El remember. Ese principio etéreo que provoca una nostalgia pura hacia lo pasado. Primero fueron nuestros abuelos: “Con Franco se vivía mejor…”, “Te daban una peseta para el cine y merendar y aún te sobraba un real…”, “Cagabas en el campo y te limpiabas con una piedra…” Luego, nuestros padres: Los Brincos, la vida a lo familia Alcántara, el pelo afro, España cayendo en cuartos de final. A continuación, los nacidos en los setenta: la Movida, La Bola de Cristal, la heroína… Después, llegamos los de los ochenta: Willy Fog, Bola del drac (lo siento, yo lo veía en catalán), los tazos, las canciones de Los Trotamúsicos, los pantalones Adidas de botones, España cayendo en cuartos de final… Y por último, llegaron los noventeros: los Pokemon, los castings de Gran Hermano, la canción de las zapatillas de El canto del loco, las fotos en el baño subidas a Tuenti, los discursos etílicos de ReinaEl remember siempre consistió en sobrevalorar todo lo vivido en épocas pasadas, quedando anclado en esos recuerdos. Sí, como los concursantes de Operación Triunfo.

Sin embargo, y a pesar de las diferencias obvias entre cada generación, existe un factor común: la importancia vital de la música. La banda sonora de tu vida. Tengas setenta años o dieciocho. Del torito enamorado de la luna a el Barbie Girl pasando por Un sorbito de champagne, Angie o Cien gaviotas. De Manolo Escobar a Mumford & Sons pasando por El último de la fila, Nirvana, Los Bravos, Los Planetas o Muse. Con The Beatles siendo el común denominador entre todas las generaciones y Jordi Hurtado presentando Saber y ganar. Gracias a tu padre, a tu tío que estudió en Londres o a tu hermana mayor, te criaste con canciones de dibujos animados, los vinilos de Simon & Garfunkel o las cintas grabadas de Los 40. Y, de entre todas las generaciones habidas y por haber, existe un reducto muy determinado (pero extendido) en edad y procedencia con una banda sonora muy particular: el dance noventero.

Si naciste entre los ochenta y (muy) principios de los noventa en alguna ciudad de Cataluña, Comunidad Valenciana, Murcia, Castilla-La Mancha o incluso Madrid, te criaste al ritmo de Ximo Bayo, las cintas grabadas con una pegatina que rezaba “Cantaditas 1993” y bajo la tutela de algún hermano, primo o tío con aspecto de Vicentín y abanicos de discotecas por todas las paredes de su cuarto. Ellos, venían de vivir la ruta del bakalao. Tú, que apenas habías tomado la comunión, pasabas de bailar las canciones de Miliki o Xuxa a escuchar música máquina. Y la cosa fue a peor, empezó a gustarte aquello. Entonces, comenzaste a sintonizar la 107.7 (guiño a los valencianos) y a comprarte todos los recopilatorios que anunciaban por la TV. Porque, hubo una época en la que solo existían anuncios de recopilatorios: Maquina total, Locos por el mix, Bolero mix, Blanco y Negro, Mira quien mix… Todos los frikis y personajes de la época tuvieron su equivalencia en forma de Mix. Un sinsentido bakalero que solo podía darse en los noventa.

Hasta un mito hispánico como Chiquito tuvo su recopilatorio. El Bolero Mix 11, un clásico con un “ciclado” Chiquito en la portada. Lo confieso, yo tenía esa cinta (sí, de cassete). Y me encantaba la versión dance de La soledad, de Laura Pausini. (¿Hola? ¿Queda alguien ahí?)

Y así llegamos a otra de las grandes características del dance: las versiones. Sin ningún tipo de reparo y/o respeto a la hora de escogerlas. Se hicieron versiones de canciones viejunas, de canciones sin ningún gancho comercial que habían pasado desapercibidas, de mega-hits, de mega-hits que se convirtieron en mega-hits dance, entrando así en bucles de gomina y viajes a la Spook y la Puzzle (una macro-discoteca cojonuda, Vicentín dixit):

Sister Golden Hair

Forever Young

Total eclipse of the heart

Por supuesto, también surgieron canciones nacidas por y para el dance que perduraron en el tiempo y han llegado a nuestros días:

In my eyes de Milk Inc

Hymn de Cabballero

It´s a rainny day, de Ice MC

Sweet dreams, de La Bouche.

Surgieron iconos que vivieron sus días de gloria. Trascendieron al ámbito discotequero gracias al boom del dance, copando las listas de cualquier tipo de radiofórmula. Como esta italiana que se coló en la segunda mitad de los noventa en todas las verbenas y fiestas de pueblo: Gala.

Así transcurrió una década que, cuando llegó a su fin, hirió de muerte a esas corrientes musicales. El techno, que gobernaba en la cúspide, estaba a punto de enfilar una brutal decadencia dejando paso a los que iban a convertirse en rey y reina de las pistas de baile: el house y la pachanga. Pero, poco antes de comenzar a agonizar, se editó la que quizás sea el hit referencia del dance noventero. Una meta-canción que parecía servir de homenaje a, ya no la discoteca en cuestión (la Pont Aeri de Barcelona), sino, a todo un movimiento. Obviamente, hablamos del Flying Free.

La entrada al siglo XXI supuso el fin de los bailes oligofrénicos en las discotecas (el movimiento de la baraja, el del diávolo…) y la transformación de muchos bakalas en pseudopijos tronistas de Mujeres, Hombres y Viceversa. El pachanguero arraigó en España y dejó al dance en contados movimientos revival con fiestas remember en las ya cerradas discotecas de los 80 y 90. Los citados recopilatorios se transformaron en Caribes Mix de turno y Chiquito de la Calzada se limitó a anunciar pechuga de pavo.