Cómo sobrevivir a una mudanza en el extranjero

Estas últimas semanas tengo sueños muy raros. En uno que tengo de forma recurrente estoy hablando tranquilamente con un vendedor de Ikea sobre una mesa baja ideal, perfecta, la mesa soñada. Todo va sobre ruedas. Todos a mi alrededor se mueven sincronizados como en un musical. Nada me hace pensar que mi vida va a cambiar en unos pocos segundos, que todo por lo que he luchado estos años va a irse a la mierda, pero es entonces cuando de la boca del apuesto joven salen esas palabras malditas, cuando de repente me suelta que esa mesa, la mesa de mis sueños, solo la tienen EN NEGRO. Al principio me río, pensando que es una broma, “pero en el catálogo la vimos en color madera, ese es el color que queremos, en el que está basado nuestro salón, todo lo hemos comprado ya pensando en esta mesa de MADERA, TODO, ENTIENDES, NO ES POSIBLE, NO ES POSIBLE QUE SOLO ESTE EN NEGRO, UN COLOR DIABÓLICO, YO TE MALDIGO, VENDEDOR DE IKEA, QUIERO MI MESA DE MADER”en fin, que estoy de mudanza.

Todos los que habéis tenido que pasar este trance reconoceréis algunos de los síntomas: en mi móvil he sustituido todas las fotos de mis sobrinos por 5 gigas de fotos borrosas de muebles, etiquetas, medidas y selfies con el filtro de las lágrimas de Snapchat. También está esa sensación agridulce de saberte todo los nombres escandinavos de los muebles que te gustan. Y digo agridulce porque he tenido que eliminar recuerdos muy bonitos de mi vida para hacerle hueco a mis nuevos amigos Norsborg, Nörnas, Tockarp o Jean-Michel. Jean-Michel no es un mueble, es el chaval de la agencia inmobiliaria que nos ha tenido que aguantar y al que he puesto como llamada de emergencia si me pasa algo, por encima de mi madre y mi novio.

Una mudanza también sirve para darte cuenta de que la gente a tu alrededor tiene un gusto de mierda. “Pero cómo te puede gustar esa mesita de noche. ¿Esa? Me niego. Totalmente fuera de lugar. La verdad, no sé qué hago contigo. Ah, ¿vale 10€? Bueno, yo creo que si la ponemos así y le ponemos esto encima… sí, sí, queda minimalista guay”.MudanzasLuego está lo de las cosas. LAS COSAS. Llevo año y medio en Francia, me vine con una maletita y ahora podría llenar el estadio de los Yankees con todas las cosas que he acumulado. COSAS. Cachivaches, que diría la gaviota de ‘La Sirenita’. Desde gafas 3D hasta snorkels de distintos colores (Decathlon es peligrosísimo) pasando por un juego de mesa sobres vinos (?) que sigue con el plástico puesto. Es esta mierda de sociedad consumista y materialista en la que vivimos creyendo ser libres cuando en realidad, bueno, eso, que no pienso tirar nada, ¿me entendéis? Nada.

No os asustéis. Estoy segura que dentro de 30 años recordaré estas cosas y me reiré, ahí estarán la terapia y las drogas para ayudarme. Pero no os voy a mentir, hemos tenido momentos de bajón en los que hemos llegado a estudiar la posibilidad de vivir en una plaza de garaje o en un bote en medio del lago. Todo con tal de no tener que ir otra vez a la tienda a fotocopiar el documento oficial que demuestra que en la guardería me comía todas las lentejas, sin el cual nuestro dossier de alquiler está in-com-ple-to, y ahora que acabo de cogerle el punto al teclado francés no me voy a ir a España…

Aquí os puedo dejo también un par de truquitos que me han facilitado un poco el infierno de la mudanza:

1. Aprovecha las llamadas a las empresas de gas, electricidad o agua para perfeccionar tu imitación de Chiquito de la Calzada. No solucionarás absolutamente nada, ni tendrás electricidad, agua ni gas, pero es súper divertido y es un truco fantástico para que este doloroso trámite pase rápido.

2. Hazte amigos. Ya, ya lo sé, pufff perezón, tener amigos es asqueroso, pero desgraciadamente son indispensables para que una mudanza salga bien y para que el sofá llegue a tu salón en el sexto piso.

3. No pienses en el DINERAL que te has gastado y te vas a gastar cuando estés cerca de la cocina y del cajón con los cuchillos.

4. Si como nosotros buscas piso en Francia, bajo ninguna circunstancia menciones a Nadal. Y cuando te estén enseñando el piso, tararea la marsellesa por lo bajini en bucle hasta que veas que el propietario tiene los ojos llorosos y acto seguido pide rápidamente que te cambien la cocina

5. Quéjate mucho. Todo el tiempo. A todo el mundo. Lo mío ha sido muy injusto porque el PSOE, Susana y Pedro me han robado toda la atención que merecía mi mudanza y mis dramas. Espero que tengáis más suerte que yo.

6. Aprovecha esos días de confusión con el cambio de piso para comer comida basura hasta reventar.

Bueno, amigos, nosotros ya tenemos nuestro apartamento. Sólo queda que nos envíen todo en la fecha que dijimos. AH,  y montarlo todo sin matarnos el uno al otro. Vamos, que estamos jodidos. Pero ahora que lo pienso, nuestro pisito es tan bonito que en realidad prefiero no entrar porque lo vamos a estropear, que el parqué ese antiguo se raya con mirarlo. Así que creo que voy a empezar a buscar otro sitio así en plan estudio, sí, lo veo. Voy llamando a Jean-Michel.