Joder, ¿no?. -Dijo Lucía, tratando de recuperar la respiración.

Y tan joder, pensé yo.

No esperaba acabar la noche en su cama, pero ahora que había ocurrido era incapaz de salir de ahí. Me había acostado con Lucía. Joder, me había acostado con Lucía. Llevaba un año entero esperando ese momento y ahí la tenía, desnuda y con el pelo desperdigado por todos los lados de la almohada.

¿Qué?. -Dijo ella, interrumpiendo mi ensimismamiento.
¿Qué de qué?. -Respondí yo.
No me mires así.
¿Así, cómo?
¡Así!

Lucía se escondió bajo la sábana y yo, que siempre había estado enamorado de sus repentinos ataques de timidez, reí con ganas.

Mierda. -Soltó Lucía al cabo de unos segundos, aún con la cabeza tapada. –No, no, no, no, no…

Lucía se destapó bruscamente y se colocó en el extremo opuesto de la cama, con la mirada perdida en algún punto incierto de la habitación. Yo, lógicamente, no entendí nada. ¿Había dicho o hecho algo que la hubiera molestado? ¿Había sido un cretino, aún sin mediar palabra? Desde luego, no sería la primera vez.

Solo entonces descubrí el pequeño charco transparente que se estaba formando sobre la sábana bajera, justo debajo de Lucía. Al principio no até cabos, pero al bajar un poco más la mirada y descubrir al pequeño bastardo rajado de parte a parte, no supe qué decir.

Oye, Luci, no te preocupes. Estas cosas pasan. Rara vez, pero pasan.
Rara vez mis cojones, que con este ya van tres en un año.

Apenas reparé en esta última frase, lo prometo. En su lugar, deposité lo que quedaba de condón en la mesita de noche y saqué mi teléfono móvil. ¿Habría alguna farmacia 24 horas cerca de su piso?

Luego que si son seguros, que si nunca se rompen.-Protestó ella.- Al final voy a optar por no follar, así te lo digo.
Ya, claro. Eso no te lo crees ni tú.

Y entonces, caí.

Espera, espera… ¿Cómo que tres en un año?
¿No dicen que como máximo puedes tomarte… no sé… cuatro pastillas del día después en toda tu vida? ¿Que si abusas de ellas puedes tener quistes en los ovarios o embarazos fuera del útero?
¿Se te han roto tres condones en un año?

Lucía asintió, compungida.

¿Pero con el mismo tío, o con…?

Tan pronto como abrí la boca, supe que la había cagado a base de bien. La mirada fulminante de Lucía tampoco ayudó demasiado.

Que no es que me importe, ¿eh? No es que me importe, puedes hacer lo que quieras, claro, pero…-Traté de buscar las palabras adecuadas en medio de la mierda-. No sé. No me esperaba que tú… que tú…
¿Que yo qué?.-Preguntó Lucía, desafiante.

Había sido un cretino, de acuerdo. Nunca debí decir aquellas palabras. El corazón me iba a mil por hora, estaba colapsado y no tenía ni idea de cómo arreglar la situación.

¿Que yo qué, Víctor?

Y entonces, estallé.

¡No me esperaba que lo hubieras superado tan pronto!

Lucía esbozó una sonrisa de contención y abrió la puerta de su cuarto. Era eso o partirme la cara, supongo. Yo, desnudo y acojonado, esperé lo peor.

Oye, no. -Balbuceé. –Lo siento, ¿vale? Lo siento. Ha sido un comentario de mierda, no sé por qué he dicho…
¿Querías polvo nostálgico? Pues toma polvo nostálgico, pero ahora lárgate.
Venga, Luci, por favor…
¡Ni Luci ni hostias! ¿Pero tú qué te pensabas, que no lo iba a superar, que no iba a rehacer mi vida?
¡No, joder, claro que no! ¡Tampoco esperaba que quisieras quedar conmigo esta noche! ¿Puedes darme un minuto?

Lucía abrió la boca para contraatacar, pero yo fui más rápido.

Dame un minuto y luego me voy, te lo prometo.

Hay que joderse. Este era el momento que llevaba esperando toda la noche. Desde que contestó mi llamada, desde que la vi aparecer en nuestro bar, desde que nos enrollamos después de un año sin vernos. Toda la noche pensando en cómo confesar mis sentimientos a Lucía, y ahora…

Todo este tiempo he estado dándole a la bola. -Empecé. –Y me he dado cuenta de que… de que…
¿De que tienes el tacto en el culo? ¿De que no has sido nada justo conmigo?
También, también… Lo he hecho fatal, eso está claro, pero ahora es diferente. -Cogí aire. –He vuelto para quedarme.

