La vida es un disfraz de mediopelo
ocultando el pequeño detalle de la muerte.
Queda tan solo desdecir la desdicha
desandar las andadas a las que siempre vuelves.

Déjame besarte ahora que no tengo nombre.
Todavía no lo sabes
pero a lo sublime le sigue el horror invariablemente.
Dentro de unos segundos odiarás
el sabor de mis labios en los siglos de los tuyos.
Sabrás lo que soy realmente
y cuando se cierren las puertas de este ascensor
seremos otros ajenos para siempre.

Por eso déjame besarte ahora que no tengo nombre.
Rebobina a cámara lenta hasta el presente.
Estás ahora tan preciosa que sacrificaría otras mil veces
lo que creías de mí por protegerte.
Cuando lleguemos al próximo piso no seremos los mismos;
no soportaré como me verás, no soportarás verme.

La vida arrojará su máscara sin rostro al suelo
y huirás a su encuentro como un ángel despavorido.
Mientras yo conduciré solo y sin nombre
entre las líneas estroboscópicas discontinuas de la muerte.
Con una herida muda sangrando para siempre.

 

poema de Javier Vayá