Las edades peligrosas

Las canciones Self Steem y Smell Like Teen Spirit estaban hechas para nosotros. Eran nuestros sentimientos hechos música. Y Creep. De cuando éramos más jóvenes y te ponías jabón de lagarto en el pelo para hacerte una cresta y sentías las cosas muy intensamente. Saltábamos la valla de algún sitio para bañarnos desnudos en la piscina de alguien por la noche, en verano. Bebías cerveza y calimocho y odiabas a tus padres. También estaba Smash. Sonaban en algún garitaje y de repente el mundo a tus pies, que soy un crío y estoy muy loco. Luego ya vino el nu-metal, el reguetón y nosequé cosas que nos hicieron sentir como si ya nos hubiéramos hecho mayores de repente. Eras capaz de batir récords en clímaxes y kleenex; si tu amigo pasaba a por ti y tú estabas solo en casa pongamos en el baño y no te daba tiempo a contestar, ya te perdías la tarde. Maridabas tus emociones con todos los chupitos de la carta, tirabas la caña sin elegancia alguna. Eh, tú, ¿quieres rollo?. Sentías las cosas por primera vez y experimentabas…con cosas -como cuando pones Mentos en la Coca-cola pero en tu propio cuerpo-. Lo que sientes en ese tránsito de los 12-13 a los 16-17 se te queda marcado. A fuego. Por eso es una edad, tan determinante. Como te sintieras en aquella época lo arrastrarás de alguna manera durante el resto de tu vida.

Yo me pegaba mis bailoteos en mi habitación antes de que mis padres me llamaran para cenar escuchando en el walk-man (artilugio que se llamaba así porque te permitía escuchar música y caminar ¡las dos cosas a la vez!) el Bolero Mix 8 o el Máquina Total 3. Era fan de Chimo Bayo, pero un buen día alguien en el entrenamiento de natacion me dejó una cinta cassette, que por una cara contenía el Black Album de Metallica y por la otra el Piece of Mind de Iron Maiden. Lo que sentí en aquel momento fue algo parecido a aquella vez que le pillé una vhs a mis padres en la que se veía a una chica metiéndose en la boca la pilila de un chico. Repulsión y fascinación. ¿Pero qué co* es esto? Pedí más como un yonki -de las cintas esas de cassette no de las VHS- y entonces…entonces me dejaron una con el Appetite for Destruction de G n’ R. ¡Y yo pensando que era feliz!.

edades peligrosas

foto Joseph Szabo

Pili. Me gustaba como para recordar hoy cosas que ella es imposible que recuerde. Ibamos juntos a clase. A 1º de Bachillerato Unificado Polivalente. Mientras el profesor parloteaba yo congelaba el tiempo y me iba hasta su pupitre y le desabrochaba la camisa y me recreaba en sus curvas, la besaba y acariciaba sus pechos; luego lo ponía todo otra vez como estaba y me volvía a sentar. Ella nunca se enteró de nada. Pensaba en su ombligo asomando por la camisa, en su pelo lacio, en sus grandes ojos. Aquella vez que me habló por primera vez para preguntarme por mi amigo Samuel; aquella vez cuando yo estaba refugiándome de la lluvia, bajo el soportal, y pasó riendo con sus amigas, y empapada me miró; me miró, y aquella sonrisa y sus grandes ojos fijándose en mí bajo el paraguas quedaron grabados a cámara lenta; cuando estando ella subida al pupitre me pidió ayuda para bajar… Pensando estas cosas entonces me dio por lo de la exploración; no sabía qué estaba haciendo pero me resultaba curioso que pensar en ella me provocara eso y cómo al cabo de un rato de estar así de golpe me venía una sensación eléctrica acompañada de unas ganas irrefrenables de ¿mear?. Su camisa de cuadros entallada dejaba al descubierto como siempre un poco de su cadera y el ombligo –¿me ayudas a bajar?– Y, claro, al hacerlo tuve que cogerla de la cintura. Me quedé a escasísimos centímetros de su boca y se quedó ahí parada, sonriendo. Una sonrisa de esas de grandes dientes que son la primera metáfora del tiempo y su revestimiento carnoso. También cuando me pidió que le enseñara a sacar en volleybol y entonces: muñeca, cintura, y su risa. Lo más lejos que llegué fue a rozarle una vez la mano en clase de dibujo y a ver qué pasaba si cuando me llegaban esas ganas incontenibles, que no eran de mear, continuaba . No creo que nunca sospechara lo que hacía secretamente con ella.

Hace algunos años me enteré de que tenía dos hijos. Fue mi primer amor platónico ¿Por qué? ¿Por qué ella? Ya nunca pensaba en ella y cuando me enteré de que era madre recordé aquel cuadro de Goya: “Júpiter devorando a sus hijos“. Me encontraba en un piso de Madrid a las tantas de la madrugada cuando Miguel me contó que la había visto en el centro comercial empujando un carrito y, aunque no tenía motivos “químicos” para ello, la sangre se me heló un rato. Recuerdo pasarlo irracionalmente mal en aquel cuchitril sin ventanas, sin más compañía que alguna amistad nocturna. Me quedé con el cuerpo así como después de haber visto Novecento de Bertollucci o La Vida es Bella de Benigni. El tiempo nos devora. El tiempo lo destruye todo. Y yo nunca le dije. Ella flotaba como una pluma en un mundo maravilloso mientras yo era un bicho raro.

– ¿Qué te cuentas Jorge?
– No sé.
– ¿Vas a ir al baile de fin de curso?
– Mmmm…sí, claro.
– ¿Ya tienes pareja?
– Eh…no. Es que…bueno ¿y tú?
– No, todavía no.
– Vale…pues. Suerte. Hasta mañana.

¿Qué hubiera pasado si le hubiera pedido que fuera conmigo?

Sigo siendo un bicho raro, aunque ahora ya es diferente.