El efecto Pigmalión

Intensitos-Efecto PigmalionMe encantan las definiciones, y por algún sitio tengo que empezar. Se explica, que el efecto Pigmalión es el suceso por el que alguien consigue lo que se proponía previamente a causa de la creencia de que puede conseguirlo.

Según la mitología griega (esa que tanto me gusta), Pigmalión era un escultor que se enamoró de Galatea, una de sus creaciones. La diosa Afrodita, al contemplar el amor de este por su escultura, después de un sueño de Pigmalión, hizo que Galatea cobrase vida.

Yo he vivido ese efecto, creo que algún día sin darme cuenta me convertí en Pigmalión. Me siento muy orgullosa de esta historia, la adoro con muchas fuerzas y sigo respirándola con toda mi capacidad pulmonar.

Recuerdo cada matiz de su voz, sobre todo en esas charlas que tenía en la mesa de al lado, cuando todavía no nos conocíamos. Tenía un deje a locutor de radio, a veces cerraba los ojos y escuchaba a Nacho Vegas recitando cómo había perdido aquel tren que no sé muy bien hacia dónde.

Pasaron unas cuantas semanas hasta que hablamos por primera vez. Suelo fliparme en estas cosas, pero es que no podía imaginarme de qué íbamos a hablar. Parecía tan distinto a mí… que pensaba que si algún día nos saludábamos sería para decirnos “adiós”. Era curioso, después de sentarnos silla con silla durante tanto tiempo, todavía no sabía cómo se llamaba.

Me acerqué un poco brusca y le ofrecí el bolígrafo que llevaba en el bolso -creo que fui un poco estúpida-. Lo cogió, se le cayó al suelo, lo volvió a coger y apuntó lo que parecía un número de teléfono. Después ya me vine arriba, le dije que me invitase a una cerveza por el favor, y curiosamente funcionó. Este fue el inicio. Entonces pasó. Él me convirtió en su Pigmalión.

Todo empezó a ir bien desde ese día, fue incluso a mejor. No tengo ni idea de cómo lo conseguía. Creo que lo hacía con la mente, con sus palabras. Las cosas en el trabajo se estabilizaron, cualquier salida se convertía en una noche memorable y tan sólo tenía que decirme que todo iría bien para que las cosas salieran a pedir de boca, de su boca.

Era como si su voz estuviera cargada de magia. Cuando me miraba a los ojos retándome a intentarlo, a lograrlo y finalmente a conseguirlo. Tiempo atrás alguien hubiera tildado aquello de brujería. Puede que la mitología hubiese hablado de mí si lo nuestro hubiera sucedido hace dos mil años.

Pero si, estáis en lo cierto, todo se acaba y la extraña fuerza que nos subió a lo más alto, nos dejó caer al suelo, puede que por debajo del nivel de la tierra. Era nuestra culpa, nosotros éramos los responsables de haber destrozado aquella felicidad sobrenatural. Aquella tarde nos encargamos de besar, morder y romper a Galatea durante horas.

Nos distanciamos sin decidirlo. Las locuciones que días antes me hubieran parecido reveladoras, ahora se me clavaban en el oído como un pitido. Yo no sufrí y creo que él tampoco. Evitaba contestar a las preguntas de amigos y entrometidos, por suerte nuestra amistad no resultó demasiado pública, no teníamos Instagram ni Twitter por aquel entonces, no fue ninguna catástrofe.

A finales del último verano volvimos a coincidir en la misma ciudad, creo que ya nos habíamos olvidado por completo el uno del otro. Estaba sentada en una terraza y aunque el calor era insoportable, estaba protagonizando un momento muy feliz. Sonaba “Ciudad vampira”, y después de brindar y beber con cerveza, me quité la espuma que se había acumulado en el labio superior. Cerré por un instante los ojos, y al abrirlos ahí estaba él.

No dudé ni por un segundo. Me levanté de la silla de madera a la que estaba casi pegada y me acerqué a su mesa. Le toqué la espalda y me quedé mirándolo. Estaba igual que siempre, sonriendo con sus dientes chiquititos y separados. Estuvimos hablando durante horas. Nos pusimos al día y le expliqué algunas de mis últimas penas. Entonces me miró como solía, de frente, enfocando sus ojos pardos en los míos. Me juró que todo volvería a su lugar y me hizo prometerle que cuando así fuera, se lo haría saber.

Nunca supimos qué fue lo nuestro, pero quiero decirle que lo ha vuelto a lograr, lo prometido es deuda. Lo que teníamos era cuestión de fe y confianza, fuimos tan fuertes juntos… Pero no éramos como Galatea y Pigmalión, lo nuestro nunca fue amor.