Observé a Lucía, intentando medir el efecto de mis palabras. Ella, sin embargo, arqueó sus cejas con indiferencia.

¿Y qué coño significa eso?
Significa que no me han renovado en el curro y que me quedo en Valencia hasta nuevo aviso.
No, no. Lo otro. La parte del “he vuelto para quedarme y pretendo hacer como si nada hubiera pasado”.
Ha sido una noche brutal. Lo de antes ha sido mucho más que un polvo nostálgico, y lo sabes. No esperaba que fuéramos a estar tan de puta madre, tan como antes. Y ahora que sé que podemos, quiero hacer las cosas bien.

Durante una milésima de segundo percibí cierto atisbo de ilusión en la mirada de Lucía. Duró solo eso, una milésima de segundo, pero fue suficiente para mí.

Ya… Pero es que las cosas han cambiado bastante.-Dijo Lucía.

Tan pronto como me vine arriba, me estrellé vilmente contra el suelo. Por supuesto que las cosas habían cambiado bastante. Lo que para mí había sido una revelación casi cósmica, para ella solo había sido un calentón momentáneo.

Tienes novio.
¿Crees que si tuviera novio me habría acostado contigo?
¡Entonces mírame a los ojos y dime que ya no sientes lo mismo por mí!

Lucía se echó a reír. Primero con disimulo; luego a carcajada limpia. Reconozco que me molestó un poco. ¿A quién coño se le ocurre reír en un momento tan decisivo como ese? Luego recordé que era Lucía, y que Lucía nunca se tomaba en serio mis ataques de solemnidad, así que yo también me reí.

Si es que siempre has sido un intensito.

Para mi sorpresa, Lucía se acercó y me acarició la mejilla. Estábamos cerca, muy cerca, así que aproveché la oportunidad y me incliné para besarla.

No puedo. -Se apartó. –No puedo, Víctor.
¿Pero por qué no? Tú estás libre, yo estoy libre, está claro que tenemos asuntos pendientes.
No te has enterado, ¿verdad? No, claro que no.

Ante mi cara de pasmo, Lucía me cogió por los hombros y me sentó en la cama.

¿Te acuerdas del proyecto que estaba desarrollando cuando te fuiste a París? ¿El proyecto que necesitaba financiación y por el que nadie apostaba una mierda? Pues me lo han comprado.
Esto… Eh… -Tardé un poco en reaccionar-. ¡Eso es cojonudo!
Y me marcho la semana que viene. A Chile.
Ah… ¿Y cuánto tiempo? ¿Una semana, un mes…?
A vivir, Víctor, a vivir.

El suelo se abrió bajo mis pies -si es que existe una metáfora que refleje el estado catatónico en el que me encontraba-. ¿Qué era aquello, una broma pesada? El año pasado era yo el que se marchaba a trabajar fuera de España. Sí; yo, el mismo imbécil que se había acojonado ante la posibilidad de llevar una relación a distancia y había decidido cortar por lo sano con Lucía.

¿Y no podías haberlo dicho antes?. -Pregunté.
Quería contártelo, pero no me apetecía tomarme esto como una despedida, como otra despedida. Quería estar contigo sin más.

Me quedé callado, asimilando la bomba que me acababa de soltar.

Oye, que me alegro mucho.
Ya, claro. -Rió.
No, en serio. Me alegro muchísimo por ti, pero también es una putada.
¡Venga ya! Lo que pasa es que hemos pasado una noche guay y te has confundido. Y has intentado confundirme a mí, que es lo peor.

Lo que ella no sabía era que, tan pronto como subí a aquel avión, me arrepentí de la decisión que había tomado. Nunca supe tomar decisiones en caliente, pero pensar en ella durante todo un año fue algo que se me dio especialmente bien.

Podemos intentarlo igualmente. -Empecé.
Si cortaste conmigo porque te ibas a Francia, a la puta Francia que está aquí al lado, ¿por qué ibas a querer ahora?
Podemos estar juntos esta semana y aprovechar el tiempo que nos queda.
Ni de coña.
¿Puedo acompañarte a la farmacia al menos?
Eso me convence más.

Lucía y yo nos miramos y sonreímos, en silencio. Dijera lo que dijera, y aunque ella todavía no lo supiera, las cosas no habían cambiado lo más mínimo entre nosotros.

No sé si recordáis la escena final de ‘El Graduado’, pero supongo que había estado a punto de marcarme un Benjamin Braddock en toda regla. Por suerte -o por desgracia, quién sabe- Lucía nunca fue Elaine.

 


relato de Irene Benlloch