fiesta se apaga y noto cómo hablan de nosotros.

No Raúl, no es así, son ellos los que hacen mal, no le des vueltas.

Pero en el fondo Gustavo sabía que Raúl tenía razón. Que lo suyo era antinatural, que eran pura basura andante. Si la sociedad no acababa de aceptarlos por algo sería. Aunque nunca lo admitiría y menos ahora que había encontrado un compañero con el que disfrutaba de verdad, lo que pensaran lo demás, lo que pensaran en su barrio, en su familia, le importó siempre poco y cada vez menos.

Esta vez Raúl le gustaba, era un hombre de verdad, y le molestaba que tuviera dudas, aunque fueran solo morales, porque luego a la hora de actuar sabía lo que se hacía y eso no lo podía decir del resto de compañeros que había tenido. La verdad es que él también había tenido dudas al principio, no acababa de aceptarse por ser distinto. Claro, los demás te miran, te señalan, pero él ya no estaba triste, ya había interiorizado lo que era y lo que pensaban los demás le importaba una mierda. Su compañero sí estaba triste, llevaban meses juntos y no lo aceptaba. Desde que estaban juntos, ya no le miraban igual, le esquivaban, lo odiaban…

Gustavo, tengo que hablar contigo.

Dime Raúl…

Voy a dejar la policía.

 

Nacho Lázaro Cano