He oído muchas veces eso de “La vida te puede cambiar en un segundo”. Normalmente, ese cambio te lo sueles encontrar en el contexto de una tragedia. Accidentes o atentados que se convierten en “Qué pena, no sabían lo que el destino les tenía preparados” o “Parecían tan felices…”

Ese es el segundo que experimenté  mientras paseaba de su mano por un parque, helado en mano y sol… hasta que ella se detuvo. Al igual que el tiempo, esa parada en seco me resultó familiar. Ese giro de 90º y esa frase: Tenemos que hablar.

De repente todo se me pasa por la cabeza. Paso unos segundos esperando otro golpe, mirando al horizonte como si estuviese esperando la segunda ola del tsunami de Lo Imposible. Una segunda ola que golpee fuerte de nuevo, de lleno en el pecho y dejándome sordo.

Me tambaleo y no oigo más que un enorme pitido en los oídos. Solo veo a ella gesticulando. Cuando me quiero dar cuenta ella se va alejando, yo me giro y solo sé que nunca más voy a volver a verla. Duele, joder. Duele mucho.

El camino a casa desenmascara esa falsa modestia y ese egoísmo que todos llevamos dormido cuando estamos enamorados, pero que cuando sufres un golpe así sale a relucir. De camino a casa no me pregunto en ningún momento qué he hecho mal o por qué me dice que se sentía sola por momentos. Ni siquiera qué va a ser de mí. No.

Yo no he hecho nada mal. Si se sentía sola era porque ella quería. Y por supuesto aquí la duda es dónde cojones va a ir ella sin mí. Porque mientras dura el golpe de la ola, mi mecanismo me impide mirar más allá de mi nariz. En este puto mundo de egoísmo, ¿qué pensabais? ¿Que soy diferente? Soy uno más al que le importan una mierda los sentimientos de la otra persona mientras yo esté bien, esto es un juego en el que yo pensaba que iba ganando por goleada.

Fase 1: Desfase

La semana siguiente al cambio radical todavía no soy consciente de lo que he perdido, de los daños y cambios que esto supone en mi vida. Simplemente tengo un sentimiento de liberación. Un “ahora se va a cagar la noche”. Como si antes no se estuviese cagando…

Opto por llevar al límite cada noche, salir como si no hubiera mañana, cerrar todas las discotecas de la ciudad (también las puertas de sus baños) y así demostrarle a ella lo que se está perdiendo. “Claro, amigo. Se está perdiendo un chollo”:

a) -100€
b) +0 follar
c) – 10 años de salud

Lo mejor que puede pasar es que encuentre los menos compañeros posibles de fatigas y que esta semana pase rápido.

Fase Chándal: asimilando los daños.

Como todo lo malo acaba, llega un momento en el que aparco mi puto mongolismo y me siento a pensar y hacer balance.

Ahora sí, ahora me doy cuenta de todo, de que ella me enviaba señales de aviso porque me quería y quería pelear por esto. Que a mí o me la sudaba o no las veía. Que cuando uno ha sufrido, inconscientemente, guarda ese rencor y esa futura venganza. La cual, como siempre, saco con quien menos lo merece.

Al darme cuenta de esto lo primero que siento es un gran bajón anímico. Me siento solo y poco arropado, así que recurro a alguien que no me ha fallado en la vida y ha estado siempre conmigo. Le recuerdo en mi primer botellón, en mis primeros tonteos con las drogas y en la primera vez que estuve con una chica en los vestuarios de clase de gimnasia. En efecto, rescato del armario mi chándal del instituto. A partir de ahora y hasta que entienda que lo mejor para ambos ha sido esto, él va a acompañarme.

Empiezo por sacar al perro con él, pero es tan cómodo que me lo bajo también al bar con los amigos. Luego vendrá ir al trabajo, echar la siesta, dormir… En definitiva, nos convertimos en inseparables. Es como si con mi chándal me sintiera seguro. Nadie me puede hacer daño; me hace sentir, viajar, hacerlo irracional (Fuente: Lori Meyers)

Mientras voy mimetizándome con el chándal también voy entendiendo todo. Ya no solo sé por qué me ha dejado, también voy entendiendo que nunca pude hacer nada por evitarlo. Esto estaba destinado al fin.

Vaya, parece que mi puto egoísmo va desapareciendo y esto de ponerse en la piel del otro puede evitar el sufrimiento de propios y extraños.

No os vengáis muy arriba cuando pase esto, no es más que el efecto del chándal. No confío mucho en mí y creo que cuando supere estos momentos volveré a pensar en mí y solo en mí.

Los días pasan y esta desintoxicación de egoísmo y narcisismo me está costando más de lo normal. Sigo con el chándal pero ya no bajo a la calle. Estoy como Mark de Trainspotting encerrado en su habitación por sus padres y dando las mismas vueltas a mis pensamientos que a la cama.

Fase 3: El chispazo

¡Bingo! La mañana de un lunes cualquiera se ha encendido durante 10 minutos en mi cabeza la chispa de la autocrítica*.

He sido capaz de ponerme en su piel, en la mía y en la de los que me han rodeado este tiempo. Así que como por arte de magia ha desaparecido de mí aquel mal recuerdo en el Retiro. Aquella ola que me dejó seco.

Solo cuando uno hace autocrítica* es cuando realmente recupera el norte y el sentido. Y yo lo he hecho. Y ahora sí. Ahora sí guardo mi chándal en el armario (gracias de nuevo), me afeito (yo me afeito, sigo pensando que la barba no es morbosa, es antihigiénica) y salgo a la calle.

Me espera un nuevo día tan bueno como el que le deseo a ella el resto de su vida, porque aquí no hay culpables ni víctimas, solo hay dos personas que disfrutaron de un tiempo juntos y que ahora deben marchar separados. Y bueno, un inconsciente que usa una manera poco ortodoxa de pasar el trago.

Avanzo por la calle dispuesto a volver a empezar. Y como no, a volver a cagarla seguro.

* Autocrítica:
f. Juicio crítico sobre uno mismo, o sobre una obra propia