El día que me enamoré de una pelirroja

Fue una sensación de lo más extraña y desconcertante. Hasta ese momento, jamás me había fijado de esta forma en una chica pelirroja. Siempre he seguido la corriente de los prejuicios más famosos y de las historietas antiguas, como que los zurdos son cosa del demonio. Pues más o menos eso pensaba yo de aquel color de pelo. Pero ella era distinta, ella lo cambió todo.

¿El momento?, parecía estar premeditado. Las luces, totalmente apagadas. El silencio, absoluto, como si toda la sala estuviera aguardando a experimentar algo asombroso. De repente, apareció. No era un mago, pero el efecto era el propio de un hechizo. La pantalla gozaba de más luz que nunca, desbordaba pasión. Atónito, no podía dejar de mirarla. Y entonces… me enamoré de ella. En aquel tiempo tenía novia, y ella era la culpable de mi odio a las pelirrojas. De hecho, estaba sentada a mi lado. Curioso, ¿verdad? Sin terminar de darse cuenta, ese domingo presenció mi conversión al gingerismo.

Domingos1aEl momento fue similar a cuando Adèle se cruza con Emma en la ‘La vie d’Adèle’. Solo es una mirada en un cruce, vale, pero era preciso vivir una aventura con ella. De la pantalla al papel y del papel a mí, como cuando Calvin encuentra a Zoe en ‘Ruby Sparks. Disimuladamente la busqué al salir, pero nada. Lógico. Volví durante toda la semana para ver si aparecía. Misma hora, misma bancada y mismo asiento; tampoco. Por lo visto, con las novedades cambiaba de horario, lo que provocó un aumento de mi locura y desesperación. No me preguntéis por qué, pero empecé a creer que era algo bíblico. Vi en ella a lo prohibido, algo diferente y nuevo para mí, esa manzana que todos queremos. Necesitaba verla.

Una tarde, al salir del bar de turno que escogía cada semana para ahogarme, y antes de regresar a casa, decidí dar una vuelta por el barrio. Llovía mucho, pero en ese momento me sentía como Gil Pender y no pensaba detenerme. Giré una esquina, y allí estaba. Salía de un portal y, colocándose la capucha, caminaba en dirección contraria a la mía. La seguí, por supuesto. Joder, qué putada, acaba de meterse en el bar que acabo de vaciar, pensé.

Obviamente, volví a entrar y me senté en el mismo taburete de la barra. El camarero, un tanto pasmado, me sirvió de nuevo una copa ante mi singular y sigilosa insistencia. De forma muy disimulada, iba girando la cabeza para mirarla. Estaba sentada casi al final, sola. Era mi momento. Le di un buen trago a la copa y, aprovechando la excusa del baño, al salir me acerqué a ella con la intención de provocar un choque fortuito contra su brazo. Le pedí disculpas y me interesé por lo que estaba haciendo. Parecía escribir una especie de diario, con una letra inteligible y unos tachones propios de alguien que duda, que piensa, que no termina de recordar nunca si lo que ha sucedido es cierto, relativo, o si tan solo vive en su cabeza.

Conseguí atrapar su atención mientras ella hacia bailar el bolígrafo, aunque por momentos parecía que tan solo eran pulcros y pulidos garabatos. Embobado, no podía apartar mi mirada de esa melena roja, recogida y desarreglada con la sutileza del mejor artesano; de su tez, resaltada por miles de pequeños trazos redondos, colocados uno a uno con el mayor de los cuidados; y de sus ojos, tan azules como intimidantes, que parecían brillar más cuando cruzábamos una mirada en busca de una sonrisa. La suya, victoriosa, terminó por derrumbar mi férrea coraza y aniquiló toda la valentía con la que me había aproximado. Ahora tenía ella el control. Miento, siempre lo tuvo.

Hubieron momentos en los que creí gustarle.. o al menos interesarle. Eso fue al principio; me pareció escuchar que la cosa podría salir bien, que después de terminar la copa daríamos una vuelta. Ya nos había imaginado desnudos, en la cama, como si viviéramos en una película de Antonioni. O como si ella fuera ‘Miss Julie’ y yo no pudiera evitar rendirme a sus encantos. Pero no, para nada. En un descuido por mi parte, cuando ya no podía contener más las ganas de volver al baño y mi cara parecía el emoticono dentudo de WhatsApp, aprovechó para escabullirse. Debería haberme aguantado, ella seguiría aquí y yo tendría un récord Guinness o algo así, no sé. El caso es que se marchó, sin más. Tampoco tenía que darme explicaciones, ni las debía esperar.

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Y es que, llama la atención las diferentes formas que tenemos de percibir una realidad, de creer que no estamos viviendo un sueño. Para mí, esa pelirroja fue el punto de inflexión que esperamos para que avance nuestra supuesta vida real, a la vez que vivimos una aventura que nos va a cambiar para siempre. Como el personaje de Julio Orgaz, en el ‘Desorden de tu nombre’ de Millás, que no diferencia la realidad de la ficción y vive a la par que esas aventuras de su novela. ¿Existió de verdad? ¿Importa? Esos sueños, reales o no, son pequeños trances con los que crecemos y que marcan nuestras inclinaciones, ya sean sociales, políticas, religiosas, etc. Yo, desde el día que me enamoré de ella, empecé a fijarme en otros colores de pelo, como esa media melena de Alice Ayres en ‘Closer’. Por ejemplo.